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Wednesday, November 06, 2013

SNOBISMO DE LAS IDEAS

El problema de la droga continúa llamando la atención de los psicólogos, moralistas y sociólogos del mundo entero. El problema es estudiado desde los más diversos puntos de vista, con la finalidad de contener el alarmante aumento de su uso en el mundo contemporáneo.
En este afán, los investigadores se preguntan, entre otras cosas, cuál es el itinerario del vicio en las varias capas sociales. En otros términos, cuáles son las primeras zonas de la sociedad que capitulan frente a él, y a través de qué etapas llega a contagiar a todo el cuerpo social.
En Francia, una comisión de estudios llegó, en este particular, a conclusiones aceptadas, según consta, por otras entidades igualmente competentes. La droga penetra al comienzo en los círculos sociales refinados y en los medios artísticos. En una segunda etapa, alcanza a los medios universitarios y estudiantiles. Por fin, y más o menos simultáneamente, alcanza a todos los otros ambientes, inclusive a los obreros. Toca a los medios rurales la honra de mantenerse casi enteramente refractarios a la droga.
-¿Por qué esto es así? ¿Por qué el campo es menos contaminable que la ciudad? ¿Por qué las clases refinadas o artísticas son más vulnerables que las estudiantiles? ¿Y por qué los sectores estudiantiles lo son más que los otros grupos sociales?
Estas cuestiones presentan un gran interés, puesto que una vez esclarecidas, no se estaría lejos de haber descubierto cuál es la verdadera génesis del vicio.
No pretendo proponer aquí una solución simplista para un problema tan complejo. Deseo simplemente exponer algunas observaciones que los resultados obtenidos por la comisión me sugieren.
Para esto, permítame lector que, por algunos instantes, cambie de asunto.

Wednesday, October 30, 2013

EL FIN DE LA CULTURA

ABC 26 de Agosto| Juan Van-Halen
Después de que en 1989 Francis Fukuyama publicara ¿El fin de la historia? la historia siguió, como no desapareció la ciencia tras la publicación de El fin de la ciencia, de John Horgan, en 1996, ni supuso un réquiem para el arte que en 2004 Donald Kuspit publicara El fin del arte, pero sus ideas contribuyeron a abrir reflexiones. Aventuro una nueva interrogación: ¿vivimos las vísperas del fin de la cultura como ahora la conocemos? Es obvio que la cultura permanecerá pero no sobra incidir en algunos síntomas de cambio.
Debemos preguntarnos si estamos malbaratando la cultura, si hemos aislado a los creadores minimizándolos, y hemos unido la cultura y el espectáculo y la cultura y el consumo, en una sociedad en crisis de valores y propensa a las deserciones suicidas. El fenómeno sería global y habría que achacarlo a una evolución social de plural alimentación.
En el caso del arte, Kuspit sostiene que su degradación se debe a que el creador se ha convertido él mismo en una obra en venta. Lo que cínicamente anunció Warhol en 1975: «El arte de los negocios es el paso siguiente al arte», y ya había anticipado Gauguin: «Una época terrible se avecina [...] para la nueva generación: el reinado del dinero».
Desde el concepto de Eliot: «Cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida» a la conclusión de Vargas Llosa: «La posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan», que recoge el espíritu de la afirmación de Kuspit: «ser posmoderno significa perder todo interés por la inmortalidad», acierten o no, hay una clara línea de inquietud por no decir de desolación.
Se considera que la cultura ha experimentado un proceso de «democratización» y ello se estima saludable. Desde la cultura de los palacios y los monasterios a la cultura de las calles y las tabernas que estudio Mijaíl Bajtín a principios de los cuarenta, ambas culturas se han confundido, han vivido una mezcla globalmente positiva, pero su desembocadura es la realidad actual. No hay, o no debería haber, dos culturas, una elevada y otra «de masas», sino una cultura comunicada capaz de no vivir en nichos sociales pero tampoco de confundirlo todo. Ello implica acceder a conocimientos y choca con la comodidad ambiente; con la ley del menor esfuerzo, que a eso conduce, en definitiva, la simplificación.

Monday, October 21, 2013

FIN DE SEMANA DIFERENTE

FIN DE SEMANA DIFERENTE

Consta de tres ciclos:
1.     Comunicación en el Matrimonio
2.     Saber Amar con el Cuerpo
3.     Conflictos de Pareja
En este curso daremos el primero: Comunicación en el Matrimonio
PROGRAMA
Viernes 8 noviembre:
-Cena
-Presentaciones
-Exposición del programa
Sábado 9 noviembre:
-Desayuno: 0930
-Charla 1: 1030 LAS MUJERES SE QUEJAN Y LOS HOMBRES INCORDIAN
-Charla 2: 1300 TALLER: CASO SARA Y JUAN
-Almuerzo: 1400
- Charla 3: 1830 PENSAMIENTOS, ACTITUDES Y SENTIMIENTOS
--Cena: 2100
-Cine fórum: 2230 PELICULA SOBRE EL TEMA
Domingo 10 noviembre:
-Desayuno: 0900
-Cierre: Conclusiones y metas y a casita: 1100
-1100 Santa Misa para quien lo desee.

NOTAS:
 En las horas libres disponibilidad para consultas personales
Se realizará en un Hotel con encanto, que se contrata en la Playa las Rotas en Denia.
Coste: 175 euros por matrimonio pensión completa. HOTEL EN DENIA DE 4 ESTRELLAS
Persona Encargada:
-Sarita Rivas: 688925222




FIN DE SEMANA DIFERENTE

Curso 2013/14: Comunicación en el Matrimonio

TEMARIO

1.      COMUNICACIÓN EN EL MATRIMONIO: 8, 9 Y 10 NOVIEMBRE 2013
1.1    La Aceptación del Otro
1.2    Caso Sara y Juan
1.3    FOCUS: Metas y Ambiciones en la vida Matrimonial
1.4    CINE FORUM
2.      SABER AMAR CON EL CUERPO
2.1    El Sentido del Sexo
2.2    La Locura de Casarse
2.3    Personalizando la Sexualidad
2.4    CINE FORUM
3.      CONFLICTOS DE PAREJA
3.1    Enfermedades del Amor
3.2    Conflictos y Peleas: Técnicas
3.3    Matrimonio y Romanticismo
3.4    CINE FORUM



DIDACTICA

Cada una de las sesiones consta de tres charlas y un cine fórum
Viernes:
-Cena
-Presentaciones
-Exposición del programa
Sábado:
-Desayuno: 0930
-Charla 1: 1030
-Charla 2: 1300
-Almuerzo: 1400
- Charla 3: 1830
--Cena: 2100
-Cine fórum: 2230



Domingo:
-Desayuno: 0900
-Cierre: Conclusiones y metas y a casita: 1100
-1100 Santa Misa para quien lo desee


NOTA: En las horas libres disponibilidad para consultas personales

Thursday, October 10, 2013

EL DERECHO COMO MINIMO ETICO INDISPENSABLE

EL ECLIPSE DEL DERECHO
La crisis económica, así como actitudes dirigidas a una interesada erosión de las instituciones políticas, han convertido en tópico la afirmación de que en realidad lo que nuestra sociedad experimenta es una grave crisis moral. Discrepo del diagnóstico. Entiendo que con ese juego entre economía, política y moral se eclipsa un elemento particularmente decisivo: el derecho. Este llamativo fenómeno se debería, a mi modo de ver, a dos razones.
La primera podría caracterizarse como clericalismo civil y es fácil adivinarla bajo actitudes laicistas no pocas extendidas, también entre los mismos creyentes. Se considera de sentido común el siguiente planteamiento: hay ciudadanos cuyas convicciones religiosas generan determinadas exigencias morales y, en la medida que las consideran de particular tonelaje, pretenden imponerlas a los demás recurriendo a la capacidad coactiva del derecho. Este aparece pues como el brazo armado de una moral de procedencia religiosa. Considero que la realidad de las cosas invitaría a entender precisamente lo inverso.
Ningún teórico del derecho solvente discute que el derecho debe ser entendido como un mínimo ético, indispensable para garantizar suficientemente una convivencia que merezca el nombre de humana. El derecho no pretende hacer al ciudadano feliz, rico ni santo. Pretende crear un marco normativo mínimo que le posibilite aspirar a esos o cualquiera otros objetivos. Las exigencias jurídicas son sin embargo tan mínimas como indispensables, lo que las convierte en condición previa para cualquier logro de maximalismos morales.

Thursday, September 12, 2013

CURSOS



Para solicitar información, por favor dé clic sobre el programa de su interés y le remitiremos a la página correspondiente.
Todos los cursos asumen la filosofía de gratuidad.

Cursos Libres y de actualización.

Diplomados

Maestrías.

Doctorado.



Alicia Errázquin
Secretaría de Buenos Aires
José Pérez Adán
Secretaría de Valencia



Monday, September 09, 2013

QUE ES EUROPA?

Europa es el resultado de una doble herencia: la filosofía griega y la religión cristiana. Europa no las ha creado sino que se ha creado a sí misma como heredera de ellas. Atenas y Jerusalén, es decir, quizá, Roma. Pero, ¿qué sucedería si Atenas y Jerusalén fueran incompatibles? Existiría, entonces, una tensión irresoluble en el seno del espíritu europeo, acaso una imposibilidad.
En un ciclo de conferencias dictado en la década de 1950 en la Universidad de Chicago, Leo Strauss defendió la tesis de esta incompatibilidad, a partir del análisis de la noción hebrea de retorno. El progresismo no ve en el comienzo sino imperfección o barbarie. Pero para el judaísmo, el pasado es superior al presente. El mal ha surgido del abandono de la senda derecha. Es preciso regresar al pasado, al momento en el que aún no se había roto la alianza con Dios. De ahí, también la idea del paraíso perdido. Según Strauss, la palabra «progreso» ha desaparecido casi por completo de la literatura seria. La crisis de la civilización occidental va unida al paroxismo de la crisis de la idea de progreso. «El hombre moderno es un gigante ciego».

Tuesday, May 14, 2013

LEYES SOBRE EUTANASIA


Estamos en una sociedad en plena revolución, toda revolución implica cambios rápidos en el tiempo y por ello, por ser tan rápidos, están en muchos casos carentes de discernimiento, de reflexión.

Esto esta pasando en especial en los temas relacionados con la vida del ser humano, como los casos de la manipulación genética, aborto y eutanasia.

Veamos unas reflexiones sobre este último tema, la eutanasia.

Tuesday, April 02, 2013

PREEMBRION, SU DECLIVE


El Tribunal Supremo de EE.UU., en la sentencia Roe vs. Wade de 1973, no quiso pronunciarse sobre el momento en que comienza la vida humana. Con este antecedente y con el nacimiento en 1978 de Louise Brown, la primera niña probeta, el más antiguo de los comités de bioética –el británico Ethics Advisory Board (EAB)– tuvo que considerar los aspectos éticos de la fecundación in vitro (FIV) y la posibilidad de investigar con embriones para mejorar estas técnicas.
La regla de los 14 días
Según el informe del 4-05-1979, el embrión humano, en los primeros días, es solo una forma incipiente de vida humana, con una elevada mortalidad natural, y no un individuo, pues la aparición de la “línea primitiva” es uno de las condiciones fundamentales de la individuación del embrión. Se aceptó fijar un intervalo de 14 días después de la fecundación, durante el cual se consideraba que el embrión humano no tenía estatuto especial y era “éticamente” aceptable usarlo para experimentar. En ningún lugar del informe se usó la palabra “preembrión”.
El EAB, que entre sus miembros no contaba ningún especialista en embriología humana, fue probablemente el primero en proponer la regla del día 14, que vino a decir que el embrión humano en la primera fase de su desarrollo es merecedor de respeto, pero no el mismo que se debe a una persona. Sus recomendaciones no fueron aprobadas por las autoridades en aquel momento. En 1980 el EAB dejó de existir.
En palabras de un especialista, “preembrión” era “un ejercicio de ingeniería lingüística para hacer aceptable a la opinión pública la investigación con embriones humanos”
En 1979 se publicó el primer artículo en la literatura científica que usó términos como “preembrión” o periodo “preembrionario”. Su autor era el americano Clifford Grobstein. Unos meses antes el EAB había concluido su informe sobre la FIV, y en medio de la polémica suscitada por el informe, el artículo de Grobstein pasó prácticamente desapercibido.
En 1982 se constituyó en Gran Bretaña una comisión de expertos presidida por Mary Warnock para estudiar una posible regulación legal de la FIV. El informe resultante, publicado en julio de 1984, tuvo una gran influencia no solo en la legislación británica, sino también en las de muchos otros países.
De ser humano a masa de células

Wednesday, December 19, 2012

RELATIVISMO Y LIBERTAD

Creo que todos somos conscientes de la gravedad de la crisis económica que estamos atravesando, pero en la actualidad muchos estamos convencidos que no se trata sólo de una crisis económica, sino bastante peor, de una crisis de valores. Estamos ante un enfrentamiento entre dos modelos sociales contrapuestos: el modelo basado en la cultura del relativismo, asentado en esa doctrina conforme a la cual la sociedad debe construirse a partir de una exaltación de la libertad basada en la supresión de obligaciones y responsabilidades, y el modelo basado en la defensa de una serie de principios y valores morales, que son los que hacen posible la convivencia.

El relativismo intenta crear un nuevo tipo de ciudadanos, buscando liberar al hombre de sus ataduras más profundas, incluso las ligadas con la propia naturaleza humana. Se trata de realizar una libertad sin obligaciones ni responsabilidades, en la que el eslogan es “la Libertad os hará verdaderos”, que contradice al de Jesucristo “la Verdad os hará libres” (Jn 8,34).

Para el modelo basado en la cultura relativista, Dios no existe y la negación de la dimensión religiosa es el presupuesto necesario para poder construir el modelo de hombre y la edificación de la sociedad que se quiere realizar. No hay valores objetivos y en consecuencia el máximo elogio que se puede hacer de una persona en la hora de su muerte es que fue una persona coherente y consecuente con sus principios, pero éstos, es él mismo quien los determina y establece. Esto lleva a concluir que mi conciencia es el criterio último de moralidad, pues por encima de mí no hay ningún criterio objetivo, pues el Bien y el Mal en cuanto tales no existen, por lo que incluso el comportamiento racista sería bueno si el racista lo fuera sinceramente y terminaríamos en que no podríamos hacer ningún juicio sobre el comportamiento moral de los demás.

De hecho esta exaltación extrema de la libertad lleva a la negación de la democracia y al totalitarismo. Creo por ello que el diálogo a fondo con los relativistas es prácticamente imposible, pues no aceptan lo que es la base de la democracia: el ser humano tiene una dignidad intrínseca e inalienable, que ha de ser protegida y respetada.

En cambio, en la concepción cristiana, “solamente la libertad que se somete a la verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la verdad y en realizar la verdad”… “De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en descon¬fianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contrapone las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre”… Por el contrario la fe cristiana “trata de guiar a todos los fieles en la formación de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones según verdad” (Encíclica de Juan Pablo II Veritatis Splendor, nº 84 y 85).

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho, en el que es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres, y sobre la base de una recta concepción de la persona humana, basada en el respeto a su dignidad. El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. “Si no se reconoce la verdad transcendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin tener en cuenta los derechos de los demás”…“La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad transcendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado” (Encíclica de Juan Pablo II Centesimus annus, nº 44).

El Papa actual tiene ideas muy claras sobre los peligros del relativismo. En diversas ocasiones y con diversas palabras, Benedicto XVI ha manifestado su convicción de que el relativismo se ha convertido en el problema central que la fe cristiana tiene que afrontar en nuestros días. Estos mismos días ha escrito en su mensaje por la Paz en Año Nuevo: "una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre”.

A mí, personalmente, me gusta mucho esta frase que encuentro en la Encíclica de Juan Pablo II, “Evangelium vitae”, nº 28, que dice: “Estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la ‘cultura de la muerte’ y la ‘cultura de la vida”. Estamos no sólo ‘ante’ sino necesariamente ‘en medio’ de este conflicto: todos nos vemos obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente a favor de la vida”.

Pedro Trevijano

Thursday, December 01, 2011

EXPERIMENTOS CONTRA NATURA


La «ley de la pendiente resbaladiza» en bioética se está mostrando apodíctica. La «Isla del Dr. Moreau» se ha convertido en un parque temático. Lo siento, a mi me escandaliza, y me escandaliza más el silencio que la encubre.
Hace tres años comentaba el terror que me provocaba la «Ley de Fertilización Humana y Embriología» que estaba a punto de aprobar el Parlamento Británico y que permitía la fecundación interespecífica. Monseñor Sgreccia alertó de inmediato:
Constituye una ofensa para la dignidad del hombres. Es un intento de fecundación entre especies que hasta ahora estaba prohibido por todas las leyes sobre fecundación artificial.
La unión hombre-animal, aunque no sea sexual, representa uno de los horrores que siempre han provocado el rechazo de la ética. Cada vez que se ha roto la barrera hombre-animal se han visto consecuencias muy graves, incluso involuntariamente.
Los de siempre cargaron: éramos unos alarmistas, las condiciones eran muy restrictivas, los ‘embriones’ debían ser destruidos a los 14 días, que negarse era poner freno a la ciencia, la cantidad de enfermedades que serían curadas.
El día 23 de julio, el Daily Mail descubría que desde la aprobación se habían producido en secreto en torno a 150 embriones híbridos humanos, con la supuesta finalidad de «curar enfermedades». Las mismas mentiras que con las «células madre embrionarias».
La revelación se produce un día después de que un comité científico horrorizado aventurase unfinal tipo «Planeta de los Simios»
Los tres laboratorios que tenían permiso — Kings College de Londre, Univ. de Newcastle y la Univ. de Warwick— ha tenido que parar sus proyectos por falta de fondos. Lord Alton, que lo relataba como respuesta a una pregunta parlamentaria, dijo:
Me he manifestado en el Parlamento en contra de la creación de híbridos humano-animales por una cuestión de principios. Ninguno de los científicos que se presentaron para rendir cuentas puderon dar justificación alguna en términos de tratamiento.
Éticamente no puede justificarse de ninguna manera, nos desacredita como país. Se está manoseando con lo grotesco. Lo único que han sido capaces de esgrimir es que si les permitimos hacerlo vamos a encontrar cura para todas las enfermedades conocidas por la humanidad. Eso es chantaje emocional.
De los 80 tratamientos y curas que se han producido a partir de células madre, todos (sin excepción) han llegado a partir de células madre adultas —no embrionarias—
Josephine Quintavalle, de «Comment on Reproductive Ethics» dijo:
Estoy horrorizado con lo que ha pasado, no sabía nada. ¿Por qué lo han mantenido en secreto? ¿Por qué si están orgullosos de lo que hacen hemos de recurrir a una sesión parlamentaria para que salga a la luz?
El problema es que muchos científicos quieren experimentar por experimentar, y eso no es razón suficientemente buena.
Me parecen quejas de mal pagador, avisados estaban y los argumentos utilitaristas tienen poco recorrido, aunque sean muy de la tradición británica. Ni me parece una postura de principios la de Lord Alton, ni se me ocurre razón alguna para Quintavalle.
No sé en qué terminará la cosa, pero tiene mala pinta. En el 2008 Mons. Sgreccia terminaba su advertencia:
hay que pedir una especie de conversión de los medios de comunicación: en vez de obedecer a las indicaciones de los grupos interesados, deben obedecer a la verdad para no crear ilusiones, con objetivos de compasión humana, sobre caminos que no han ofrecido todavía ningún resultado
La verdad, no tengo mucha confianza en la ‘masa’ ni en los ‘media’.


Ilustración: fotografía de una escultura de Patricia Piccini

Monday, March 07, 2011

QUE ES EL HOMBRE: DOS ANTROPOLOGIAS

Daniel Iglesias Grèzes

1. Dos visiones del hombre

Occidente se presenta hoy como una civilización dividida, como una especie de campo de batalla entre visiones del hombre profundamente antagónicas entre sí; sobre todo dos: la antropología cristiana y la antropología individualista.

La antropología cristiana considera al ser humano como un animal racional, una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual, un ser inteligente y libre, creado a imagen y semejanza de Dios. La inteligencia humana tiende naturalmente a la verdad (la adecuación del pensamiento a la realidad). El ser humano es capaz de conocer y comunicar a otros la verdad de lo real. Además, la voluntad humana tiende naturalmente al bien y a la felicidad, y puede y debe alcanzarlos a través del ejercicio de su libertad. La felicidad no está en el egoísmo, sino en el don de uno mismo a los demás. El hombre ha sido creado libremente por Dios, por amor, para conocer y amar a Dios y, en un mismo movimiento, también a los demás seres humanos. Según la antropología cristiana, el amor no es una atracción bioquímica ni un sentimiento romántico, sino la búsqueda comprometida y perseverante del bien de la persona amada.

Por ejemplo, los siguientes textos de la Sagrada Escritura ponen de manifiesto esta visión cristiana del hombre:

· Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco nadie muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor” (Romanos 14,7-8).

· Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?” (Marcos 8,34-37).

· “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí.” (Cantar de los Cantares 6,3).

· "Yo seré para él padre y él será para Mí hijo." (2 Samuel 7,14).

· "Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con-ellos, será su Dios... Ésta será la herencia del vencedor: Yo seré Dios para él, y él será hijo para Mí." (Apocalipsis 21,3.7).

La antropología individualista, en cambio, sostiene el ideal de un ser humano sin vínculos, ataduras, ni compromisos absolutos. Así se tiende a romper la debida relación del hombre con Dios (religión). Como el hombre esun mero animal, producto del azar, su existencia carece de un fin último objetivo, por lo cual en definitiva le conviene pasar la vida buscando el placer. El ser humano existe para sí mismo y busca siempre sólo y exclusivamente su propio bien, su propia felicidad. La caridad (el amor cristiano), la búsqueda desinteresada del bien de la persona amada, no existe. El pretendido altruismo no es más que un egoísmo oculto o disfrazado. El amor es un tipo de atracción que busca en definitiva el propio placer, la propia felicidad. Esta visión del hombre se expresa, por ejemplo, en la siguiente cita de Fritz Perls, fundador de la Terapia Gestáltica: "Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en el mundo para llenar tus expectativas. Y tú no estás en el mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo. Y si por casualidad nos encontramos es hermoso. Si no, no puede remediarse."

El individualismo se relaciona con el relativismo, doctrina que niega la capacidad humana de conocer la verdad de lo real. La verdad ya no puede ser definida como adecuación del pensamiento con la realidad, ya que ésta es incognoscible; por lo tanto se reduce a mera coherencia: la adecuación del pensamiento consigo mismo. Al perder el acceso al terreno común de la realidad objetiva, independiente del sujeto, cada uno queda prisionero de sus propias ideas, de su propia subjetividad, en última instancia incomunicable.

El individualismo se relaciona también con el liberalismo y el utilitarismo. Al perderse de vista la relación de la libertad con la verdad, se tiende a absolutizar la propia libertad de elección, que no es vista ya como un medio para un fin (el libre don de uno mismo en el amor), sino como un fin en sí misma. Además, se tiende a absolutizar el propio placer y a procurar la realización del individuo por medio de la satisfacción de todos sus deseos.

2. Dos visiones del matrimonio

La antropología cristiana y la antropología individualista dan lugar a dos visiones enfrentadas del matrimonio.

Según la antropología cristiana, el ser humano no existe por sí mismo ni existe sólo ni principalmente para sí mismo. Según un dicho de Nuestro Señor Jesucristo, “hay más alegría en dar que en recibir” (Hechos de los Apóstoles 20,35).

La antropología cristiana está en consonancia con la visión del matrimonio como una alianza de amor. Según la doctrina católica, el matrimonio es un consorcio de toda la vida entre un hombre y una mujer, ordenado por su propia índole natural al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de los hijos (cf. Código de Derecho Canónico (CDC), canon 1055,1).

La causa eficiente del matrimonio es el mutuo consentimiento matrimonial. Éste es “el acto de la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio.” (CDC, c. 1057,2). Se trata de una mutua entrega y aceptación total, absoluta e incondicional, que es ratificada y sellada (consumada) en la primera relación conyugal, mediante la cual los dos se hacen “una sola carne” (Génesis 2,24).

Según la doctrina católica, las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad, la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura a la procreación. Para ser válido, el mutuo consentimiento debe tener por objeto el verdadero matrimonio, que incluye dichas propiedades esenciales. Por ejemplo, un matrimonio contraído con mentalidad divorcista (“me caso, pero si me va mal me divorcio”) es un matrimonio nulo.

No en vano el matrimonio ha sido considerado en todas las culturas (hasta nuestros tiempos) como una realidad sagrada. Según la doctrina católica, el contrato matrimonial válido entre dos bautizados se identifica con el sacramento del matrimonio. El matrimonio cristiano es signo e instrumento de la unión de amor fiel, indisoluble y fecunda entre Cristo y su Iglesia.

Según la antropología individualista, el ser humano existe en definitiva para sí mismo, busca siempre y en todo lugar nada más que su propia felicidad. Esta antropología es consistente con una visión del matrimonio como mero contrato. Se trataría de un simple intercambio de bienes y servicios entre los cónyuges y se diferenciaría de otros contratos por el hecho de implicar una cohabitación o convivencia de índole sexual.

Dado que –según esta visión– el matrimonio es un mero contrato, cuyas cláusulas no provienen de la naturaleza humana ni de un orden moral objetivo, sino de la voluntad de las partes contratantes, en el contexto de un consenso social mayoritario que la condiciona en parte, no se ve por qué (siempre y cuando se lograra ese consenso) el contrato matrimonial debería ser sólo entre un hombre y una mujer, y no, por ejemplo, entre dos hombres o dos mujeres. En esa misma línea, tampoco resulta claro por qué el matrimonio debería ser sólo entre dos personas, y no entre tres o más.

El carácter subjetivista de esta visión del matrimonio hace que tampoco la generación y educación de los hijos sea un fin esencial del pacto matrimonial. Por lo tanto, uno podría casarse legítimamente con o sin voluntad de tener hijos con su pareja. Tener o no tener hijos sería una cuestión en el fondo independiente del matrimonio: podría haber matrimonios que buscaran sólo una especie de disfrute egoísta entre dos, excluyendo positivamente la procreación; y matrimonios que buscaran procrear mediante la intervención de terceros, ajenos al pacto conyugal.

En esta visión del matrimonio tampoco hay lugar para la indisolubilidad matrimonial. Al ser el matrimonio un mero contrato, parece normal que ese contrato pueda ser disuelto bajo ciertas condiciones, por ejemplo, por mutuo acuerdo de las partes. Más aún, el individualismo radical implica en último término la posibilidad de disolver el matrimonio por la sola voluntad de una cualquiera de ambas partes. Se produce así una banalización o trivialización del matrimonio, que termina siendo a veces un contrato menos exigente que el contrato con una empresa de telefonía móvil o de televisión por cable.

Es claro que un matrimonio así concebido ha perdido todo vestigio de carácter sagrado, por lo cual no es de extrañar que sea celebrado por medio de una ceremonia laica.

3. Dos visiones de la sociedad

Según la antropología cristiana, el hombre es un ser individual y social a la vez. Para el ser humano, la sociedad no es un mal necesario, sino un bien. El hombre no existe para sí mismo, para buscar un disfrute egoísta de la vida, sino para dar gloria a su Creador (que es Amor), amando a Dios y al prójimo. Los dogmas de la comunión de los santos y del pecado original indican los lazos misteriosos pero reales que unen entre sí a todos los individuos humanos. Si alguien se eleva moralmente, eleva en cierto modo a la humanidad entera; y si alguien se degrada moralmente, degrada en cierto modo a toda la humanidad.

La doctrina social católica supone la existencia, no sólo de los bienes de los individuos, sino también de un “bien común” de la sociedad. El logro o el aumento del bien común favorece, aunque de modos diversos, a todos los miembros de una sociedad. La vida social no es como un “juego de suma cero”, donde si alguien gana es porque otro u otros pierden.

La misma doctrina sostiene los dos principios (correlativos) de solidaridad y de subsidiariedad.

El principio de solidaridad establece que, en definitiva, todos somos responsables de todos. No me es lícito dejarme dominar por la indiferencia hacia los demás, ni desentenderme absolutamente de la suerte de mi prójimo, como hizo Caín, el primer fratricida: Yahveh dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?» Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» (Génesis 4,9).

El principio de subsidiariedad establece que la solidaridad social no debe ejercerse de un modo desordenado, como si cualquiera pudiera entrometerse en cualquier asunto ajeno, sino dentro de un orden en el que se respete adecuadamente el ámbito de libertad de cada persona y organización. De este principio resulta por ejemplo: que el Estado no debe absorber las responsabilidades que corresponden a las personas, las familias, las empresas, las organizaciones de la sociedad civil, etc.; que el gobierno nacional no debe hacer lo que pueden hacer mejor los gobiernos locales; que una comunidad de naciones no debe atropellar la soberanía de las naciones que la integran; etc.

La sociedad cristiana ideal es, según una bella expresión del Papa Pablo VI, una “civilización del amor”, donde cada miembro de la sociedad, actuando de modo solidario y subsidiario, procura, no sólo su propio bien, sino el bien de su familia, de su empresa, etc. y el bien común de su nación y de toda la humanidad. “No hay libertad sin solidaridad”. “Y no hay solidaridad sin amor”.

Según la antropología individualista, el ser humano existe para sí mismo y los demás seres humanos son en cierto modo sus adversarios. Se suele decir que “mi libertad termina donde empiezan las libertades de los demás”. Esta frase tan común implica una noción individualista de la libertad. Si lo que yo busco es maximizar mi libertad y los otros limitan mi libertad, la aparición de los otros es una mala noticia para mí. El filósofo existencialista y marxista Jean Paul Sartre sintetizó esta (su) visión individualista en una frase famosa: “El infierno son los otros”.

Veamos qué implica el individualismo cuando se aplica a escala social. Thomas Hobbes, el pensador inglés del siglo XVII que sentó las bases de la filosofía política absolutista, partió de este famoso principio: Homo homini lupus” (“El hombre es el lobo del hombre”). Los seres humanos somos por naturaleza enemigos los unos de los otros. Por lo tanto, en el “estado de naturaleza” los hombres se dañaban y mataban los unos a los otros. Para poner fin a ese peligroso estado de anarquía, los hombres realizaron el “contrato social”, renunciando a sus libertades individuales a favor del monarca absoluto, en busca de seguridad.

Jean-Jacques Rousseau, aunque partió de una antropología optimista (el “mito del buen salvaje”), llegó a una conclusión parecida: el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe y esclaviza. Según Rousseau, en el “contrato social” el individuo cede sus derechos a la “voluntad general”, que es infalible, y así alcanza la verdadera libertad. El “pueblo” ocupa aquí el lugar del rey absoluto de Hobbes. Se va sembrando la semilla de los modernos totalitarismos.

En la perspectiva individualista de Hobbes, Rousseau y otros pensadores, la sociedad es un mal necesario y el “contrato social” es un intento de balancear la libertad y la seguridad de los individuos. Es interesante notar que gran parte de la “derecha” y de la “izquierda” políticas comparten la misma premisa individualista. La “derecha” intenta maximizar la libertad a expensas de la seguridad, mientras que la “izquierda” busca maximizar la seguridad (o magnitudes correlativas a ella, como la justicia y la igualdad) a expensas de la libertad.

Para el individualista, el amor verdadero, la búsqueda desinteresada del bien ajeno, no es más que una quimera. Por tanto, la sociedad individualista no es una “civilización del amor”, sino una trama trabajosa y en cierto modo contra natura que intenta lograr el equilibrio de los distintos intereses de los individuos, necesariamente contrapuestos entre sí.

4. Dos visiones de los derechos humanos

Según la antropología cristiana, el ser humano tiene derechos porque tiene deberes. Un derecho no es otra cosa que la contracara de un deber. Mis derechos son los deberes que los demás tienen para conmigo. Al crear al hombre, Dios le dio una naturaleza determinada (la de “animal racional”, es decir espiritual, personal) y lo elevó dándole una vocación sobrenatural: llegar a la perfecta comunión de amor con Él en la vida eterna. Los actos humanos (conscientes y libres) son moralmente buenos o malos según que conduzcan al hombre a su fin último (Dios) o lo alejen de él. La ley moral no es una coacción impuesta al ser humano desde afuera, sino que es la ley natural e interior que rige su propio desarrollo en cuanto persona. Actuar moralmente equivale exactamente a obrar según la razón, según la verdad de nuestra misma naturaleza humana. Hemos sido creados por amor y para el amor, por lo cual debemos amar a Dios y a nuestro prójimo. La ley suprema del amor implica determinadas consecuencias: las normas morales particulares.

Por lo tanto debemos distinguir entre la dignidad humana ontológica, que corresponde a la naturaleza humana y es independiente de los actos buenos o malos del hombre, y la dignidad moral, que puede crecer o decrecer en función de la moralidad o inmoralidad de los actos humanos. En virtud de su creación, cada hombre será siempre “imagen de Dios”, pero su semejanza con Dios podrá aumentar o disminuir en función del ejercicio de su libertad responsable.

Los derechos humanos básicos tienen su fundamento en la dignidad humana ontológica, es decir en un don gratuito del Creador. Por lo tanto son inherentes a la naturaleza humana y son inalienables. Nada ni nadie, ni tampoco nada que hagamos o dejemos de hacer, podrá despojarnos jamás de ninguno de esos derechos, porque la voluntad de Dios es inmutable.

En la filosofía del derecho, esta visión cristiana de los derechos humanos se conoce como “iusnaturalismo”: los derechos humanos son naturales, anteriores a cualquier ley positiva. Al Estado no le corresponde crear, modificar o suprimir esos derechos, sino simplemente reconocerlos. Como dato importante, añadiré que tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas como la Constitución de la República Orientaldel Uruguay denotan una clara impronta “iusnaturalista”.

Según la antropología individualista, tanto los derechos como los deberes humanos surgen del “contrato social”. Como consecuencia del “primado del yo”, los derechos tienen la primacía frente a los deberes. De ahí que hoy se hable tanto de los derechos humanos y tan poco de los deberes humanos.

En la filosofía del derecho, esta visión individualista de los derechos humanos se conoce como “positivismo jurídico”: los derechos humanos surgen del consenso social y dependen de las leyes humanas positivas. La ley puede crear, modificar o suprimir los derechos humanos.

La combinación de democracia liberal y positivismo jurídico crea el peligro de la “dictadura de las mayorías”. La mayoría de los ciudadanos o de sus representantes, por vías formalmente “democráticas”, podría despojar a una minoría (por ejemplo, los seres humanos aún no nacidos, los enfermos terminales, etc.) de sus derechos humanos. Se trata de un caso particular de la “ley del más fuerte”, donde la fuerza determinante es la del número de votos. Nada ni nadie puede garantizar que, siguiendo este camino, que hoy pasa por ejemplo por la legalización del aborto y la eutanasia, no volvamos a caer mañana en la legalización de la esclavitud. De hecho hoy los “embriones sobrantes” de la fecundación in vitro son tratados con frecuencia peor que muchos esclavos del siglo XIX.

5. Dos visiones de la laicidad

La antropología cristiana conduce a una visión de la laicidad como legítima autonomía de los asuntos temporales, de la cultura humana y de la comunidad política (cf. Concilio Vaticano II, constitución pastoralGaudium et Spes, nn. 36, 59, 76). Esta visión católica de la laicidad contradice tanto al integrismo, que niega la autonomía de la realidad creada, como al secularismo, que la exagera considerándola como independencia respecto de Dios. Mientras que el integrismo une indisolublemente a la fe cosas que le pertenecen sólo accidentalmente, el secularismo separa de la fe cosas que le pertenecen sustancialmente. El Concilio Vaticano II rechaza ambos errores, afirmando que las cosas creadas y la sociedad gozan de leyes y valores propios, que el hombre debe descubrir y emplear, y que la realidad creada depende de Dios y debe ser usada con referencia a Él (cf. ídem, n. 36).

La laicidad así entendida debe ser considerada como un fruto maduro del cristianismo. Está implícita en la famosa sentencia de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22,21). Todo es de Dios, pero de tal modo que hay un ámbito que es del César, aunque éste esté subordinado a Dios. El Papa Benedicto XVI se ha referido más de una vez a esta visión de la laicidad mediante la expresión “laicidad positiva”.

La antropología individualista conduce a una visión de la laicidad como laicismo, que procura la exclusión de la religión del espacio público. El individualismo concibe a los individuos como mónadas aisladas entre sí que buscan sólo su propia autorrealización individual. Al absolutizar la libertad de elección del individuo, tiende a desvincular a éste de sus semejantes, “liberándolo” de toda atadura o compromiso permanente con ellos, del tipo que sea: matrimonial, familiar, social, etc. El mismo impulso ideológico que forma esta “sociedad de la desvinculación” tiende a desvincular al hombre de Dios, “liberándolo”, por lo menos en el ámbito público, de la relación religiosa con Él.

Esta visión de la laicidad es un fruto de la Ilustración racionalista. No busca sólo una separación entre la Iglesia y el Estado, sino una “separación sin reconocimiento”. Tiende a organizar la vida social como si Dios y la religión no existieran. Con frecuencia da lugar a una actitud hostil contra la religión, sobre todo la religión católica, principal defensora de la ley moral natural.

El laicismo pretende quitar a los cristianos su derecho a actuar como cristianos en política y quitar a la Iglesia su derecho a enseñar su doctrina moral social. En nombre de la “tolerancia”, es intolerante con la fe de la Iglesia Católica; y, en nombre de la libertad de pensamiento, pretende imponer la filosofía relativista como requisito indispensable para la pacífica convivencia democrática.

6. Dos espíritus contrapuestos

En esta sección final procuraré mostrar que las dos antropologías principales de nuestro tiempo (la antropología cristiana y la antropología individualista) provienen de dos espíritus contrapuestos y tienden a producir frutos contrarios entre sí.

“Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad de Dios; el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena” (San Agustín, La Ciudad de Dios, 14,28).

El amor de Dios aquí referido es la caridad, virtud teologal que proviene de un don del Espíritu Santo. El “desprecio de uno mismo” implicado por la caridad no debe ser entendido literalmente, como una especie de “auto-odio”, que sería enfermizo y maligno, sino como abnegación y sacrificio por amor, en el sentido de la Cruz de Cristo. El Evangelio no prohíbe el amor bien entendido a uno mismo (cosa que sería absurda, porque no somos libres de no desear nuestra propia felicidad), sino que lo ubica en su verdadero contexto: el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo, con el mismo amor de Cristo. La caridad une al hombre a Dios y a su prójimo, formando una comunión divino-humana, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

En cambio, el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios es el pecado capital de la soberbia, que llevó a Lucifer a su orgullosa y trágica decisión de no servir a Dios. Por las insidias del demonio el pecado entró en el mundo y se difundió luego en la humanidad caída. El pecado divide y desune: separa al hombre de Dios y a los hombres entre sí, sumiéndolos en la espantosa confusión de un conflicto de todos contra todos. Por el pecado, el hombre se encuentra dividido incluso en sí mismo, alienado, separado de la verdad más íntima de su mismo ser y de su verdadera vocación.

A nivel personal y a nivel social, debemos pues elegir entre Babel y Pentecostés, entre el espíritu del mal y el Espíritu de Dios. Los frutos de esas dos posibles elecciones son dramáticamente opuestos entre sí.

“Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.” (Gálatas 5,16-25).

En la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13,24-30.36-43) Jesucristo nos enseña que el Reino de Dios y el reino del diablo coexistirán y se enfrentarán entre sí hasta el fin del mundo, cuando Dios manifestará su juicio definitivo sobre cada ser humano, retribuyendo a cada uno según sus obras. Notemos que la pugna entre ambos reinos se produce no sólo en el nivel individual, sino también en el nivel social, tendiendo a constituir por una parte una civilización o cultura del amor y por otra parte una “anti-civilización” o “cultura de la muerte” (cf. Juan Pablo II, Gratissimam sane, Carta a las familias, 2/02/1994, n. 13).

Si bien es cierto que esta pugna se ha dado siempre en toda sociedad humana desde el pecado original de nuestros primeros padres, cabe afirmar que ella ha adquirido una especial intensidad en nuestros días y en particular en nuestra civilización occidental. Para entender esto, quizás nos ayude esta reflexión: desde el primer pecado, siempre ha habido egoísmo en el mundo; pero es propio de nuestra época el haber “racionalizado” el egoísmo, convirtiéndolo en una ideología: el individualismo.

Es por esto, sobre todo, que Occidente aparece hoy como una civilización dividida en dos: la cultura cristiana y la cultura individualista y secularista. Tanto en nuestra América como en la vieja Europa se enfrentan hoy claramente esas dos concepciones principales del hombre y del mundo, profundamente antagónicas entre sí. Dado que la familia es la célula básica y fundamental de la sociedad humana, no es extraño que ella esté en el centro de la lucha entre las dos culturas mencionadas.

Más allá de los males comunes a todas las épocas (guerras, hambrunas, epidemias), el mundo actual sufre algunos males muy característicos de nuestra época, consecuencias directas de una amplia difusión de la mentalidad individualista. Haciendo un paralelismo con las diez plagas de Egipto, podemos enumerar a modo de ejemplo diez plagas típicas del mundo actual: el aumento y la trivialización del divorcio; el surgimiento y auge de la eugenesia; la eutanasia, que retoma, en nuestra civilización técnica, las antiguas prácticas paganas de eliminación de los “indeseables”; la búsqueda de un “paraíso artificial” a través de la drogadicción; la anticoncepción, fruto envenenado de la “liberación sexual”; la legalización del aborto, la mayor lacra moral de nuestra época; la multiplicación de las “uniones de hecho”, efecto del individualismo aplicado a las relaciones entre el hombre y la mujer; la promoción de la homosexualidad a través de la “ideología de género”; la reproducción humana artificial, que trata al hombre como un mero producto de la técnica; y, finalmente, el aumento de los suicidios, claro síntoma de la desesperación que inunda a una sociedad que parece olvidar cada vez más el sentido trascendente de la vida, del amor, del trabajo y del sufrimiento del hombre.

Quiera Dios que, bajo el impulso de su gracia, podamos resistir la embestida de la cultura individualista, mantenernos firmes en la fe católica y apostólica, y dar muchos frutos de alegría y paz (¡la alegría y la paz de Cristo!) en un mundo que tanto los necesita.