Noticias y opiniones sobre algo muy fundamental hoy y siempre pero en bioetica tal vez hoy mas que nunca ante los progresos de la ciencia. ¿Todo lo que se puede hacer se ha de hacer?
Monday, October 21, 2013
FIN DE SEMANA DIFERENTE
Thursday, May 02, 2013
ESTADO DE BIENESTAR EN CRISIS
Francisco Rodríguez Barragán
Diferentes y desiguales
Las desigualdades provocan una permanente situación de inestabilidad, lo que obliga constantemente a buscar nuevas formas de organización social y económica
La naturaleza nos hace diferentes, cada persona es distinta de todas las demás, no estamos fabricados en serie como en el Mundo Feliz de Huxley pero la sociedad nos hace desiguales, por más que se proclame la igualdad en la Declaración de los derechos del hombre de la Revolución Francesa, en la declaración de los Derechos Humanos o en los textos constitucionales de tantos países.
A cualquier época a la que nos remontemos encontramos siempre la desigualdad: amos y esclavos, señores y siervos, nobles y plebeyos, grandes y pequeños, propietarios y proletarios.
Las diferencias hacen que podamos complementarnos, aportando cada cual sus propias cualidades y talentos. De la diferencia entre hombres y mujeres nace la atracción amorosa, la procreación, la familia. Las diferencias en edad hacen que cada generación transmita a la siguiente el caudal de sus conocimientos, saberes y valores.
Las desigualdades, en cambio, provocan una permanente situación de inestabilidad, lo que obliga constantemente a buscar nuevas formas de organización social y económica, sin que en ninguna haya logrado la supresión o superación de las desigualdades económicas y por tanto sociales.
Los ensayos igualitaristas no han logrado acabar con la existencia de una clase social reducida y poderosa y una mayoritaria clase de personas cuya vida depende de conseguir un trabajo y un salario, en el sistema de producción en manos de la otra clase. El sistema implantado por los marxistas eliminó a la clase dirigente que controlaba la economía, pero generó otra clase dirigente peor e ineficiente, basta leer Rebelión en la granja de Orwell, para comprender el mecanismo.
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Monday, March 25, 2013
UNAS CLAVES PARA SER FELIZ
La llave de la felicidad
Realmente las “pequeñas” grandes cosas son las que alimentan el espíritu, a diferencia de los que nos vende la sociedad de consumo, la cual nos dice que la felicidad está en el tener. “La cultura de hoy a veces quiere hacernos creer que valemos por nuestra ropa, por nuestros autos, por estar a la moda, porque somos poderosos, porque podemos humillar. Pero precisamente toda esa cultura es la llave al gran vacío interior que comienza a caracterizar a nuestra sociedad.” (Encuentra.com).
La vida es frágil y vulnerable, puede dar un giro inesperado en cualquier momento y sin previo aviso; tal como dice el refrán: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, o más bien, todos sabían lo que tenían pero nunca pensaron que podían perderlo.” Por eso, vale la pena echar un vistazo a las cosas sencillas que a diario ocurren y encontrar en ellas el sentido que merecen. Así como expresa Graciela de Filippis en uno de sus artículos: “El mundo está lleno de sueños, de caricias, de colores, de luz, de esas pequeñas cosas que si uno aprende a exprimirlas y a disfrutar de ellas, tiene la llave que encaja en la cerradura mágica de la felicidad.”
Finalmente todo lo material viene y va, pero al final solo quedamos nosotros, con lo que somos, con lo que hemos construido, con los aprendizajes que hemos ido adquiriendo, con las experiencias que la vida nos regala.
La sencillez en la vida
Uno de los valores que ayuda a valorar las cosas pequeñas es la sencillez. Este valor, asociado a la humildad, nos ayuda a reconocer que tenemos mucho de qué y de quienes aprender. El libro ‘Pequeña Guía de los Valores Humanos’ de Leslie Rosen, propone algunas ideas para vivir el valor de la sencillez:
- Saber que no somos perfectos y que tenemos mucho que aprender de otras personas.
- Recordar que no somos autosuficientes y que tampoco lo es ninguno de los seres que hay a nuestro alrededor.
- Convencernos de que la felicidad puede encontrarse en las actividades y sorpresas de la vida cotidiana, y que no puede comprarse.
- Considerar que lo que verdaderamente nos hace más dignos, más humanos, es nuestra capacidad de entrega y dedicación a quienes nos necesitan.
- Ser generosos, amables y tolerantes con cuantas personas encontremos al paso.
- Conservar la limpieza en la mirada y no mirar al resto de seres humanos con torcidas intenciones.
- Mantener la sencillez y la humildad que nos permite ser flexibles.
- Descubrir el valor de los placeres sencillos de la vida.
Recordar que la riqueza personal no tiene relación con la económica y material.
Wednesday, December 19, 2012
RELATIVISMO Y LIBERTAD
Creo
que todos somos conscientes de la gravedad de la crisis económica que
estamos atravesando, pero en la actualidad muchos estamos convencidos
que no se trata sólo de una crisis económica, sino bastante peor, de una
crisis de valores. Estamos ante un enfrentamiento entre dos modelos
sociales contrapuestos: el modelo basado en la cultura del relativismo,
asentado en esa doctrina conforme a la cual la sociedad debe construirse
a partir de una exaltación de la libertad basada en la supresión de
obligaciones y responsabilidades, y el modelo basado en la defensa de
una serie de principios y valores morales, que son los que hacen posible
la convivencia.
El relativismo intenta crear un nuevo tipo de ciudadanos, buscando liberar al hombre de sus ataduras más profundas, incluso las ligadas con la propia naturaleza humana. Se trata de realizar una libertad sin obligaciones ni responsabilidades, en la que el eslogan es “la Libertad os hará verdaderos”, que contradice al de Jesucristo “la Verdad os hará libres” (Jn 8,34). Para el modelo basado en la cultura relativista, Dios no existe y la negación de la dimensión religiosa es el presupuesto necesario para poder construir el modelo de hombre y la edificación de la sociedad que se quiere realizar. No hay valores objetivos y en consecuencia el máximo elogio que se puede hacer de una persona en la hora de su muerte es que fue una persona coherente y consecuente con sus principios, pero éstos, es él mismo quien los determina y establece. Esto lleva a concluir que mi conciencia es el criterio último de moralidad, pues por encima de mí no hay ningún criterio objetivo, pues el Bien y el Mal en cuanto tales no existen, por lo que incluso el comportamiento racista sería bueno si el racista lo fuera sinceramente y terminaríamos en que no podríamos hacer ningún juicio sobre el comportamiento moral de los demás. De hecho esta exaltación extrema de la libertad lleva a la negación de la democracia y al totalitarismo. Creo por ello que el diálogo a fondo con los relativistas es prácticamente imposible, pues no aceptan lo que es la base de la democracia: el ser humano tiene una dignidad intrínseca e inalienable, que ha de ser protegida y respetada. En cambio, en la concepción cristiana, “solamente la libertad que se somete a la verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la verdad y en realizar la verdad”… “De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en descon¬fianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contrapone las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre”… Por el contrario la fe cristiana “trata de guiar a todos los fieles en la formación de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones según verdad” (Encíclica de Juan Pablo II Veritatis Splendor, nº 84 y 85). Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho, en el que es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres, y sobre la base de una recta concepción de la persona humana, basada en el respeto a su dignidad. El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. “Si no se reconoce la verdad transcendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin tener en cuenta los derechos de los demás”…“La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad transcendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado” (Encíclica de Juan Pablo II Centesimus annus, nº 44). El Papa actual tiene ideas muy claras sobre los peligros del relativismo. En diversas ocasiones y con diversas palabras, Benedicto XVI ha manifestado su convicción de que el relativismo se ha convertido en el problema central que la fe cristiana tiene que afrontar en nuestros días. Estos mismos días ha escrito en su mensaje por la Paz en Año Nuevo: "una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre”. A mí, personalmente, me gusta mucho esta frase que encuentro en la Encíclica de Juan Pablo II, “Evangelium vitae”, nº 28, que dice: “Estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la ‘cultura de la muerte’ y la ‘cultura de la vida”. Estamos no sólo ‘ante’ sino necesariamente ‘en medio’ de este conflicto: todos nos vemos obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente a favor de la vida”. Pedro Trevijano |
Monday, January 03, 2011
SER FELIZ
Al disponerme a relacionar a las personas que debo felicitar por Navidad, he recordado un cuento de Bucay en el que se relata la visita a un cementerio, donde el visitante observa que en todas las lápidas, después del nombre, se indica: “vivió tantos días”, siempre en escaso número. Pensando que se trata de tumbas de bebés, pregunta al guardián del cementerio la causa de tantos niños muertos. El guardián le informa de que no se trata de niños, sino de personas fallecidas a edades más o menos avanzadas, pero que en aquel pueblo, sus habitantes iban anotando cuidadosamente los días de su vida en los que fueron felices. Esos eran los que realmente vivieron, y esos eran los que se grababan en las lápidas de sus tumbas.
Todos los cuentos de Bucay tienen por objeto hacernos pensar sobre algo, en este caso sobre la felicidad. Esa aspiración permanente de toda persona que tratamos de alcanzar, pero se desvanece de inmediato. Creemos que la posesión de esta o aquella cosa nos hará felices, pero apenas la tenemos en nuestras manos ya estamos deseando otra en una carrera sin fin. A veces pensamos que si alcanzamos una determinada posición se verán colmadas nuestras ansias de felicidad, si no la obtenemos nos sentiremos desgraciados, y si la conseguimos el contento por ello nos durará poco, pues seguiremos sintiendo la comezón por alcanzar otras cosas. Cuando pensamos que es una persona la que nos hará felices, podemos desengañarnos rápidamente, pues la pasión de un día se apaga pronto y pensaremos en sustituirla por otra, y luego por otra, hasta el cansancio. Si echamos una mirada a nuestro pasado, sin duda, encontraremos en nuestros recuerdos días, cosas o personas con las que fuimos felices, pero en aquellos momentos no fuimos conscientes de serlo. Aquellos días en los que jugábamos en la placeta con unos juguetes de cartón; aquel verano en la playa; aquel viaje que hicimos para ver a nuestros primos, vistos desde la distancia se nos antojan maravillosos, más aún de lo que en realidad fueron.
Quizá esos días recordados eran los que anotaban los vecinos de aquel pueblo como vividos, pero lo importante es conseguir ser felices en el presente y ser conscientes de que lo somos, porque aceptamos agradecidos cada día de vida; porque el camino que seguimos nos resulta tan apasionante como la meta a la que aspiramos; porque creemos que las cosas que nos ofrecen son caducas y pasajeras y no depende de ellas nuestra felicidad; porque conocemos nuestras limitaciones y desde ellas buscamos de verdad, la verdad;porque hemos comprendido que el secreto del amor es sentir la satisfacción de amar, de buscar activamente el bien de quien amamos; porque vivimos en la esperanza de que no todo termina con la muerte y que las víctimas y los verdugos no pueden tener un mismo destino. Mucho menos podemos pensar que corresponde al Estado hacernos felices, a pesar de que hablen constantemente del Estado de bienestar. El Estado carece de medios para hacernos felices, pero puede hacernos desgraciados, tiene la obligación de velar por nuestra libertad y nuestros derechos, y de disminuir en lo posible el sufrimiento de los desfavorecidos. Si los gobernantes nos dicen que quieren que gocemos de todos los placeres, desconfiemos radicalmente, lo que pretenden es manipularnos en su propio beneficio.
Un año más vamos a intercambiar felicidades, pero ¿de qué felicidad hablamos?