Sunday, February 03, 2008

ES POSIBLE LA CREACION DE VIDA?





Escrito por Nicolás Jouve de la Barreda

A primeros de 2008 ha saltado la noticia de que en el Instituto J. Craig Venter de Rockville, Maryland, se ha creado vida por primera vez. En este comentario señalamos la trascendencia de lo que se ha hecho, que lejos de suponer la creación de un ser vivo, consiste en «resíntesis» en el laboratorio, ó si se prefiere la producción de un «genoma artificial» copia del genoma de la bacteria de genoma más pequeño conocido, el Mycoplasma genitalium. No se conoce todavía sí este genoma será capaz de funcionar como uno natural, aunque el paso para averiguarlo está en la agenda de los investigadores del citado instituto. Todo un alarde tecnológico del que se pueden esperar aplicaciones biotecnológicas extraordinarias, sin descartar ciertos riesgos, por lo que se impone un importante debate ético que no frene estas investigaciones sino que las impulse hacia su vertiente mas positiva para la sociedad.

Tras el alarde tecnológico que hizo posible el conocimiento de la organización del genoma humano, culminado en el 2003, el Proyecto Genoma Humano ha sido el banco de pruebas del que se han derivado importantes avances en el conocimiento de los misterios de la vida, sobre todo al haberse desarrollado nuevas tecnologías que han permitido avanzar en el conocimiento de cómo están organizados los genomas (número de genes, funciones de cada gen, factores de que depende su expresión, funcionamiento interactivo de los genes, etc.). En pocos años hemos pasado de un desconocimiento de la organización de la información genética a contar con las claves para desvelar los misterios de la vida de cientos de especies de virus, bacterias, hongos, plantas y animales. Sin embargo, lo hecho hasta aquí, con ser muy importante, no es suficiente, y el camino a recorrer en la interpretación del «libro de instrucciones» que nos hemos dado es largo pero apasionante para seguir asombrándonos del extraordinario y aparentemente inagotable manantial de la vida, que hizo su aparición sobre la faz de la Tierra hace más de 3.500 millones de años.

Las perspectivas del Proyecto Genoma Humano

En lo que atañe al Proyecto Genoma Humano, todo se ha sobredimensionado y exagerado desde su abordaje a comienzos de los años noventa. Ya entonces se hablaba de descubrir la «piedra roseta de la vida», y ahora estamos convencidos de que lo conocido nos permitirá entender la biodiversidad, saber más sobre el origen evolutivo de nuestra especie, aprender como tiene lugar el desarrollo morfogenético del ser humano y de las demás especies de organización multicelular de complejidad semejante, desarrollar métodos de diagnóstico y terapia de las enfermedades genéticas, y en particular el cáncer, y explotar los recursos que nos ofrecen las demás especies mediante experimentos dirigidos de modificación genética de sus propiedades.

Con los pies en el suelo, y sin desestimar nada de lo hecho, el Proyecto Genoma Humano en sí mismo, es más fruto del extraordinario avance tecnológico en Biología Molecular y Bioinformática, que de ideas necesitadas de demostraciones empíricas. El investigador Richard Lewontin, un importante genético evolutivo americano, afirma que «en realidad el Proyecto Genoma Humano se parece más a una organización administrativa y financiera que a un proyecto de investigación en el sentido usual de estos términos» [1]. Lo cierto es que el meticuloso y complejo trabajo necesario, ha exigido probablemente más tecnología que talento. Lo que se ha hecho en realidad es fragmentar en piezas pequeñas un genoma de 3.100 millones de pares de bases de ADN, para clonarlas, almacenarlas, aislarlas y analizarlas de una en una al máximo detalle, para después recomponer el puzzle, interpretando el significado y la lógica de cada parte y de todo el conjunto. La reducción del todo a las partes, para después integrar las partes en el todo, es un puro ejercicio de reduccionismo muy habitual en la experimentación científica y posible gracias a las nuevas técnicas, por lo que el trabajo realizado se merece antes el calificativo de tecnología a lo grande (big-technology), que de ciencia a lo grande (big-science).

Craig Venter, hoy al frente del Laboratorio del Instituto de su mismo nombre, en Rockville, Maryland, coordinó las investigaciones del Proyecto Genoma Humano que implicaba al grupo privado Celera Genomics, e impulsó el estudio del genoma a partir de la expresión directa de los genes. Su aproximación tecnológica, a diferencia de la llevada a cabo por Francis Collins, coordinador del Consorcio Internacional del Proyecto Genoma Humano, consistió en el análisis de los genes activos (ADN) en las células especializadas, a partir de los mensajeros (ARN-m), que se sintetizan solo en el momento en que se expresan los genes, durante el desarrollo y/ó en el tejido en que corresponde hacerlo. Este trabajo, lo llevó a cabo el equipo del Dr. Venter en el Instituto de Investigación Genómica (TIGR) de Gaithersburg, en Maryland. De este modo, a diferencia del método propugnado por el Dr. Collins [2] se rentabilizaba el estudio del genoma, al estudiar de forma preferente las secuencias codificantes (genes) dejando para una posterior aproximación regiones del genoma menos interesantes. La idea de Venter, ha servido para avanzar en la vertiente funcional de los genes y gracias a su trabajo hoy sabemos mucho no solo sobre la organización de las secuencias del genoma humano, sino sobre todo del papel funcional de cada gen. Hoy podemos afirmar que las consecuencias del Proyecto Genoma Humano para el futuro de la biomedicina son extraordinarias en sus vertientes diagnóstica, farmacológica y terapéutica [3].

El «genoma mínimo»

En 1999, casi a punto de concluir la secuenciación del Borrador del genoma humano, el Dr. Venter y su equipo se embarcó en otra investigación enormemente interesante y de un gran calado para entender el origen y la evolución de los seres vivos [4]. Se trataba de indagar las características genéticas mínimas que debe contener un organismo, es decir, el tipo de genes o funciones mínimas necesarias para soportar una vida celular, o dicho de otro modo el «genoma mínimo» que debe contener un ser vivo. ¿Qué tipo de genes, cuántos y qué funciones son necesarios para sostener la vida celular? Las respuestas a estas preguntas tienen un gran interés para la biología de comienzos del siglo XXI, y su aproximación experimental se refiere a los seres más sencillos de la naturaleza, las bacterias. Los objetivos de esta línea de investigación las expresaba el propio Venter de la siguiente forma en la revista Science: «No pienso que haya muchos biólogos tratando de contestar a la pregunta ¿qué es la vida?... Nosotros estamos trabajando desde una perspectiva reduccionista, probando el conocimiento del genoma más pequeño posible, con el fin de entender cómo trabajan juntos los genes para sustentar la vida».Esta sería la idea inicial de partida hacia la síntesis de un «genoma artificial», mediante el ensamblado lineal de los genes que se considerasen indispensables.

Una forma de abordar el conocimiento del genoma mínimo consistió en el análisis genómico comparativo, para lo que hubo que esperar a tener toda la información de varios genomas de bacterias y estudiar los genes comunes y no comunes. La idea se polarizó hacia los micoplasmas [5] por constituir el grupo de microorganismos más sencillos que se conocen. Se trata de un grupo muy diverso de bacterias, que carecen de pared celular y que, debido a su sencillez estructural y deficiencias funcionales en el medio natural en que viven, aprovechan los sistemas celulares de los organismos huésped y utilizan la maquinaria bioquímica de las células a las que invaden para producir su propia fuente de energía. Estos microorganismos se pueden cultivar en medios in vitro, aunque muestran una extrema dependencia del ambiente requiriendo la adición de diversos nutrientes, proteínas animales, suero sanguíneo, esterol y extractos complejos para su crecimiento. De por sí ya resultaba atractiva la idea de conocer qué genes son necesarios en las diferentes condiciones de cultivo en comparación con los indispensables en el tracto urogenital del huésped humano al que parasitizan.

En 1995 Fraser [6] y sus colaboradores de la universidad de North Carolina, habían culminado al estudio completo de las secuencias de ADN del genoma de Mycoplasma genitalium, que posee un tamaño algo superior a 580.000 pares de bases (pb) nucleotídicas y una capacidad de codificación de unas 485 proteínas. Un año más tarde se había publicado el genoma completo de su pariente más próximo, Mycoplasma pneumoniae [7], que tiene un genoma sustancialmente mayor, de 816.394 pb y con posterioridad se han publicado más de 200 genomas de especies bacterianas, con lo que hoy en día existe una gran cantidad de información para abordar un análisis comparativo de todos estos genomas y deducir qué genes son comunes a todas ellas, cuáles pueden considerarse obligados y cuáles son dispensables.

El camino a seguir para satisfacer la curiosidad sobre el «genoma mínimo» consistiría en investigar todos los genes de todas estas especies y hacer un repertorio de los que cumplen funciones vitales y están presentes en todas ellas. A pesar de la aparente sencillez del método, el abordaje no es tan simple por una serie de circunstancias, pero especialmente por el elevado número de genes que diferencian unas especies de otras, y por la relatividad de su necesidad en dependencia de los diferentes ambientes en que viven.

El grupo de investigación del Instituto Craig Venter, centró su trabajo exclusivamente en el genoma de M. genitalium, y llegó a la conclusión de que esta especie es en sí misma un subproducto derivado de M. pneumoniae [8], que tiene más de 200 genes extra que son dispensables en la primera. Lo que se pone en evidencia con este tipo de análisis es las posibilidades que ofrecen este tipo de análisis para llegar a conocer la historia evolutiva de las especies y en particular para el estudio del papel funcional individual e integral de los genes.

La síntesis del primer «genoma artificial»

En la misma dirección, y rayando en lo que podríamos considerar ciencia-ficción, Hamilton Smith [9], Premio Nobel de Medicina en 1978 y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica junto a Collins y Venter en el 2001, y sus colaboradores del instituto Craig Venter, se planteó la síntesis artificial de un genoma que contuviera el genoma mínimo, mediante el aislamiento previo y ensamblado artificial del repertorio de los genes que se considerasen esenciales para la vida, que se insertarían como piezas dentro de una célula. Lógicamente el modelo que se eligió fue el del genoma bacteriano más sencillo conocido, y este sería el de M. genitalium.

Un paso importante en esta dirección lo supone la publicación el 24 de enero de 2008 de la culminación de la síntesis química completa, el ensamblado y la clonación de un genoma idéntico al de Mycoplasma genitalium [10], sintetizado artificialmente. Se trata de otro alarde tecnológico del mundo de la Genética Molecular, por lo que supone no ya la síntesis de las secuencias de los cientos de genes, sino de su unión longitudinal hasta constituir una réplica sintetizada del genoma de una bacteria, para lo cual se hizo necesario ir uniendo secuencias de varios genes para constituir fragmentos del genoma, que a su vez se unían entre sí para constituir regiones mayores, y así hasta completar el ensamblado de todo el genoma. Para conseguir esto hubo de ensayar vectores de clonación (algo así como transportadores de fragmentos de ADN con capacidad de replicación) en sistemas biológicos de capacidad creciente de almacenamiento.

En concreto, estos investigadores partían de pequeñas piezas de ADN sintetizadas, de un tamaño de unos 5.000 a 7.000 pb, que se iban uniendo mediante técnicas de recombinación in vitro para constituir fragmentos más largos, de 24.000, 72.000 y 144.000 pb (1/4 del genoma total), que una vez empalmadas eran introducidas en unos vectores llamados BACs (Bacterial Artificial Chromosomes) para su clonación en la bacteria Escherichia coli. Estos vectores son muy conocidos en el campo de la genómica y habían sido desarrollados para mantener los largos fragmentos del genoma humano. Sin embargo, su límite de capacidad de transporte de fragmentos de ADN es inferior a la longitud del tamaño total del genoma de Mycoplasma genitalium, por lo que en su trabajo los investigadores del Instituto Venter hubieron de recurrir al traslado de las cuatro cuartas partes del genoma mantenidas en E. coli, a un segundo tipo de vectores y microorganismos de mayor capacidad. De este modo, procedieron al ensamblado de las cuatro partes mediante la transformación asociada a la recombinación de levaduras de la especie Saccharomyces cerevisiae, utilizando como vehículo un tipo de vectores de mayor capacidad, los YACs (Yeast Artificial Chromosomes). De entre los diversos intentos al menos uno dio lugar a un genoma sintético que alineaba de forma correcta las cuatro piezas procedentes de los BACs.

El gran desafío, el alarde tecnológico de esta investigación, consiste en el logro de la síntesis artificial, o más apropiadamente la resíntesis de un genoma previamente existente en la naturaleza. Pero es importante destacar que no se trata de nada parecido al diseño de un genoma, ó a la síntesis de una forma de vida, sino a la recreación de algo que ya existe y cuyo conocimiento detallado, consecuencia de los proyectos genoma, nos ha permitido sintetizar una copia. Los propios investigadores que la han creado señalan como paso a seguir a continuación, la demostración de que este genoma es capaz de funcionar, en sustitución de un genoma natural. Esto supondrá varios años, con suerte varios meses de nuevos experimentos.

Sintetizar un genoma no significa «crear vida»

La cuestión importante que surge a continuación se refiere lógicamente a la finalidad de estas investigaciones. En realidad, lejos de crear un ser vivo en el laboratorio, una especie de Frankenstein a escala microbiana, lo que había animado al grupo de Venter era estudiar las necesidades mínimas de información genética que debe poseer el ser vivo más sencillo, y en su caso utilizar los microorganismos que se obtuviesen tras su incorporación mediante la sustitución del genoma natural por el sintético, para aplicaciones biotecnológicas.

En sus investigaciones, señalan los autores, que de los 485 genes codificantes de proteínas que posee la bacteria Mycoplasma genitalium, hay al menos 100 que de forma individual no parecen indispensables en las condiciones de cultivo de laboratorio, aunque queda por saber cuáles y cuántos de éstos genes serían simultáneamente dispensables. Una vez lograda la síntesis del genoma artificial, la vertiente a seguir es intentar la síntesis de nuevos genomas, mediante la eliminación alternativa de algunos genes, o su sustitución por otros que confirieran a las bacterias recreadas propiedades de interés para su explotación comercial o industrial.

Hoy es prematuro predecir en que acabarán todas estas investigaciones, ni si servirán para desenmarañar los secretos de la evolución microbiana, el control del metabolismo de los microorganismos o su explotación en diferentes direcciones. Lo que sí podemos señalar es que la producción de un genoma mínimo sintético permite pensar en el diseño de genomas que contuviesen un repertorio de genes necesarios para la vida con autonomía suficiente para su supervivencia y reproducción en ambientes artificiales y bajo condiciones muy controladas. De ellas se puede esperar la obtención de productos útiles para el hombre, sustancias químicas o fármacos de interés terapéutico como la insulina, los factores de coagulación de la sangre, vacunas, anticuerpos monoclonales, etc. Se podrían diseñar organismos dotados de un genoma mínimo para reducir el consumo de energía o producir menor cantidad de residuos contaminantes que las bacterias naturales de uso industrial, eliminar los que dificultasen la obtención de un producto génico deseado, realizar tareas específicas, como la degradación de toxinas ambientales, producir biocombustibles, etc.

A pesar del gran logro conseguido es absurdo señalar, como se ha llegado a decir, que el paso dado con las investigaciones del Instituto J. Craig Venter, demuestra que se puede «crear vida» en el laboratorio. Lo cierto es que hasta ahora, lo único que se ha hecho es producir un genoma sintético de imitación. La resíntesis de un genoma bacteriano está muy lejos de la creación de un organismo vivo y desde luego es impensable a una escala superior al de la bacteria. Pensemos que el genoma humano es como mínimo 6.000 veces más grande y contiene cerca de 60 veces más genes que el genoma sintético producido a imitación del micoplasma, y que el nivel de simplicidad de éste no tiene nada que ver con la compleja estructura de los cromosomas humanos, donde aparte del ADN se ensamblan cientos de proteínas de las que depende su organización y el funcionamiento de los genes (por encima de 25.000).

La historia se repite, y este mismo tipo de pretensiones ya surgió hace unos treinta años cuando a mediados de los setenta los investigadores desarrollaron la tecnología del ADN recombinante, consistente en ensamblar de forma dirigida genes procedentes de diferentes cepas de bacterias. En aquel entonces, el escenario fue la Universidad de Stanford, y el equipo impulsor estaba dirigido por el investigador americano Paul Berg, Premio Nobel de Química en 1980. Aquellas investigaciones, como las actuales, promovieron una especial polémica porque se suponía que los investigadores se lanzaban a la aventura de «jugar a dios» y por los riesgos biológicos potenciales que podían plantear los microorganismos recombinantes.

Es importante recordar que, ante la incertidumbre que planteaban las derivaciones de aquellas investigaciones, se estableció una moratoria a la espera de un control adecuado de los riesgos potenciales. En realidad, son pocos los ejemplos en la historia de la ciencia en que los científicos implicados, ante una eventual respuesta inesperada ó contraproducente de sus investigaciones, decidieran unánimemente detener sus experimentos. Sin embargo, tan insólito hecho se dio entonces, en las raíces de la tecnología de la «ingeniería genética» conducente a la obtención de los organismos modificados genéticamente, comúnmente denominados «transgénicos». En febrero de 1975 se reunieron más de cien biólogos moleculares en el centro de conferencias de la ciudad californiana de Asilomar, la mayoría americanos y el resto pertenecientes a otros 16 países. Entre ellos se encontraba Paul Berg y muchos otros importantes investigadores. En aquella reunión se decidió el establecimiento de una serie de pautas de precaución, a las que se obligaban todos los científicos que habían iniciado experimentos de ADN recombinante. Se estudiaron los diferentes tipos de ensayos en marcha y se les asignó un nivel del riesgo: mínimo, bajo, moderado o alto. Para cada nivel de riesgo se estableció un compromiso menor o mayor de contención de los experimentos, de tal modo que se evitase la posibilidad de que los vectores portadores del ADN recombinante, se pudiesen escapar de los organismos bajo experimentación a otros de su entorno ambiental, donde podrían potencialmente llegar incluso a dañar a los seres humanos o crear problemas en los ecosistemas. Esta moratoria fue respetada y cumplida rigurosamente durante años, hasta que aparecieron nuevos procedimientos de obtención de ADN recombinante y vectores más seguros y mejor controlados.

En aquél momento, se cuestionó si sería ético transferir genes entre organismos que no son de la misma especie y alterar de este modo el contenido genético resultante del proceso de la evolución por selección natural. En el momento presente en que se ha llegado a recrear un genoma semejante al de una bacteria se repite la misma pregunta ¿no es esto jugar a dios? Sin embargo, plantearse así las cosas es exagerado e improcedente. Por mucho que modifiquemos o reinventemos genéticamente un genoma ¿qué representan estos pequeños pasos de la ciencia respecto a la inmensa e inabarcable obra de la creación? A lo más que podemos aspirar es a descubrir e imitar algún fenómeno natural como consecuencia de la contemplación de la naturaleza y esto no significa crear algo nuevo, ni suplantar a Dios, ni ascender en no se sabe que pretenciosa escala hasta considerarnos a su nivel.

A raíz de estas investigaciones se tiende a dar rienda suelta a la imaginación y es especialmente frecuente escuchar comentarios que ensalzan el poder ilimitado del hombre y rebajan la mano de Dios a la inexistencia. Sin embargo, debemos situar los avances en su justo término y no sobredimensionar el valor de los «pequeños pasos para el hombre, aunque sean grandes pasos para la humanidad». Francis Collins, coparticipe del logro del conocimiento del Genoma Humano confiesa su agnosticismo hasta los 27 años en su reciente libro Cómo habla Dios [11] y señala cómo el descubrimiento del genoma humano le ha llevado a vislumbrar el trabajo de Dios en la naturaleza. Afirma Collins que «cada paso adelante en el avance científico, es un momento de especial alegría intelectual, pero también un momento donde siente la cercanía del Creador, en el sentido de estar percibiendo algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios sí conocía desde siempre», todo lo cual le lleva a concluir que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos, lejos de alejarlo, llevan al hombre más cerca de Dios.

Todo el acopio de conocimientos sobre los fenómenos naturales, unido a la impresionante escalada en la capacidad tecnológica para modificar genes o ensamblar genomas, nos eleva como mucho a la categoría de buenos imitadores de la naturaleza, pero esto no es una novedad. El descubrir e incluso imitar a la naturaleza es lo que viene haciendo el hombre desde que se despertó en nuestra especie la portentosa y singular cualidad de pensar y dominar el mundo que le rodea. Y, lejos de jugar a Dios, lo que en el contexto de la tradición judeo-cristiana estamos haciendo es cumplir con los designios que Dios asignó al hombre desde un principio, un plan perfectamente trazado en el Génesis [12] «Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y domine en los peces del mar, en las aves del cielo, en los ganados y en todas las alimañas, y en toda sierpe que serpea en la tierra».

Por tanto, de vuelta al terreno humano, lo que es cierto es que se trata de unas investigaciones difíciles y arriesgadas que pueden dar lugar a diversas aplicaciones de interés, cuyas implicaciones de carácter social, comerciales, éticas y legales deben ser analizadas. Esto quiere decir que la producción de genomas sintéticos de diseño nos debe situar ante un importante debate ético, ya que, al margen de otras consideraciones y de los potenciales beneficios, no siempre se pueden predecir las consecuencias o las desviaciones posteriores derivadas de la utilización de las presumibles bacterias que llegaran a producirse. La experiencia de las últimas décadas demuestra que, incluso pequeñas alteraciones genéticas en organismos sencillos, pueden derivar hacia consecuencias imprevistas. Aunque los organismos producidos mediante la síntesis de genomas mínimos no tienen necesariamente por qué plantear más riesgos que los organismos modificados genéticamente por técnicas de ingeniería genética convencional, esta tecnología podría acelerar el paso hacia la obtención de organismos cada vez más complejos que podrían obligarnos a hacer frente a riesgos impredecibles, o incluso en la utilización con fines tan negativos como los que se refieren a la «guerra bacteriológica». Pero esto tampoco es la primera vez que ocurre en la historia de la Ciencia y la Tecnología.

Precisamente por esto, estas investigaciones nos sitúan ante un nuevo reto al que ha de hacer frente la sociedad. Como en casos anteriores es de esperar una regulación jurídica que establezca el marco en el que los expertos en bioética juzguen lícito trabajar en este campo en beneficio de la sociedad. Es lógico pensar que para evitar situaciones de riesgo, la sociedad debe conocer la trascendencia de estas investigaciones y, en su caso, establecer normas de obligado cumplimiento, basadas en la seguridad de las nuevas tecnologías, que deberían ser los científicos los primeros en identificar y señalar.


[1] R.C. Lewontin, The Doctrine of DNA. The Biology as ideology, Penguin Books, London 1993.[2] F. Collins, M. Morgan, A. Patrinos, «The Human Genome Project: Lessons from Large-Scale Biology», en Science 300 (2003), pp. 286-290.[3] F. Collins, E. Green, A Guttmacher, M. Guyer, «A Vision for the Future of Genomics Research. A blueprint for the genomic era», en Nature 422 (2003), pp. 835-847.[4] M.K. Cho, D. Magnus, A.L. Caplan, D. McGee, «Ethical Considerations in Synthesizing a Minimal Genome». en Science, 286 (1999), pp. 2087-2090.[5] C.A. Hutchison III, S.N. Peterson, J.C.,Venter, y col., «Global Transposon Mutagenesis and a Minimal Mycoplasma Genome», en Science 286 (1999), pp. 2165-2169.[6] Fraser, y col., «The minimal gene complement of the Mycoplasma genitalium», en Science, 27 (1995), pp. 397-403.[7] R. Himmelreich, H. Hilbert, H. Plagens, y col., «Complete sequence analysis of the genome of the bacterium Mycoplasma pneumoniae», en Nucleic Acids Research (1996), pp. 4420-4449.[8] R. Himmelreich, H. Hilbert, H. Plagens, y col., «Complete sequence analysis of the genome of the bacterium Mycoplasma pneumoniae», en Nucleic Acids Research (1996), pp. 4420-4449.[9] C.A. Hutchison III, S.N. Peterson, J.C.,Venter, y col., «Global Transposon Mutagenesis and a Minimal Mycoplasma Genome», en Science 286 (1999), pp. 2165-2169.[10] D. A. Gibson, G.A. Benders, H.O. Smith, C.A. Hutchison III, J.C.,Venter, H. O. Smith y col., «Complete chemical synthesis, assembly, and cloning of Mycoplasma genitalium genome», en Scienexpress / www.sciencexpress.org / 24 january 2008, 10.1126/science.1151721[11] F. Collins, «¿Cómo habla Dios?. La evidencia científica de la fe». Editorial Temas de Hoy, Madrid 2008.[12] Gn 1,26.

Sunday, January 27, 2008

DIAGNOSTICO GENETICO PREIMPLANTACIONAL

El diagnóstico genético preimplantacional (DGP) se utiliza para
determinar que embriones producidos por fecundación in vitro, hijos de
una pareja que padece una enfermedad genética o hereditaria, no la han
heredado. Para llevarlo a cabo, cuando los embriones
tienen 8 células, alrededor de los tres días de vida, se les
extrae una célula para determinar si son portadores de la
enfermedad de sus padres. Alguno de los sanos, no más
de dos, se implantan en la madre y el resto se destruye.
El DGP se empezó a utilizar en 1990, para
detectar y desechar embriones machos que pudieran ser
portadores de una enfermedad ligada al sexo. Su utilización ha ido en
aumento, y así un informe sobre esta práctica en Europa (Human
Reproduction 22; 323, 2007), que incluye aproximadamente los dos tercios
de los DGPs realizados en este continente, muestra que mientras en 1991 se
realizaron 131 DGPs, en 2003 esta cifra llegó a las 2984. En el año 2007,
según se comenta en (Nature 445; 479, 2007), se han implantado más de
1000 embriones a los que se les había quitado una célula para practicar el
DGP.
Sin embargo, según se indica en el artículo que se está comentando
(Nature 445; 479, 2007), muchos especialistas están preocupados porque no
saben con certeza si al usar el DGP en enfermedades concretas se consigue
aumentar el número de niños nacidos sanos y si, por otro lado, el extraer
una célula de un embrión de 8 no puede tener algún efecto negativo para
ese embrión si luego se implanta, nada más nacer o a lo largo de su vida.
Aparte de usar el DGP, para determinar si un embrión es portador de
una enfermedad genética o hereditaria, gran número de DGPs se utilizan
para detectar embriones aneuploides (embriones que no tienen 46
cromosomas. Tienen 23, monosomías, o 69, trisomías). La posibilidad de
que aparezca esta anomalía aumenta con la edad de la madre. Más de dos
tercios de los DGPs realizados en Estados Unidos se llevan a cabo para
detectar embriones aneuploides y la mitad aproximadamente de las
realizadas en Europa. Los embriones aneuploides tienen más posibilidad de
ser abortados o de generar niños con defectos al nacer. Por ello, se
preconiza utilizar el DGP para detectarlos, pensando que así se podrían
reducir los abortos espontáneos y que habría que transferir menos
embriones para producir niños sanos. Sin embargo, en el momento actual
existe un intenso debate sobre si con el uso de esta práctica se consigue o
no reducir el número de abortos. Algunos autores, como Verlinsky,
7
encuentran que utilizando el DGP los abortos espontáneos caen de 68 % a
28 %. Pero otros autores, obtienen distintos resultados. Tampoco está bien
determinado si utilizando la DGP específicamente en los casos en los que
existe más riesgo de que se produzcan embriones aneuploides, como es el
de las mujeres de más de 37 años, se consigue que nazca mayor número de
niños sanos. En relación con ello, como se comenta en Nature
(445;479,2007), en un estudio belga, realizado con mujeres que tenían 37
años o más, cuando se utilizó el DGP nacieron menos niños sanos que en el
grupo de mujeres en donde no se practicó. Otros autores han encontrado
similares resultados. Esto hace que haya aumentado la controversia sobre la
conveniencia o no de utilizar el DGP dirigida a diagnosticar aneuploidías.
Pero como ya se ha comentado, hay otro problema adicional, como
es el hecho de que no se sabe bien si el propio DGP puede ser peligroso
para el embrión que lo sufre. En efecto, hasta ahora se pensaba que cada
una de las 8 células de ese embrión temprano eran exactamente iguales y
que extraer una de ellas no presuponía peligro alguno para el embrión. Sin
embargo, estudios recientes muestran que las características bioquímicas de
estas células no son idénticas y que posiblemente cada una de ella pueda
dar lugar a tejidos distintos (Nature 445; 214, 2007), por lo que extraer una
célula podría dificultar su desarrollo o afectar la salud del niño a largo
plazo. Esto último es difícil de saber, pues los niños nacidos tras utilizar el
DGP no tienen más de 10 años de vida, por lo que no se pueden conocer
como podría el DGP afectar a su salud cuando tengan más años. Por ello,
muchos expertos están de acuerdo en que se necesita hacer un gran
esfuerzo para conseguir datos sobre la salud de los niños nacidos tras
utilizar el DGP.
Como resumen, y al margen de la valoración ética del DGP, que por
otro lado es imprescindible, los expertos parecen estar de acuerdo que para
evitar tener un hijo con una severa enfermedad genética, probablemente
merece la pena utilizar el DGP, pero que, para evitar que se generen
embriones aneuploides, la utilidad de ésta técnica es menos clara.
Pero como también se desconoce el peligro que para el futuro niño
puede suponer el quitarle una célula en sus primeras etapas de vida, como
anteriormente se ha comentado, se están explorando otras posibilidades
para determinar si el embrión, hijo de unos padres con una enfermedad
genética o hereditaria, también es portador de la anomalía genética de sus
progenitores, como pueden ser detectar moléculas secretadas por el
embrión que identifiquen tal anomalía o analizar alguna de las células
destinadas a formar parte de la placenta. De todas formas, como se recoge
en el artículo que estamos comentando, Catherine Racowsky, directora del
laboratorio de reproducción asistida del Hospital de Mujeres de Boston,
manifiesta que “cuanto menos se perturbe al embrión, mejor, pues no
8
conocemos si realmente estamos haciendo algún daño al extraer las células
a los embriones tempranos”.
Finalmente, y al margen de estos comentarios relacionados con el
artículo de Nature (445; 479, 2007) a que nos estamos refiriendo, por
nuestra parte es imprescindible recordar que el DGP es una práctica
claramente eugenésica, pues utilizándola se permite vivir o no a unos seres
humanos en función de su salud, algo que nos parece contrario a las más
elementales norma ética.
Justo Aznar.

NUEVOS DATOS SOBRE EL EMBRION

Aunque trabajos del grupo Zernicka-Goetz (Development 128; 3739,
2001 y Development 132; 479, 2005), así como de otros investigadores (R
Gardner. Development 128; 839, 2110 y Fujimori y colaboradores.
Development 130; 5113, 2003), ya habían establecido que cada una de los
blastómeros del embrión temprano de ratón tiene un destino definido desde
una fase tan inicial de su desarrollo como es el embrión de cuatro células,
ahora el propio grupo de Zernicka-Goetz, da un paso más en la
identificación de estas diferencias celulares en un interesante trabajo
(Nature 445; 214, 2007) al basar dichas diferencias a mecanismos
epigenéticos. De acuerdo con ello, muestran que modificaciones de la
histona H3, relacionadas con la metilación de residuos de arginina
específicos, pueden estar asociados a los fines que deben cumplir cada una
de esas células iniciales en su futuro desarrollo biológico, comentando que
niveles elevados de metilación de los residuos arginina de la histona H3
pueden controlar que las células se desarrollen hacia células de la masa
granulosa interna del blastocisto, que como se sabe es de donde se formará
el cuerpo del embrión.
Así pues, Zernicka-Goetz y colaboradores concluyen que “sus
resultados identifican modificaciones específicas de las histonas como los
mecanismos epigenéticos más tempranos hasta ahora conocidos que
contribuyen al desarrollo de la masa granulosa interna, a la vez que
muestran que la manipulación de la información epigenética puede influir
en el destino de cada una de las células”.
Sin duda, un importantísimo descubrimiento para establecer desde
un punto de vistas biológico que la identidad del ser humano y la de cada
una de sus células se establece desde las primeras etapas de su desarrollo.

Thursday, January 03, 2008

ABORTAR EN BARCELONA


BIOÉTICA – El magnate del aborto
Paco Rego
Abrió su primera clínica en 1989, en Alicante. Su expansión fue imparable: ahora tenía en
funcionamiento cuatro, con ingresos que superarían los 12 millones. Morín, detenido por
interrumpir embarazos avanzados, tenía más negocios y pasión por el lujo.Su caída se
produce tras la estancia de la vicepresidenta en Roma.
BARCELONA (EL MUNDO, 02/12/2007, Suplemento CRÓNICA). El entra y sale en un Ferrari.
Ella, en un Maserati. Son pareja y hacen vida en las alturas. En Sant Cugat, tocando el cielo de
Barcelona, cerca de un reverdecido campo de golf. Entre vecinos ilustres. Y a un tiro de piedra
de la residencia de Joan Laporta, presidente del Barça. Nada que envidiarle. El chalé del
timonel culé luce poco comparado con las entrañas de la moderna mansión -el caserón, lo
llaman en la calle Villa de la exclusiva urbanización- que ocupaban Carlos Morín y Luisa.
Amplios jardines, jacuzzi, piscina, discoteca, un roble en el vestíbulo, un garaje repleto de
bólidos de marca... El nido del ginecólogo y su paciente. Los dos se conocieron en la consulta y
se enamoraron. Un flechazo, dicen antiguas amistades. Luisa, divorciada y madre de dos hijos,
enseguida pasó de ser clienta a enfermera.
El pasado lunes, cuando la Guardia Civil esposaba a Carlos Morín, el magnate de los abortos,
camino del calabozo, ella también caía. Luisa Durán Salmerón no sólo es su sustento
sentimental. También su mano derecha. La que mueve los hilos, cara al público, de sus cuatro
clínicas barcelonesas (tiene una filial en Madrid, CB Medical) en el lucrativo negocio de los
abortos. «Esta vez, sí, le han fallado los poderosos», se congratula alguien que trabajó para el
doctor. El ahora acusado de interrumpir embarazos en avanzado estado de gestación. A veces,
eran fetos de 30 y 35 semanas, poco menos de las 40 normales de un parto. Una «rotunda
ilegalidad», a juicio de la Fiscalía de Barcelona. Y un escándalo.
El abortero Carlos Morín
Casi tres décadas de vida catalana han convertido al peruano Morín en un auténtico potentado.
Miles de mujeres han pasado por sus manos. O por sus clínicas desde que, en 1989, abriera la
primera. Fue en Alicante. Pero es Barcelona su ciudad talismán. Allí ha alcanzado poder y
riqueza. Y ahora acaba de caer, como nunca creyó que ocurriría, al más pestilente de los
fangos: fetos casi en edad de neonatos triturados, documentos falsificados para engañar a la
Ley del Aborto, ecografías de pega...
Sólo en 2005, su buque insignia, la clínica Ginemedex (las otras tres son Barnamedic, TCB y
Emecé), facturó 1,5 millones de euros, aunque fuentes del sector sanitario multiplican por tres
la cifra declarada. Hasta tiene una fundación que lleva su apellido, aquél con el que nació, hace
58 años, en la colonial ciudad de Trujillo, uno de los primeros enclaves levantados por los
españoles en aquellos lejanos tiempos de la conquista.
Para él, su nuevo mundo fue éste. No aquél que abandonó, camino de Amsterdam y con el
título de médico sellado en Lima, con hambre de hacerse un lugar en la tierra prometida al otro
lado del Atlántico. Entre holandeses dio sus primeros pasos. Fue su viaje iniciático al mundo
del aborto.
Lunes pasado. 9.30 de la mañana. El dueño del mayor emporio de clínicas abortivas de
España se vale de una bata blanca para ocultar las esposas que acababa de endosarle la
Guardia Civil. Un coche sin identificar de la policía judicial lo espera en el número 61 de la calle
Dalmases, donde minutos más tarde Morín sería detenido en su despacho. El escándalo,
barruntado desde tiempo atrás, se hacía verdad. Los aplausos, supo después Crónica, llegaron
hasta el mismísimo Vaticano. Nunca imaginó Carlos Guillermo Morín Gamarra, hombre, dicen,
de influyentes amistades (políticos, jueces, bufetes de postín...), que terminaría tropezando con
Roma.
Desde allí llegan los ecos, con nombre y apellidos propios, de quienes le han quitado la
máscara y lo han enfrentado -parece ya que sin remisión- al veredicto de la Justicia. Con José
María Simón Castellví, oftalmólogo y hoy asesor del Vaticano para temas médicos, en el papel
de Torquemada. Con él, cuando era presidente de Médicos Cristianos de Cataluña, empezó el
calvario de Morín. Denuncia tras denuncia. Y nuevas denuncias. Palabras perdidas casi
siempre. Silencio de la Consejería de Sanidad. Silencio del Colegio de Médicos de Cataluña.
Silencio de la Audiencia Provincial...
Hasta que Castellví, de 44 años, casado y con tres hijos, llegó a Roma, hace poco más de un
año. Allí empezó la verdadera cuenta atrás del abortista. A oídos de Francisco Vázquez, ex
alcalde de A Coruña y hoy embajador de España en la Santa Sede, llegaron de primera mano
las prácticas médicas del controvertido galeno. Castellví -quien por su cargo mantiene hilo
directo con el propio secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone- hizo valer
su privilegiada posición en el corazón de la cristiandad. El número dos de la Curia habría dado
el empujón definitivo. Al abortista Morín le quedaban horas de libertad.
El pasado 26 de noviembre, dos días después de que la vicepresidenta, María Teresa
Fernández de la Vega, acudiera a Roma para asistir al nombramiento de los nuevos
cardenales españoles y, de paso, limar asperezas entre la Iglesia y el Gobierno de Zapatero,
Carlos Morín entraba esposado en el calabozo del Juzgado de Instrucción número 33 de
Barcelona.
No daba abasto
El olor a cárcel no le es ajeno. Por ella pasó en 1989 cuando intentaba abrirse paso en el
prometedor negocio de las interrupciones de embarazo en Alicante. Hasta allí se desplazaba
los fines de semana para practicar abortos en la clínica Ginetec, de su propiedad. «Venía en
avión, se metía en el quirófano y prácticamente no salía de él hasta el sábado por la noche. No
daba abasto. Al día siguiente cogía de nuevo otro avión y se iba directo a Barcelona», recuerda
un médico de la capital levantina. En noviembre de ese año, Morín y su fiel escudero, el
también ginecólogo Tomás Parra Parra -vocal de la sección de Tocoginecólogos del Colegio de
Médicos de la capital condal- fueron acusados de una presunta práctica de abortos ilegales y
llevados a prisión. Los dos salieron absueltos sin cargos. Ginetec, de la que Morín era
administrador único, tenía características similares a las de las clínicas registradas estos días
en Barcelona por orden judicial.
De su fortuna dice mucho la mansión que posee en Sant Cugat, valorada, según agentes
inmobiliarios, en 4,2 millones de euros (700 millones de las antiguas pesetas), los coches de
lujo y la caja que hace anualmente en sus cuatro centros médicos de Cataluña. Ninguno baja
del millón de euros de facturación, según declara. «Falso, ingresa mucho más. El triple, 12
millones como mínimo», desvela quien fue una de las personas de confianza del ginecólogo.
«Lo que pasa es que cobra en negro a la mayoría de sus pacientes. Es norma de la casa».
Las tarifas van de los 3.000 a los 6.000 euros, dependiendo del tiempo de gestación y de la
complicación del aborto. A partir del quinto mes de embarazo, la minuta del galeno suma 1.000
euros más por mes. «Las pacientes son captadas a través de una red de comerciales que
Morín tiene repartidos por Europa», describe la misma fuente. Y dice más: «Las embarazadas
llegan a Barcelona con todo incluido: aborto, hotel y comidas. Morín es muy hábil como
empresario. Sabe perfectamente que lo que menos desea la gente que recurre a él es tener
problemas de alojamiento. Vienen con muchos nervios. Y él les facilita las cosas. Gana más
dinero y todos contentos».
En una de las reservas realizada por una suiza de 33 años, de cuya tramitación tiene
constancia Crónica, se especifica claramente el día de la semana, la hora de ingreso en la
clínica y los dos hoteles (Bonanova Park y Villana) donde la joven y sus acompañantes se
alojarán antes y después de que la paciente aborte. Precio: 3.500 euros, a pagar en efectivo.
Fachada de la Clínica Ginemedex (El Mundo)
Lo que ahora se pregunta la Guardia Civil es por el destino final de los fetos. Sospecha que los
restos iban a parar a un desagüe de dos clínicas (Ginemedex y TCB). Lo dirá el análisis de
ADN del material biológico encontrado en las tuberías. Nada extraño, por otra parte. Una de las
herramientas que habitualmente se emplean en los abortos es la llamada trituradora, que
rompe el feto en mil pedazos diminutos. Y Morín la tenía. Lo confirma una hoja de pedido, a la
que ha tenido acceso este suplemento. La orden, fechada el 8 de julio de 2005, dice
textualmente: «Estimados Sres.; siguiendo nuestra conversación telefónica, sirva la presente
como confirmación de pedido de dos juntas de triturador, que serán pagadas contra reembolso
a su entrega, en la dirección que pasamos a facilitar: Clínica TCB, calle Dalmases, 34.
Barcelona».
También ladrillos
Carlos Guillermo Morín, hombre afable y caritativo, a decir de muchos, podría haber llegado a
más: a ejercer la cirugía portando el VIH. Según Epoca, fue diagnosticado de SIDA hace dos
años, e incluso estuvo ingresado dos meses en el hospital San Pau de Barcelona. Se habría
infectado el mismo año, 2005, que lo condecoraban como doctor modelo en su ciudad natal.
Allí lo adoran por haber financiado un centro de salud, pasar consulta gratis a las mujeres y
ayudar a sus paisanas inmigrantes a integrarse en España mediante cursos de formación
profesional pagados por su fundación.
Pero detrás de tanto altruismo hay otros negocios ajenos al de los abortos (ilegales): las
promotoras inmobiliarias. Una breve búsqueda en los listados del Registro Mercantil pone al
descubierto un entramado de empresas (Victorvi, S. L, Barinvest, S. L, Villacarlota, S. L, y
Global Kooning Business, también sociedad limitada) en las que el nombre de Carlos Morín
Gamarra figura, directa o indirectamente, en domicilios sociales de Barcelona, Madrid y
Alicante. A veces, como administrador único. En otras, es su mujer, Luisa Durán, la que ejerce
de apoderada.
El otoño pinta negro para el patriarca. Así llaman algunos al hombre que, allá por los años 70,
se vino a España con lo puesto. Al triunfador (dicen que tiene unas manos de oro para la
cirugía). Al amante de las fiestas y la buena mesa (le pirra la comida francesa y mediterránea).
Al coleccionista de pintura... Y de amistades. Así llaman, patriarca, a quien se atrevió a ofrecer
50 abortos, de los difíciles, en directo. Pocos fueron los que se enteraron.
Morín, un referente en la materia dentro y fuera de España, se trajo a Barcelona a la flor y nata
del sector abortero mundial: 230 expertos, a los que invitó a participar en lo que él bautizó
como Primer Simposio Internacional Multicultural de Salud Reproductiva. La reunión, celebrada
en el Hotel Meliá en octubre de 2003, incluía en una sorpresa: además de las consabidas
charlas, se ofrecía a los invitados la posibilidad de realizar en vivo medio centenar de abortos
voluntarios. Por supuesto, en los quirófanos de sus clínicas. Un éxito. Según consta en una
denuncia al Colegio de Médicos de Barcelona, firmada por el presidente de la asociación ECristians,
Josep Miró y Ardèvol, «los abortos se practicaron el viernes 17 de octubre entre las
cinco y las siete de la tarde». Entre las embarazadas, 15 mujeres con fetos de tres a seis
meses en sus vientres, y cinco más a punto de cumplir el sexto mes de gestación. Las demás
no pasaban de los tres. Una vez más, el silencio fue la respuesta.
Son las 11 de la mañana [de este jueves] y en Ginemedex, de donde se llevaron detenido al
doctor peruano, nadie contesta al teléfono. Hay que armarse de paciencia y marcar varias
veces. Pasados 20 minutos, una voz femenina atiende la llamada. El periodista se identifica y
pide hablar con algún responsable de la clínica de Morín.
-Lo siento, señor, en este momento no hay nadie disponible.
-¿Podría, al menos, decirme el nombre de la persona que está al frente del centro?
-Ummmmm [la telefonista se aparta del auricular y pregunta a alguien sin querer dejarse oír].
-Disculpe otra vez, nadie sabe dónde se encuentra la persona que usted busca. Lo siento. Me
están llamando por otra línea...
Nadie sabe. Nadie oye. Nadie recuerda. Ni siquiera los relaciones públicas que recibían a las
clientas y les recomendaban cómo tratar a Morín -si de «usted», si de «doctor», si de «tú»-
dicen palabra.
Tampoco en el hospital Belén de Trujillo, donde la fundación de Morín capta médicos para sus
clínicas en España. Se los trae, en teoría, para que aprendan. Otros dicen que ejercen como
ginecólogos sin título. Crónica les ha preguntado. Todos callan. El primero, el jefe de
Ginecología, Segundo García Angulo, íntimo de Morín. Saben que el ilustre nativo está en
prisión incondicional. Y su pareja, Luisa Durán, y Virtudes S. V, una de sus empleadas. Los tres
han sido acusados de diversos delitos de aborto, asociación ilícita, intrusismo y falsedad
documental. Otros tres detenidos (Dimas A. C., Pedro Juan L. A. y Marcial R.) podrán salir de la
cárcel pagando una fianza de entre 2.000 y 4.000 euros.
El desenlace que ha tapado, si cabe aún más, las bocas de quienes estos años han estado
cerca. Y no siempre por temor al todopoderoso jefe. «Hay gente que le protege y que puede
hundir a cualquiera», sostiene un ex trabajador del rey del aborto. «Llegado el momento, Morín
tirará de esas personas para salir cuanto antes de la cárcel o librarse de una condena mayor.
Nadie aguanta tantos años seguidos impune. Y menos si no tiene cobertura política y judicial».
Fachada de la Clínica Emecé de Barcelona (EFE)
«¿Cuánto cuesta?» «4.000 euros»
El 29 de octubre de 2006, los telespectadores daneses pudieron ver, en la televisión pública,
las imágenes que ilustraban este diálogo. Una reportera embarazada intenta pedir una cita al
doctor Morín para abortar fuera de los límites legales.
-¿Hola, es usted médico?
-Sí, soy médico.
-Llamo para hacerme un aborto.
-¿De qué país llama?
-De Dinamarca.
-[...]
-Por lo que me has contado, podemos ayudarte. Son 30 semanas, ¿no?
-Sí, 30 semanas. ¿Es eso un problema?
-No, pero te necesitamos aquí cuanto antes.
[Entrevista en el despacho de Morín]
-¿No es un problema que sea tan tarde?
-Treinta y una semanas.
- ¿No es esto un problema?
-Hay que tener más cuidado, pero no lo es.
-Entonces, ¿es absolutamente seguro?
-¿Para ti? Te lo prometo.
-¿Cómo se hace?
-Es como un parto, pero inducido. No natural, sino artificial.
-¿Y es seguro que cuando el bebé nace está muerto?
-Sí. Al 300%.
- ¿Qué es lo que se le da?
-Digoxina. Es lo que se usa para un ataque al corazón, pero en sobredosis.
[Más tarde]
-¿Test psicológico?
-Sí.
-¿Por qué?
-La única forma es demostrar que tú estás o puedes estar con ansiedad o depresión... Porque
la ley dice que si tienes un aborto es porque tienes un problema psicológico tan grande que
entonces te podemos ayudar.
-O sea, que dices que tengo esto...
-Sí, es burocracia.
-[...]
-La ley en este país dice que para abortar has de estar bajo un problema psicológico grave. La
forma de demostrarlo es con el test. ¿Seguro que quieres hacerlo?
- Sí.
- ¿Tienes el dinero?, pregunta una secretaria.
-Sí, pero no aquí, está en el hotel. ¿Cuánto cuesta?
-Cuatro mil euros.
-[...]
-¿Y qué pasa con la moral?, pregunta ella.
-Es cosa mía... usted tiene su moral; yo, la mía.
-¿Pero usted tiene moral?
-Eso lo debe decidir usted. Yo ya sé lo que tengo.
-[...]
-O sea, que no puede entender que la gente critique lo que hace?
-[...] Soy un doctor. Hablo varias lenguas. Soy mayor que usted. Mis creencias son diferentes.
-Algunos de los abortos que usted hace son de fetos que podrían vivir fuera del útero...
-Yo no soy filósofo, no estoy aquí para preguntarme si un feto respiraría o no.
-Pero algo de moral...
-Coja su moral y quédesela.
Fuente: www.elmundo.es

Thursday, December 13, 2007

ABORTO EN ESPAÑA

TERCERA. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS. Director de ABC

LOS decapitan, les succionan la masa cerebral, les inyectan líquidos letales y, tras descuartizarlos, introducen sus despojos en una trituradora conectada a los desagües y esa vida arrasada bárbaramente queda sin rastro. Así se practican abortos en unas clínicas de Barcelona a criaturas prácticamente a término -siete y ocho meses de gestación- y a otras cuyo derecho a vivir, aun no siendo viables fuera del claustro materno, está amparado por el artículo 15 de la Constitución española y por una ley natural inderogable y de vigencia universal.

En España -hay que afirmarlo desde el más básico conocimiento jurídico- abortar es delito. La ley de 1985 sólo -y ya es demasiado- despenalizó unos determinados supuestos. El tercero de ellos -riesgo real para la vida o la salud de la embarazada- ampara más del 97 por ciento de los abortos que se practican. Es obvio que se trata de un fraude de ley de proporciones incalculables y que, de hecho, está permitiendo que Cataluña en particular y España en general se hayan convertido en un macabro paraíso abortista al que acuden en sangrienta peregrinación miles de extranjeras en cuyos países de origen las leyes no son -como aquí ocurre- meros ornamentos legislativos.

Como bien recordaba el pasado viernes un lector de ABC, Julián Marías consideró la aceptación social del aborto como «el máximo desprecio de la vida humana en toda la historia conocida, y a la vez la negación de la condición personal». Así es. Una destructiva mentalidad sedicentemente liberal y progresista está usurpando el inicio de la vida y su final -mediante el aborto y la eutanasia activa- a sus propios titulares, imponiendo una abominable cultura de la muerte. Ni existe un derecho de la mujer a su propio cuerpo para deshacerse de la vida que ella en un acto voluntario -sea o no imprudente, esa es otra cuestión- ha creado, ni tampoco se da facultad por parte de nadie para acortar de manera activa la vida de un enfermo o de un anciano aunque la esperanza de supervivencia haya desaparecido o resulte del todo improbable. Hay tramos de la existencia -la inicial y la terminal- a los que hay que aproximarse con un respeto ignífugo frente a las llamaradas insensibles que para, hipócritamente, superar la barbarie silenciosa descubierta ahora en Barcelona proponen una nueva ley de plazos que nos conduciría, ya sin eufemismos, a un sistema de aborto libre.

La circunloquialmente denominada «interrupción voluntaria del embarazo» es, hoy por hoy, o sigue siéndolo, motivo de abierto debate en todas las sociedades conscientes de la necesidad de preservar determinados valores cívicos. No es una estratagema «conservadora», como con manifiesta indigencia ética se trata de relativizar este asunto; tampoco la oposición al aborto es una imposición moral de carácter confesional -en este caso del catolicismo y, en general, del cristianismo-, y mucho menos se trata de una incomprensión inhumana hacia muchos dramas personales y familiares que conducen a mujeres indefensas, engañadas, solas y abandonadas a esas clínicas de exterminio. Lo que se dilucida con el debate sobre el aborto es el modelo de sociedad y de convivencia que queremos construir; cuáles son los valores que debemos proteger mediante leyes justas y morales y qué medidas deben adoptarse para que el aborto no se convierta -como ahora ocurre- en una brutalidad de perfiles tan repugnantes que muchos medios de comunicación y la mayoría de los ciudadanos prefieren eludir para no enfrentarse a esa realidad que desafía a la conciencia colectiva.

Nada de lo que estamos conociendo tiene sentido social ni moral cuando existen medios anticonceptivos no abortivos para evitar la fecundación y cuando en España se mantiene una demanda abundante y constante de adopciones. Habrá, pues, que informar masivamente para evitar los embarazos indeseados y ofrecer métodos de barrera -desde luego nunca abortivos- cuyo coste sea mínimo o, a ser posible, gratuito. Y habrá que reconducir las peticiones de adopción, ahora dirigidas a terceros países, para facilitarla en España, aunque ello conlleve circunstancias emocionalmente más duras para la madre biológica y los padres adoptivos. Y habrá que invertir cuanto dinero sea necesario en una y otra iniciativa para evitar la lacra del aborto libre que -se admita o no- se ha instalado al amparo de un supuesto de despenalización que se ha comportado como cobertura para perpetrar demasiados desafueros.

Y habrá que aplicar la ley, lo que ahora no se hace. Hacerlo corresponde al Estado y, en particular, a los tribunales, que requieren de la alerta permanente de las fuerzas y los cuerpos de seguridad -tanto centrales como autonómicos-, pero también de los colectivos implicados, especialmente el de los médicos, que con aplastante mayoría se comportan conforme a las exigencias de su juramento hipocrático y se amparan masivamente en la objeción de conciencia. La práctica del aborto se ha convertido, además, no sólo en una inmoralidad ontológica, sino también en un pingüe negocio. En las clínicas de exterminio desmanteladas en Barcelona, la tarifa que habían de abonar las embarazadas por deshacerse de su criatura aumentaba al mismo ritmo que el tiempo de gestación: feto de seis meses, seis mil euros; de siete meses, siete mil euros; y de ocho meses -sí, de ocho meses-, ocho mil euros. Se calculaba, al parecer, el trabajo de la trituradora y, seguramente, el esfuerzo del verdugo cuando decapitaba a su víctima. Verdaderamente repugnante. Y sorprendente que la finísima piel de tantos colectivos cívicos se motee con urticarias por atentados ecológicos, culturales o sexuales y, en cambio, su epidermis parezca paquidérmica cuando ahí al lado, en la zona alta de la Ciudad Condal, y en tantas otras, se perpetra una barbarie que requeriría de un Truman Capote redivivo para relatarla con el énfasis de su legendario «A sangre fría».

No recurramos como paliativo a esta imperturbabilidad mediática y social ante estos crímenes a la perplejidad que causan o la atribución del ánimo escandalizado a una pulsión confesional. No hablamos de creencias -que también vendrían al caso-, sino de decencias; no hablamos de moral religiosa, sino de conciencia cívica; no escapemos de este macabro asunto por el portillo del drama personal de las embarazadas que abortan, porque de lo que estamos hablando es de los carniceros que las explotan y de la inacción con la que se olvida a las madres y la impunidad con la que actúan los victimarios.

España -recordaba en estas páginas el Secretario de Estado del Vaticano, Tarsicio Bertone, hace unas semanas- ha sido un «faro de civilidad» por los valores que, como sociedad, ha sabido proteger y aprehender en su convivencia. Los estamos perdiendo a una velocidad suicida y necesitamos una reposición de nuestra identidad colectiva con más urgencia que nunca. El vanguardismo relativista y permisivo en que en estos años nos hemos enfangado no sólo merma nuestro crédito de solvencia común, sino que, además, nos comienza a restar autoestima. Los crímenes abortistas de Barcelona tendrían que constituir un aldabonazo en la conciencia social porque la brutalidad y vesania de esos carniceros no deja de ser un signo del despiadado momento en el que discurre nuestro convivir.

El aborto, un fracaso colectivo

EDITORIAL.

MERECEN una profunda reflexión los datos sobre la práctica del aborto en España que hoy publica ABC. La expectativa de que en España pueda cerrarse el año con una cifra próxima a los 110.000 abortos, con un incremento estimado del 17 por ciento respecto al año anterior, demuestra una progresiva y preocupante aceleración de esta dramática estadística. A este ritmo, pronto habrá más del doble del número registrado hace diez años. Las cifras crecen en todas las comunidades autónomas, aunque se percibe una concentración de estas prácticas especialmente en Cataluña y también en Andalucía, Comunidad Valenciana, Madrid y Aragón. Es muy preocupante el crecimiento a ritmo acelerado en la franja de edad entre 15 y 19 años, es decir, mujeres que se encuentran en la adolescencia y la primera juventud. La introducción en su día de los tres supuestos de despenalización en el Código Penal, matizados por la sentencia del Tribunal Constitucional, parece ya superada por la realidad social. Es fácil constatar que muchas prácticas abortivas se desarrollan al margen de la ley, incluso en su interpretación más amplia posible. Como ocurre con alguna frecuencia en determinados indicadores sensibles de nuestra sociedad, hemos pasado de un extremo a otro: el escándalo de las clínicas de Barcelona ha destapado la existencia de verdaderas atrocidades, a la vez que se constata que España es hoy día el destino de muchas mujeres que no pueden abortar legalmente en su país de origen.

La rigidez en la aplicación de la ley y la «tolerancia cero» que el Gobierno impone en materias como el tabaco o la seguridad vial, parecen convertirse en permisividad absoluta cuando se trata del aborto. Miles de seres humanos no llegan a nacer a la vida extrauterina por causa de una legislación que se aplica de forma laxa y, en algunos casos, con un incumplimiento flagrante de los requisitos exigidos. El aborto no es moderno ni progresista, sino un reflejo del fracaso de los principios morales que vertebran la convivencia. La situación es peor todavía si no se cumplen las reglas que impone el ordenamiento jurídico y si las mujeres más indefensas son víctimas de desaprensivos que explotan esa debilidad para enriquecerse con negocios turbios. Los poderes públicos no pueden mirar para otro lado en un asunto de tanta gravedad. Como mínimo, es imprescindible una investigación eficaz sobre todos los casos que no se ajusten a la despenalización limitada que establece el Código Penal. Más allá del derecho vigente, la sociedad española debe iniciar un periodo de reflexión a la vista de los datos que hoy ofrece ABC. Una sociedad que presume de moderna y desarrollada no puede ser indiferente ante la extensión de este drama personal y colectivo.

España se acerca a los 110.000 abortos provocados en el último año

J.F.C. MADRID.

Las interrupciones voluntarias del embarazo (IVE) en las cuatro principales comunidades autónomas (Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana y Madrid) han aumentado más de un 19 por ciento en el último año. Y junto a Aragón, el número de abortos supera los 75.000, según los datos oficiales de las distintas regiones. Estas cinco comunidades suponen entre el 69 y el 70% del total de abortos que se registran cada año en nuestro país, lo que significa que, si extrapolamos los datos, en el último año (2006) se habrían producido entre 108.000 y 109.000 interrupciones del embarazo en España, contra las 91.644 registradas en el año 2005. Si se confirman estas cifras, supondría un incremento medio en todo el país de un 17%.

Todo indica que las nuevas cifras del Ministerio de Sanidad sobre IVE en España superarán en cualquier caso y con claridad las 100.000 y serán más del doble de las registradas hace sólo diez años, cuando se produjeron 51.002 abortos. Además, y pese a la provisionalidad de los datos, sí se puede confirmar que sólo entre Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana y Madrid (al menos 72.893 abortos) suman más interrupciones de las producidas en toda España hace sólo un lustro, cuando en 2001 la cifra alcanzó los 69.857. De estas regiones, Cataluña es la que lleva una mayor velocidad, pues en el último año (2005-2006) pasó de 16.905 abortos a 21.976, un 29,99 por ciento más.

Extranjeras

El número de interrupciones voluntarias del embarazo en nuestro país aumenta año tras año. Si por fortuna se estancase ese número por una vez, en cualquier caso la cifra final superaría la barrera de los cien mil. A los 75.713 (redondeando Madrid en 22.200, según cifras oficiales), habría que añadir 27.719 del resto de comunidades, más ciudades autónomas y mujeres extranjeras que viajan a España con el exclusivo afán de abortar. En total, se superan los 103.000. Esta última cifra debiera quedar (si se mantiene la progresión) entre 108.000 y 109.000, unas tres veces más que la vivida en 1990.

La situación con más detalle que se vive en las comunidades de Andalucía, Aragón, Cataluña y Comunidad Valenciana, de las que tenemos un mayor número de datos, es la siguiente:

Andalucía. En cinco años, de 11.697 abortos a 18.387. Un incremento en línea con Cataluña, aunque por fortuna se ha detenido algo en el último año con respecto a los anteriores. En lo que respecta a los grupos de menor edad, la situación ha mejorado, ya que han quedado «congelados» los abortos de menores de 15 años (115 por 112 en el último año) y en lo que respecta a las chicas de 15 a 19 años, con un ligero aumento (2.946 por 2.867). El problema es que las interrupciones en chicas de esta edad son más del doble que hace diez años.

Aragón. Mucho más tranquila es su evolución, con respecto a Andalucía, al pasar de 2.148 abortos a 2.820 entre 2001 y 2006, con un aumento medio en el entorno del 6 por ciento anual. Similar a los andaluces en el grupo de edad 15-19 años, esta vez con retroceso (325 por 329 en el último año), pero un incremento evidente entre las menores de 15 años, aunque son números muy pequeños: de siete a once. Puede ser un ejemplo de lo que debe estar sucediendo en algunas regiones de España, con cifras más calmadas que en Cataluña y Madrid, pero...

Cataluña. Tremendo toque en el último año, con un aumento superior al 30 por ciento, lo que supone 5.000 víctimas más entre 2005 y 2006, hasta acercarse a las veintidós mil (21.976 por 16.905). En todos los órdenes, la situación en Cataluña aparenta ser un caos total, con grave peligro para las menores de edad, pues el caso de interrupciones entre las que aún no han cumplido los 15 años casi se duplica: 100 contra 52. Además, en el grupo de 15 a 19 años el aumento es grave, pues pasan de 2.106 a 2.776. Habría que empezar a conocer de que edad son las mujeres (en su inmensa mayoría, extranjeras) que se sometieron a una interrupción voluntaria del embarazo en las clínicas ahora investigadas por la Justicia.

Comunidad Valenciana. Recién inaugurados los siete mil abortos al año hace un lustro, ya supera los diez mil, con especial incidencia en el último año, al producirse un incremento superior al 10 por ciento. También difícil de entender la evolución seguida por las menores de 15 años (aunque hablemos de números menores), al pasar de 39 abortos a 54. También es significativo que uno de cada dos interrupciones del embarazo se produjo en un centro público, siempre según los datos oficiales.

Futuro incierto

Parece, y según se comprueba el ritmo creciente de cifras y estadísticas, que en España el aborto no tiene posibilidad de un planteamiento nuevo. No se detiene el incremento, ni siquiera entre las menores (un 33 por ciento más entre las que no han cumplido los 15 años, de 210 a 280 y en el último año), y en esa franja de los 15 años a los 19 es constante, con un 3 por ciento de media, hasta superar los siete mil (7.416 en 2006).

Monday, December 10, 2007

LEALTAD

La lealtad como gran virtud

Al enseñarnos valores, se nos habla del amor (caridad en su auténtico significado) y muchos otros que consideramos como las mayores virtudes. En la enseñanza cristiana, se presentan la fe, esperanza y caridad como teologales. Pero hay un valor humano al que distingo preferentemente, porque pienso que nos lleva a todas las virtudes: la lealtad.

Tengo fe porque confío en que lo que se me dice es cierto, tengo esperanza por la misma razón y tengo amor porque confío en que ambos, yo mismo y el ser-objeto de dicho amor somos ambos leales. Soy generoso con mi tiempo, con mis afectos, mis conocimientos y con mis cosas porque soy leal al valor supremo de la caridad.

Ser leal, es ser congruente entre lo que se tiene como valor humano y lo que se hace en la vida diaria. Ser leal es mantener en absoluta consonancia lo que se dice, se ofrece, se promete o se jura, y lo que se hace en la práctica. Ser leal es no solamente la antítesis de la traición sino de la falla de conducta por debilidad de carácter.

Quien es leal respeta sus compromisos para con su Dios, su gente y consigo mismo. Si digo amar, la lealtad me obliga con el ser amado a mantener ese amor en hechos cotidianos ("obras son amores, no buenas razones"), pero me obliga también ante mí, para ser leal conmigo mismo.

La lealtad es el cumplimiento de la "simple" palabra dada, ya no digamos la comprometida por escrito en promesas y convenios de cualquier tipo. Un ser leal, sella compromisos con un abrazo o apretón de manos, que valen más que cualquier documento, porque sobre todo es leal a su palabra.

Incumplir compromisos adquiridos voluntariamente solo se justifica por la impotencia de hacerlo: nadie está obligado a lo imposible, es principio de derecho.

Como en toda escala de valores, la lealtad es primero con los principios morales y legales y luego con las personas. Hay quienes confunden la lealtad con la sumisión y la connivencia, y así, por "fidelidad" o "lealtad" a un jefe o un amigo, actúan en contra de la ley o la moral. Esto no debe ser; quien pide lealtad a costa de principios no la merece, pues contradice la propia escala de valores.

Quien es leal, cumple sus compromisos con todos en la vida real; no es asunto de discurso "bonito" o de frases petulantes. En los hechos vitales, o se es leal o no se es, no hay términos medios; por eso Cristo nos dice a sus seguidores: "el que no está conmigo está contra mí". Moralmente hablando no existe la neutralidad, todo acto volitivo sobre los deberes adquiridos (como el amor) o asumidos (como la ciudadanía) o está bien o está mal hecho.

La lealtad es el valor, la virtud que más admiro, y la deslealtad es la falla humana que más tristeza me provoca. Si una enfermedad no se cura, si un acto fortuito esperado no se cumple, si una simple comida no tiene el sabor esperado, causan desilusión, desencanto, hasta allí.

Pero la deslealtad, cuando alguien en quien confiamos nos hace trampa, nos engaña, nos traiciona, saca provecho de nosotros, entonces la frustración, el enojo que puede llegar a la rabia que esa deslealtad nos causa es la mayor desilusión humana: "confié en ti y me fallaste".

Cuando damos lealtad y la esperamos en reciprocidad, basamos todo en la confianza, que como dice un viejo principio, tan difícil es de ganar, tan fácil de perder y tanto más difícil de recuperar. No ganemos la desconfianza de nuestro próximo, de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestros asociados en la empresa o labor que sea, seamos leales.

Hay que ser leales (cumplidos) en todo, para conservar la confianza y el respeto (y hasta admiración, si se quiere) de los demás. Debemos llevar la lealtad a los detalles pequeños, ya que quien es leal en lo poco lo será en lo mucho; si nos permitimos pequeñas debilidades de fallarle a los amigos, poco a poco nos iremos "justificando", con la excusa que sea, fallas e infidelidades más grandes, con las mayores traiciones a la vuelta de la esquina.

Lealtad en los compromisos, es la base para no caer en la debilidad de pasar de la pequeña traición a la grande. Si me permito pequeñas fallas de lealtad y soy consciente de ello, y de cómo voy traicionando la confianza ajena de menos a más, termino por devaluarme y desconfiar de mí mismo.

Por eso debo aprender de mis debilidades y evitarlas, mantener y enriquecer la confianza, más que en otros, en mí mismo, como persona confiable, leal a mis compromisos, respetable ante mí mismo y ante los demás.

Thursday, December 06, 2007

LIBERTAD DE RELIGION?

Las capillas de los estadios de Berlín y Gelsenkirchen permanecen cerradas durante el Mundial de Fútbol por orden de la FIFA. Lo contrario, alega la organización, supondría una falta de “respeto” a los no cristianos y podría originar problemas de seguridad. Mientras, en Arabia Saudita, cuatro ciudadanos extranjeros cristianos han sido detenidos por rezar en una vivienda privada

La comunidad eclesial evangélica de Berlín negocia desde hace unos días con la FIFA para que las capillas de los estadios de fútbol permanezcan abiertas, siquiera al menos cuando se enfrenten las selecciones de dos países cristianos. Para muchos futbolistas, argumentan las autoridades evangélicas, es vital tener unos momentos de oración antes de un partido. Un caso paradigmático es el del brasileño Ronaldinho, famoso entre sus compañeros de equipo por sus breves “retiros espirituales”. Pero también hay varios jugadores surcoreanos, argentinos, africanos e incluso también algún europeo (por eso hay capillas en los estadios) para quienes ésta es una cuestión vital.

La FIFA ha ordenado el cierre de capillas por “respeto” a los no cristianos. Considera también que hay motivos de seguridad que justifican la medida. No se detallan qué problemas de seguridad podrían generar las capillas abiertas, pero se deduce un temor a las reacciones de los no cristianos.

Ese miedo lo sintieron también los responsables del burdel recientemente construido junto al Estadio Olímpico de Berlín, el mayor del país. La Iglesia católica y las comunidades evangélicas han tratado en vano de cerrarlo. Arabia Saudita e Irán, en cambio, lograron por lo menos que se retiraran sus banderas del prostíbulo. Unos desconocidos provocaron destrozos en el lugar y amenazaron con medidas más drásticas si no se atendía a sus reivindicaciones.

Encarcelados por rezar

Mientras las capillas en los estadios alemanes permanecen clausuradas, en Arabia Saudita se persigue a quienes practican la fe cristiana incluso en sus domicilios. La “Muttawa”, la policía religiosa del régimen, irrumpió el pasado día 9 en una vivienda en la que estaban rezando unos 100 cristianos, según ha informado la organización Compass Direct. Dos personas de nacionalidad etíope y otras dos eritreas fueron identificadas como los responsables del grupo y se encuentran desde entonces encarceladas.

En el reino saudí no existe libertad religiosa para los no cristianos. Cualquier manifestación pública o privada de fe no musulmana está prohibida. A veces se tolera que los cristianos extranjeros, nunca los saudíes, puedan celebrar misa en domicilios privados, pero en algunas ocasiones las autoridades aplican de forma rigurosa la ley y prohíben siquiera esta práctica. Benedicto XVI ha pedido recientemente a los países musulmanes reciprocidad, de manera que garanticen a los cristianos la misma libertad religiosa de la que se benefician sus ciudadanos o súbditos en los países cristianos.

Monday, November 26, 2007

CELULAS MADRE

Identifican una molécula que permite a las células del propio paciente adoptar las propiedades de las embrionarias

Cada vez son más débiles los argumentos de aquellos que siguen empecinados en sacrificar embriones humanos para obtener células madre con fines terapéuticos. Un equipo de investigadores de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido) han identificado una molécula que permite a las células adultas adoptar las propiedades de las embrionarias.

El descubrimiento, publicado este jueves, 15 de junio, en la edición digital de la revista científica NATURE, viene a dar la razón a quienes han seguido la línea de investigación con células madre adultas, del propio paciente, que son las únicas que han obtenido resultados terapéuticos, y a los grupos pro vida que defienden los derechos de los embriones desde el mismo instante de su concepción.

Según los científicos de la Universidad de Edimburgo, las moléculas identificadas dotan a las células madre embrionarias de la capacidad para regenerarse y aplicar su pluripotencialidad, es decir su habilidad para producir numerosos tipos de células diferentes. Asimismo, moléculas como éstas podrían ser utilizadas para convertir las células normales somáticas de un paciente en células madre con las propiedades de las embrionarias.

Nanog, juventud eterna

La molécula causante de este importante descubrimiento ha sido bautizada con el nombre de Nanog, en honor a la mítica tierra celta de la juventud eterna, Tir Nan Og. Los especialistas fusionaron células madre embrionarias de ratones con células cerebrales adultas y, al sumarles Nanog, lograron aumentar el número de células híbridas que se comportaron como células madre de embriones después de la fusión celular. Estas células híbridas, además, desarrollaron la capacidad de transformarse en diferentes tipos de células.

“El efecto de Nanog es extraordinario. Todas las células híbridas se convierten completamente en células madre embrionarias”, afirmó el doctor José Silva, uno de los científicos participantes en la investigación.

Por su parte, el doctor Peter Mountford, de la compañía biotecnológica Stem Cell Science, propietaria de la tecnología que ha permitido el descubrimiento, aseguró que el estudio muestra que Nanog puede desempeñar un papel central en los aspectos éticos de la investigación con células madre. “Representa un avance importante hacia la reprogramación de las células adultas, sin la necesidad de fabricar embriones humanos” para luego destruirlos.

El Parlamento Europeo no se entera

Al mismo tiempo que se hizo público este importante descubrimiento, el Parlamento Europeo respaldó este jueves el séptimo Programa Marco de Investigación, con un presupuesto de 50.000 millones de euros para el periodo 2007-2013, e introdujo una enmienda para que se puedan financiar con fondos comunitarios proyectos con células madre embrionarias en aquellos países que sea legal.

Tras la decisión, que viene a evidenciar que el Europarlamento no se entera de los avances en esta materia, los obispos europeos manifestaron su preocupación y oposición a una medida que atenta contra la vida de los embriones. “Muchas personas no aceptan que la investigación instrumentalice la vida humana y la utilice como materia prima. No se trata simplemente de una posición católica”, dijo monseñor Noel Treanor, secretario general de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE).

“Toda vida humana comienza con la concepción y necesita una particular protección si ha sido creada fuera del seno de la madre. La vida humana nunca debe ser instrumentalizada. Por eso, mantenemos la oposición de principios ante la destrucción de cualquier embrión y ante el uso de células madre embrionarias”.

Así, a la vista de avances como los de la Universidad de Edimburgo, todos aquellos que dedican sus esfuerzos y dinero a la investigación con células madre embrionarias, o sea, científicos clonadores, industrias biotecnológicas que les pagan y administraciones que subvencionan a ambos, deben replantearse la continuidad de esa línea de investigación y dejar de destruir embriones.

Saturday, November 24, 2007

ABORTOS

Más de 20 niños han sido eliminados en el vientre materno en el Reino Unido, entre 1998 y 2002, pasadas las 20 semanas de embarazo por un simple defecto en el pie, fácilmente operable. Las técnicas de diagnóstico prenatal han extendido la práctica de la eugenesia: cualquier defecto físico o psíquico significa la pena de muerte para el bebé

El diagnóstico prenatal y el pre-implantatorio (DPI) de embriones creados "in vitro" (legalizado en España con la Ley de Reproducción Asistida) son los responsables de una tragedia silenciosa en Gran Bretaña. La ley que permite abortar sin límite de plazo cuando existe "riesgo considerable" de discapacidad se volvió primero contra los niños con Síndrome de Down (el 92% de los casos detectados termina en aborto) y, progresivamente, se ha ido extendiendo a cualquier patología, e incluso es legal matar al niño cuando existe una probabilidad de entre el 30 y el 60% de que desarrolle un cáncer en la edad adulta.

Se han detectado recientemente casos de aborto por causas totalmente nimias, como el labio leporino o pies zambos. Esta última malformación, que afecta a un niño de cada 1.000, fue alegada como causa de aborto pasados los cinco o incluso los seis meses de embarazo por más de 20 ex madres británicas entre 1998 y 2002, según datos de la Oficina Nacional de Estadística que publicó el domingo The Sunday Times. Los abortos dentro del tiempo legal no aparecen recogidos en ese estudio.

Algunos padres contactados por el periódico afirman que se les propuso esa opción como la lógica en estos casos, en un momento en el que “uno está en estado de schock” tras recibir la noticia del médico. Una cirujana critica el modo de proceder de varios de sus colegas, ya que, según dice, se transmite a los padres un mensaje de alarma absolutamente infundado que les induce a abortar.

David Wildgrove cuenta que a su mujer y a él les aconsejaron deshacerse del niño, pero se negaron. Alexander cumplirá pronto los 6 años y, tras una operación, juega al fútbol con los demás chicos. No es una cirugía cara, pero cada año nacen entre 600 y 700 niños en el Reino Unido con pies zambos…

Friday, November 23, 2007

MUERTE DIGNA

Jacinto Bát¡z,
presidente de la Comisión Deontológica
del Colegio de Médicos de Vizcaya.

Diario Médico


Los profesionales de la medicina procuramos el alivio del sufrimiento de los enfermos en fase terminal limitando el esfuerzo terapéutico para evitar tratamientos que no van a aportarles ningún beneficio e impedir así el encarnizamiento terapéutico o sedándolos, cuando no conseguimos aliviar el padecimiento tanto físico como psíquico al final de sus vidas. A algunos de nosotros nos incomoda leer titulares como: la muerte del pentapléjico reabre el debate de la eutanasia ¿Por qué? En primer lugar, porque ni lo de Ramón Sampedro ni lo de Jorge León se trata de eutanasia, sino de suicidio asistido. Si se quiere hablar de eutanasia, hagámoslo, pero no basados en estos ejemplos.

Hay quienes aprovechan para reabrir el debate sobre la eutanasia. Permítanme que yo prefiera hacerlo para dar esperanza a los enfermos y a sus familias que, padeciendo una enfermedad en fase terminal, no desean sufrir mientras llega la muerte. Pretendo en este artículo dar el siguiente mensaje: para aliviar el sufrimiento del enfermo no es necesario eliminarle. Creo que es un buen momento para hablar de la sedación en los enfermos en fase terminal. Y lo es porque han pasado ya varios meses desde el caso Leqanés, y porque cuando se plantea el debate de la eutanasia, como ahora, se está transmitiendo a los ciudadanos que la única manera de aliviar el sufrimiento es provocando la muerte.

La sedación en la agonía se ha de considerar hoy como el tratamiento adecuado para aquellos enfermos que, en los pocos días u horas que preceden a su muerte, son presa de sufrimientos intolerables que no han respondido a las intervenciones paliativas con las que se ha intentado aliviarlos. Quienes padecen una enfermedad terminal presentan a veces en sus momentos finales algún síntoma que les provoca un daño insoportable que puede ser difícil o, en ocasiones, imposible de controlar. Esto obliga al médico a disminuir la conciencia del enfermo para garantizar una muerte serena.






Ya sé que hay ideas confusas acerca de la sedación en la agonía. La necesidad de disminuir la conciencia de un enfermo en las horas anteriores a su muerte ha sido y es objeto de controversia en sus aspectos clínicos, éticos, legales y religiosos. Además, quienes no conocen las indicaciones y la técnica de la sedación o carecen de experiencia en medicina paliativa pueden confundirla con una forma lenta de eutanasia. Respetar la vida y la dignidad de los enfermos implica, cuando ya su curación no es posible, los deberes cualificados de atender a sus instrucciones previstas, verbales o escritas, de no causarles nunca daño y de mitigar su dolor y sus otros síntomas con la prudencia y energía necesarias. En la situación de enfermedad terminal, la auténtica profesionalidad médica impone también la obligación de acompañar y consolar, que no son tareas delegables o de menor importancia, sino actos médicos de mucha categoría, elementos necesarios de la calidad profesional. No tiene cabida hoy la incompetencia terapéutica ante el sufrimiento terminal, ya tome la forma de tratamientos inadecuados, por insuficientes o excesivos, ya la del abandono.

Tiempo atrás, cuando no existía una cultura sanitaria de cuidado y acompañamiento al moribundo, la sedación en la agonía podría haber sido ignorada u objeto de abuso. Hoy, la correcta asistencia a estos enfermos implica que se recurra a ella sólo cuando es rigurosamente necesaria. La sedación representa, pues, el recurso último que se aplica ante la inoperancia demostrada por los otros medios terapéuticos frente a los síntomas biológicos, emocionales o existenciales del enfermo. La sedación, en sí misma, no es buena ni mala; lo que puede hacerla éticamente aceptable o reprobable es el fin que busca y las circunstancias en que se aplica.


La sedación implica, para el enfermo, una decisión de profunda significación antropológica: la de renunciar a experimentar conscientemente la propia muerte. Tiene también para la familia del paciente importantes efectos intelectuales y afectivos. Tal decisión no puede tomarse a la ligera por el equipo médico sino que hade ser el resultado de una deliberación sopesada y compartida acerca de la ineludible necesidad de disminuir el nivel de conciencia del paciente como estrategia terapéutica.

El enfermo adecuadamente sedado no sufre. En contraste con lo que puede suceder a allegados o cuidadores, no tiene prisa alguna para que su vida termine pronto. Es, por ello, necesario evitar, en la intención, en la palabra y en la acción, el más remoto indicio de que la sedación en la agonía se instaura para aliviar la pena de los familiares o la carga laboral de las personas que le atienden.

Creo que es lícito tratar con energía el sufrimiento de un enfermo en fase terminal, incluso cuando ese tratamiento pudiera provocar el entorpecimiento o menor lucidez, o condujera a una hipotética anticipación no querida ni buscada de la muerte, sino simplemente tolerada como efecto indeseado del tratamiento.

No he pretendido confrontar posiciones sobre la eutanasia ni convencer a quien la defiende, sino manifestar que los sanitarios estamos en disposición de evitar el sufrimiento no deseado. Tal vez las voces que se alzan para solicitar la despenalización de la eutanasia debieran hacerlo con la rnisma intensidad para solicitar la formación académica y reglada de una medicina paliativa que pueda universalizar su cobertura y así podamos decir que morir bien no es un privilegio de algunos, sino un derecho que tenemos todos los ciudadanos.

Tuesday, November 13, 2007

EMBRION DERECHOS

E1 Tribunal Supremo japonés dictaminó el pasado 28 de marzo que las

pólizas voluntarias de seguros familiares de vehículos cubran también a los

fetos en caso de accidente de tráfico. Confirmó así la sentencia de un

tribunal inferior que obligaba a la compañía de seguros a indemnizar al niño

no nacido por los daños causados que se le pudieran haber causado en un

accidente de tráfico ocurrido con anterioridad. El fallo del Tribunal

concluyó que el feto es un miembro de la familia y sujeto, por lo tanto, de

derecho a indemnización

Friday, November 09, 2007

VIDA HUMANA EMBRIONARIA

Por CÉSAR NOMBELA. Catedrático de la Universidad Complutense

... Hay mucho de mito, de apuesta por lo casi milagroso, en la propuesta de que la obtención de materiales embrionarios humanos es la única vía para nuevos tratamientos...

LA vida humana, la naturaleza del hombre como ser biológico, no puede escapar a nuestra valoración como especie que reflexiona sobre su propia existencia. Los hallazgos consolidados de la Ciencia aportan referencias detalladas sobre esa realidad. Pero nuestra autocomprensión tiene que impregnarse además de un trasfondo ético, como base de la moralización de la naturaleza humana. Tenemos la capacidad de reproducirnos y conocemos cómo nuestra dotación genética, procedente de nuestros progenitores, padre y madre, fundamenta biológicamente al nuevo ser, haciendo de cada uno de nosotros un individuo único e irrepetible.

Hace 28 años se desarrolló la reproducción humana asistida por fecundación in vitro, para procurar descendencia a personas que no podían procrear mediante la relación natural. Lo que siempre había sucedido en el seno materno -el comienzo de la vida de cualquier ser humano- podía tener lugar en el laboratorio, ser dominado y controlado. Los espacios de dominio humano sobre su propia naturaleza se ampliaban con ello a otras posibilidades; desde la creación deliberada de embriones con propósito distinto a la reproducción y el control biotécnico de la dotación genética del ser humano, hasta la misma selección de quién «tenga derecho» a existir, en función de sus características biológicas más fundamentales.

El comienzo de la vida personal siempre fue objeto de reflexión, pero apremiaba establecer los principios que inspiren el manejo de estas tecnologías. Un embrión humano, aunque sea generado in vitro, significa el inicio de la vida de un nuevo individuo de nuestra especie. Es la fecundación lo que marca un antes y un después en el desarrollo generador de cualquier ser humano. El proceso culminará con su nacimiento, de no existir defectos naturales que lo impidan o una interrupción deliberada que lo bloquee. De la consideración que merezca este embrión, de la dignidad que se le atribuya, dependen tanto las normativas legales como las referencias deontológicas de la práctica médica y la investigación en este campo. Algunos planteamientos tienden a rebajar la consideración del embrión humano en estas etapas iniciales; uno ha sido denominar «preembrión» al embrión preimplantatorio de los primeros catorce días. La designación carece de cualquier base científica, no obstante lo cual, se ha introducido profusamente en nuestra legislación. El otro señala que sólo después de un periodo de varias semanas de gestación uterina, con el comienzo de la organogénesis, el embrión podría merecer protección, por haber alcanzado suficiencia constitucional. Es una propuesta más sustanciada que el mero cambio terminológico, pero incapaz de contradecir el hecho de que todo el desarrollo embrionario es un proceso encadenado, sin que ningún otro hecho marque una solución de continuidad desde la fecundación.

El «Convenio relativo a los Derechos Humanos y la Biomedicina», aprobado por el Consejo de Europa en 1996, incluye un planteamiento serio, para el acuerdo internacional, sobre la protección que merece la vida humana embrionaria. Algunos españoles -no adscritos a tendencias que quepa calificar de conservadoras- destacaron en su promoción, lo que condujo a su ratificación por parte de numerosos países en la ciudad de Oviedo. El Convenio de Oviedo prohíbe expresamente crear embriones humanos con fines de experimentación, al tiempo que exige garantizar la protección suficiente al embrión sobre el que se experimenta, siempre para su propio beneficio. El convenio supuso una iniciativa de protección integral de los derechos de todos, desde las primeras etapas de la vida. Es algo que convendría recordar a quienes se empeñan en señalar que, una concepción rigurosa del valor de la vida humana embrionaria, pertenece solamente al ámbito de ciertas creencias religiosas.

En ocasiones, por el supuesto interés de nuevas investigaciones u otros motivos, se postula un apartamiento de los valores proclamados en el Convenio de Oviedo, con el consiguiente peligro que conlleva relativizar valores éticos por razones utilitaristas. Me referiré a tres aspectos de notable actualidad en iniciativas legislativas en marcha en España (leyes de reproducción asistida y de investigación biomédica).

Años de experiencia en fecundación in vitro, aconsejan limitar la transferencia de embriones para la gestación, incluso a uno en muchos casos. Sin embargo, la nueva ley en trámite vuelve a abrir la posibilidad de su creación ilimitada, dejando sin aplicación la razonable limitación que estableció la legislación de 2003. Era una limitación flexible, en función de razones médicas, cuya administración puede depender de la deontología profesional. Volveremos a una acumulación de embriones congelados en la clínicas, con lo que difícilmente se cumple el Convenio de Oviedo. Además, se justifica la creación deliberada de embriones humanos sobrantes, para la obtención de células madre de origen embrionario. Sin embargo, la normativa todavía vigente permite ya esta posibilidad, aceptando que los embriones generados para la procreación anteriormente, que existen en número elevado en estado de congelación, pero que no tienen otra alternativa que su destrucción, se puedan emplear para obtener estas células.

La nueva norma abre también la posibilidad de examinar embriones de muy pocas células, para gestar sólo aquel que pueda dar lugar a una persona con tejidos histocompatibles, que le hagan donante adecuado para tratar a otra. Ni siquiera se limita esta selección al beneficio de hermanos o parientes próximos, sino que se abre la posibilidad de autorizarlo para «terceros», a juicio de la Comisión de Reproducción Asistida. Se trata de un diagnóstico no exento de riesgos para el propio embrión, a juicio de algunos expertos. Además, el condicionar el nacimiento de alguien a su aptitud como donante de células, para lo que no tiene ciertamente capacidad de otorgar su consentimiento, suscita notables reservas sobre el respeto de su dignidad. Soy muy sensible al dramatismo de algunos casos, que empujan a la búsqueda de un hermano donante para tratar una enfermedad grave. Conviene recordar, sin embargo, que las posibilidades de que funcione son muy remotas, definitivamente hay que seguir apostando por la búsqueda de donantes entre el amplio repertorio de posibilidades que ofrecen los ya nacidos o sus células (cordón umbilical, por ejemplo).

Finalmente, la transferencia del nucleo de una célula adulta al citoplasma de un ovocito desnucleado, de tener éxito, conduce a un embrión clónico, no cabe buscar atajos terminológicos y llamarlo de otra forma. Descartada la gestación de ese embrión, lo único que cabe pensar es en utilizarlo para derivar células madre embrionarias, hoy por hoy, no utilizables en tratamientos, que ya se llevan a cabo experimentalmente con células madre adultas. Un escenario social, en el que la mujer fértil se vea sometida a demandas de sus gametos para tratamiento, en detrimento de su función reproductiva, resulta poco halagüeño.

Hay mucho de mito, de apuesta por lo casimilagroso, en la propuesta de que la obtención de materiales embrionarios humanos es la única vía para nuevos tratamientos. Desde el punto de vista científico, la cuestión está abierta al debate y la crítica, pero es de preocupar que dirigentes políticos o la opinión pública asuman la propuesta de forma acrítica. Creo importante defender un consenso social, que proteja la vida humana desde sus inicios, como la base para asentar cada vez más la protección de derechos de todos y el respeto a su dignidad.