Thursday, September 27, 2007

EMBRIONES Y TRATAMIENTO DE BELLEZA

Se utilizan embriones en Ucrania para tratamientos de belleza.

Ampliando la información anterior, también en Ucrania se han

descubierto actividades para-médicas en las que se utilizaban restos de

embriones humanos. Esto se descubrió cuando Vadym Lazaryev y

Vladymyr Ischenko pasaron, de colaborar activamente con la policía

ucraniana, a convertirse en prófugos, al descubrirse la participación del

Gobierno ucraniano y de prominentes médicos en esta oscura trama. Por

ello, tuvieron que huir apresuradamente a Irlanda, dejando atrás a sus

familias, aunque este país les niega desde 2004 el asilo político. El pasado

30 de marzo comparecieron ante un tribunal de apelaciones, pero podría

pasar un año hasta que se conozca el veredicto. Varias organizaciones

irlandesas se han movilizado para ofrecer su apoyo a estas personas y han

abierto una página web para divulgar su causa y captar adhesiones:

www.savethedoctors.org.

Una parte de sus denuncias ha sido corroborada por la Asamblea

Parlamentaria del Consejo de Europa. Su enviada, Ruth-Gaby Vermot-

Mangoíd, visitó Ucrania, entre agosto y septiembre del pasado año y obtuvo

pruebas acerca de cuatro casos de aborto de niños en la última etapa de

gestación, cuyos cuerpos fueron "extraviados", así como desapariciones de

niños prematuros. Su informe final exigía a Ucrania la reapertura inmediata

de la investigación judicial, detenida en el momento en el que comenzaron a

aparecer involucrados en esta trama ciudadanos muy significativos

socialmente.

El tráfico de embriones para productos de belleza es de sobra

conocido en Ucrania, donde un reportaje televisivo reveló todo tipo de

escabrosos detalles. En abril del pasado año, el diario británico The

Observer reveló que, en varios países de la antigua URSS, se ofrece a las

mujeres 150 euros por abortar, a lo cual se añade un extra si la embarazada

espera hasta los últimos meses de la gestación, cuando la práctica es ya

ilegal. Los fetos son vendidos para investigaciones científicas o, más

frecuentemente, para tratamientos de belleza, que se realizan generalmente

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en Rusia. Los traficantes obtienen por cada feto unos 7.500 euros. Y en las

clínicas de belleza de Moscú se paga hasta 15.000 euros por inyecciones

con esos restos humanos a los que, sin ningún fundamento, se atribuyen

propiedades curativas frente a enfermedades como el Parkinson o el

Alzheimer y, sobre todo, para el rejuvenecimiento de la piel. Según The

Observer, una de las clínicas de moda en la capital rusa, que ofrece estas

inyecciones, promete a sus clientes quitar 10 años de sus caras.

Otras veces la mujer queda totalmente al margen del negocio.

"Cuando un doctor quiere un feto, le dice a la chica que debe abortar por

razones médicas, aunque hayan transcurrido ya las 12 semanas del plazo

legal", contaba al periódico un policía ucraniano.

La medicina regenerativa es otro suculento negocio. La divulgación

de posibles curaciones que ofrecen las células madre embrionarias, hasta

ahora no demostradas, lleva a muchos millonarios rusos a acudir a clínicas

en las que se ofrecen este tipo de tratamientos a precios desorbitados.

"Hablamos de un comercio enorme y muy peligroso", decía a The Observer

el director del Instituto de Cardiología Experimental de Moscú. El

ministerio de Sanidad ruso ha reconocido que muchas de las clínicas que

ofrecen tratamientos con células madre operan de forma ilegal, pero el

Estado de Derecho hace aguas por demasiados lados como para preocuparse

de esta moda vampiresca entre los millonarios

Monday, September 10, 2007

“las tres tentaciones del investigador son el sensacionalismo, la vanidad mediática y las presiones económicas”

“La eutanasia no completa la medicina, sino que la destruye”, dice el neurólogo Jordi Cervós

El experto señala que “las tres tentaciones del investigador son el sensacionalismo, la vanidad mediática y las presiones económicas”

“La ética debe regir la investigación y el comportamiento que corresponde a los valores inherentes a la persona humana... los científicos no pueden exigir una ética hecha a su medida y dependiente de las circunstancias”, afirmó este domingo, 14 de mayo, el neurólogo catalán Jordi Cervós en la clausura del XXII Congreso Mundial de la FIAMC.

Ante una sala repleta, el doctor Cervós dedicó su intervención a La ética en la investigación científica. Aborto, investigación con células madre y eutanasia fueron los ejes de su exposición y una buena muestra de cómo la investigación puede caer hasta lo más bajo si se deja seducir por las tres grandes tentaciones del científico: El sensacionalismo, la vanidad mediática y las presiones económicas.

La falta de honradez científica se ve reflejada en algunas ocasiones con inusual desvergüenza. Es el caso de los conflictos que se presentan en la muerte y en la forma de morir y que tiene su expresión máxima en la eutanasia: Algunas encuestas, con un lenguaje manipulado, plantean si se prefiere morir con o sin dolor, para en una segunda fase lamentar la existencia de “vidas inútiles por vejez avanzada o enfermedad incapacitante”, constató el neurólogo.

La ‘muerte dulce’, una falacia

Citando palabras de un experto en bioética, el doctor Gonzalo Herránz, “la eutanasia hace daño a los que en ella intervienen, a los que la observan, a los que les llega la noticia”, dijo Cervós, quién también destapó la falacia de lo que se suele llamar ‘muerte dulce’: “El médico que aplica la muerte a uno de sus pacientes y considera que ha hecho bien ya no puede dejar de hacerla: entra en una bolsa de arena movediza, que lo va tragando lenta pero inexorablemente. Lo que comienza siendo una eutanasia en casos excepcionales se convierte para ciertos pacientes en un derecho exigible a la muerte dulce; para los allegados, es una invitación tentadora a verse libres de preocupaciones y molestias; para ciertos médicos es un recurso sencillo, que ahorra tiempo y esfuerzos”, sentenció.

Una última y trágica fase se alcanza con la eutanasia involuntaria. El médico llega a concluir que es irracional el deseo de ciertos pacientes de seguir viviendo, pues tienen por delante de sí una perspectiva de vida detestable y abusiva. El deseo de seguir viviendo de esos pacientes es un deseo injusto, que provoca un consumo irracional de recursos económicos y humanos. “Se acaba expropiando al paciente de su libertad de escoger seguir viviendo”, denunció Cervós.

“La experiencia holandesa muestra de modo evidente que, en materia de eutanasia, es imposible poner límites legales a los potenciales abusos, nacidos de la compasión de los médicos, de la fatiga de la familia, del desgaste de los mecanismos de control. La enseñanza que nos viene de dicha experiencia es que la eutanasia no completa la medicina sino que la sustituye e incluso destruye. La falta de ética del investigador y del médico es reflejo de la falta de ética general, ética que parte del reconocimiento de la dignidad de la persona, tanto del médico como del paciente”.

‘Preembrión y aborto: Sin justificación científica

De los problemas derivados de la muerte y la forma de morir, a los que se fomentan con el embarazo. Cervós ejemplificó los riesgos que se dan en este campo centrándose en los avances en la reproducción humana. “Cuando se pierde o no se acepta la existencia de un hecho diferencial que determina la persona humana, -dijo- es evidente que se pierden los principios fundamentales de la ética. Esto se manifiesta también en una falta de honradez en las conclusiones científicas. Cuando se quiere justificar el aborto se niega que el embrión humano tenga alguna relación con la persona humana. Para ello, se inventan incluso palabras como preembrión que no tienen ninguna justificación científica pero permiten establecer cómodamente un espacio de tiempo en el que se pueden tomar medidas abortivas”.

Esta ambigüedad en la determinación de lo que es la vida humana y cuándo y cómo se puede acabar con ella, que es reproducida sin autocrítica por la mayoría de medios de comunicación, representa un peligro no sólo para la comunidad científica sino también para la opinión pública, que acaba por aceptarlas ingenuamente.

Células madre embrionarias, pura mercancía

Otro ejemplo lo encontramos en la investigación con células madre embrionarias. Cervós basó su argumentación, en este apartado, en lo que sería un paso más a la negación de dignidad humana del embrión e incluso del feto humano hasta el momento de nacer. “No puede sorprender que se esté hablando de células madres embrionarias humanas como si se tratara de una mercancía”, afirmó. El experto neurólogo denunció una amplia “falta de honradez científica”: Por una parte, “se silencia que se pueden obtener células madre sin necesidad de recurrir a embriones humanos”; mientras que, por otra parte, “se presenta la utilización de embriones humanos como un gran remedio para gran número de enfermedades, por ejemplo el Alzheimer”. “No sólo se trata de que no se ha curado ni a un solo enfermo de Alzheimer con células madre, sino que nadie puede explicar cómo habría de ser una terapéutica de dicha enfermedad con células madre”, dijo, contundentemente, basándose en sus conocimientos en el campo de la neurología.

Vanidad injustificada

La tentación de dar como novedades grandes descubrimientos que, después, en ocasiones, resultan ser un fiasco, no afecta sólo a los medios de comunicación, sino que “algunos científicos -explicó el Dr. Cervós- no pueden resistir la tentación de salir en los periódicos como autores de descubrimientos que ni tan siquiera existen. Un ejemplo patente lo hemos tenido recientemente con el descubrimiento del fraude del científico del coreano Hwang Woo-suk, que había anunciado la clonación de un ser humano”.

Al sensacionalismo fácil y la vanidad mediática de algún científico se añade otra circunstancia, explicó el Dr. Cervós: “Estamos ante una inflación en la producción científica. Hay una inflación de resultados y de científicos que trabajan sobre un mismo campo. Y es esta inflación la que puede llevar fácilmente al investigador a modificar, por no utilizar la palabra falsear, sus resultados para poder publicar lo más pronto posible”. En demasiadas ocasiones, este hecho se produce “por la necesidad imperiosa de presentar resultados para seguir recibiendo dinero para la investigación”, concluyó el experto.

Friday, July 27, 2007

ETICA Y POLITICA

Nuestra cultura ha expulsado a la virtud de la vida pública porque ésta se opone a los simples impulsos de satisfacer meros deseos.

Para reflexionar con propiedad sobre los valores antes deberíamos ponernos de acuerdo sobre lo que entendemos con dicho nombre, para evitar que nos sucediera lo mismo que cuando nos referimos a la educación, que acabamos hablando de medios en lugar de fines; horarios, profesores, en lugar de interrogarnos sobre el fin de educar, es decir, etimológicamente, conducir. ¿Pero conducir a dónde? Esto sería lo realmente importante del debate educativo. En un sentido equivalente, también cuando nos referimos a valores debemos fijar su sentido.

Para apuntarme a una definición práctica me atrevo a afirmar que entre los valores uno ocupa un lugar decisivo. Se trata de la virtud, palabra -en desuso- que significa "cualidad excelente", "disposición habitual a obrar bien en sentido moral". Ser virtuoso es obrar bien para si y para los demás.

Puesto que se trata de una disposición o capacidad adquirida, por el ejercicio y el aprendizaje de hacer lo que es moralmente bueno, la virtud es una cualidad de la voluntad. Y en esto se distingue la virtud de cualquier otra disposición habitual, como por ejemplo la salud, la fuerza física o la inteligencia: en que "en un hombre virtuoso la voluntad es la que es buena".

¿Son buenas nuestras voluntades y las de nuestros gobernantes? Esta sería una excelente pregunta-guía. De esta concepción de virtud, que tiene su origen en Platón y un largo desarrollo posterior, surge lo clásico: sabiduría, prudencia, fortaleza, templanza, justicia, a las que el Aquinate añadió las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que tienen por objeto a Dios.

La persona asume los valores necesarios si se tiene el hábito de la virtud, "por la cual el hombre se hace bueno y ejecuta bien su función propia". En definitiva, el mejor conjunto de valores es aquel que permite el desarrollo de virtudes personales que promueven una vida rectamente lograda, una vida buena.

¿Pero en qué consiste este tipo de vida? Raz, un liberal perfeccionista no reñido con el comunitarismo, contesta: “ la vida autónoma solamente es valiosa cuando se dedica a perseguir proyectos y a entablar lazos aceptables y valiosos”. Es decir, no cabe únicamente afirmar el derecho a elegir sino que es necesario el valor personal y social de la elección, porque no todas sirven igualmente al bien.

Esto significa que el bien de una persona no depende del hecho de que lleve la forma de vida que ella considera valiosa, sino que lleve una forma de vida que sea valiosa en si, al margen de lo que opine el sujeto en cuestión, porque el bien del valor moral de sus metas y objetivos, y no la creencia subjetiva sobre ellas.

Los partidarios de que los juicios morales no impregnen la vida colectiva, son contestados por Raz en términos muy inapelables: “¿Qué razones hay para pensar que es más fácil equivocarse respecto a la definición de vida buena que respecto a otra clase de juicios que sí creemos que deben influir en la vida pública y que también obedecen a consideraciones morales, como es el caso del derecho a la vida, a la libertad de expresión, o a la libertad de culto?”

En realidad nuestra cultura mediática, la política dominante, huye de la noción de virtud, no porque resulte imposible establecer lo que es una vida rectamente lograda, sino sencillamente porque es inadecuada para la satisfacción de los deseos, de los impulsos que es lo que hoy manda como imperativo social y político. Por eso la virtud ha sido expulsada de la vida pública. ¿O acaso no se nota?

Forumlibertas

Saturday, April 07, 2007

SOBRE EL BIEN Y EL MAL

Un viejo cacique de una tribu estaba charlando con sus nietos, acerca de la vida.
Los niños querían saber muchas cosas; como ser buenas personas, por qué había personas malas, por qué tenían malas intenciones, etc.

Él les dijo: "Una gran pelea esta ocurriendo dentro de mi y es entre dos lobos.
-Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, rencor, avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras,
orgullo, competencia, superioridad, egolatría.

-El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, dulzura, generosidad, benevolencia, amistad, empatía, verdad, compasión, y fé.

Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes también, y dentro de casi todos los seres de la tierra."

Lo pensaron por un minuto, y uno de los niños le preguntó a su abuelo:
"¿Cuál de los lobos ganará?"

Y el viejo cacique respondió, simplemente......."EL QUE ALIMENTES."

Remitido por Marcela Maria

Wednesday, March 28, 2007

POLITICA Y VIDA HUMANA

XIII Asamblea General

Programa de la Reunión Preparatoria del 29-30 de Septiembre, 2006

Casa Bonus Pastor

Ciudad del Vaticano

Deberes Políticos, Conciencia Moral, y Vida Humana

Robert P. George

McCormick Profesor de Jurisprudencia

Universidad de Princeton

La Iglesia Católica afirma el principio de que cada ser humano – sin distinción de raza, sexo, etnia y del mismo modo sin distinción de edad, estatura, fase de desarrollo o condición de dependencia – tiene derecho a la plena protección de la ley. La Iglesia enseña que toda criatura humana en todo estadio de su desarrollo – incluso el estadio embrional y fetal – y en todo tipo de condición – incluso los retardados mentales o los discapacitados físicos, y aquellos que sufren de graves formas de demencia u otras enfermedades de la memoria – posee los derechos fundamentales del hombre. Sobre todo, cada uno de nosotros posee el derecho a la vida.

Esta enseñanza es criticada por algunas personas. Están aquellos, incluso algunos católicos, que niegan que el embrión sea un ser humano. Ellos afirman que un embrión humano es simplemente una “potencial” vida humana y no una vida en sus orígenes. El problema con esta posición no es tanto teológico cuanto científico. Choca contra la realidad probada de la embriología humana y de la biología del desarrollo. Un embrión humano no es algo distinto del ser humano – como una piedra, una papa o un caimán. El embrión humano es un hombre en un estadio primario de su desarrollo. Un embrión, aún antes de ser implantado, es ya a todos los efectos, parte viviente de la especie Homo sapiens. La criatura humana, en el estado de embrión tiene necesidad de aquello que todo ser humano en cada estadio de desarrollo tiene necesidad para su supervivencia, o sea, una adecuada nutrición y un ambiente suficientemente hospitalario para el mantenimiento de la vida.

Desde el inicio, todo hombre posee – realmente y no solo potencialmente – la constitución genética y el primordium epigenético para un desarrollo autónomo que partiendo del estado embrional, a través del fetal, del infante, el niño y el adolescente, llega al adulto manteniendo intacta su unidad, determinación e identidad. Respecto a lo dicho, el embrión es bien distinto de los gametos – es decir el esperma y el óvulo – cuya unión da inicio a una nueva creatura humana. Tú y yo no hemos nunca sido un óvulo o un esperma; aquellas eran partes genéticas y funcionales de otras criaturas humanas. Cada uno de nosotros ha sido, sin embargo, un embrión, así como cada uno de nosotros ha sido un adolescente, y aún antes un niño, un infante, un feto. Obviamente en estos últimos tres estadios éramos criaturas particularmente vulnerables y dependientes, pero éramos de todos modos seres humanos completos y distintos. Como los principales test de embriología humana y biología del desarrollo afirman al unísono, nosotros no éramos unos simples “bloques de células”, como en los tumores. Por lo tanto los derechos principales que las personas poseen simplemente en virtud de su humanidad – en particular el derecho a la vida – lo poseíamos también entonces.

Otra escuela de pensamiento reconoce al embrión como un ser humano; pero niega que todos los seres humanos sean personas. Según este pensamiento hay seres humanos pre-persona y post-persona, como por ejemplo los retardados graves o criaturas humanas particularmente dañadas que no son, no serán y non han sido jamás personas. Los sostenedores de esta visión continúan afirmando que los seres humanos en su estadio embrional y fetal no son todavía personas. En modo lógicamente frío y racional ellos afirman que los niños no son personas humanas, por lo tanto no poseen ningún derecho a vivir; de aquí la voluntad de Meter Singer, Michael Tooley y otros de alentar el infanticidio así como el aborto. El estado de persona es negado también a aquellos que están en estado de coma permanente, con graves retardos mentales o formas de demencia. A pesar de que algunos sostenedores de esta línea de pensamiento concedan que algunos individuos humanos, considerados de todos modos como “todavía no personas”, merezcan un cierto respeto en virtud del puro hecho biológico de ser parte viviente de la especie humana, insisten en el hecho de que los hombres “pre-persona” no poseen un derecho a la vida que los excluya del ser matados para el bien de otros o para hacer progresar los intereses de la mayoría de la sociedad. Solo aquellas criaturas humanas que han obtenido y mantienen aquellos que son considerados como atributos definitivos de la personalidad – siempre si estos son perceptibles funciones cerebrales, conciencia de sí o una ejercitable capacidad inmediata de las características funciones humanas mentales – poseen un derecho a vivir.

El problema con esta posición es que se burla de nuestro empeño político, filosófico y para muchos de nosotros teológico contra el principio de que todos los seres humanos son iguales en dignidad y valor. Crea una serie de enigmas simplemente insolubles, por ejemplo, por qué esta o aquella cualidad que la mayor parte de los hombres adquiere en el curso de su normal desarrollo y otros no, que algunos mantienen y otros no, y que algunos tienen en mayor cantidad que otros, deba contar como criterio de personalidad. Seguramente, la posición oficial, es que los seres humanos poseen una dignidad igual e intrínseca y eso constituye la base moral de la igualdad del derecho a la vida para todos. Este derecho pertenece a toda criatura humana simplemente en virtud de su humanidad. No depende de la edad, estatura o fase de desarrollo del individuo; y no puede ser eliminado por una enfermedad física, mental o condición de dependencia. Es aquello que vuelve el valor de la vida de un niño gravemente retardado, igual al de un científico ganador del Premio Nóbel. Ello explica porque no podemos extraer legalmente órganos trasplantables de este niño para salvar la vida de un brillante medico afligido por una enfermedad mortal del corazón, el hígado o los pulmones.

En cualquier caso la enseñanza definitiva de la Iglesia es que todos los seres humanos poseen iguales derechos fundamentales, incluso el derecho a la vida. Es sobre esta base que la Iglesia proclama que tomar una vida humana mediante el aborto, el infanticidio, la investigación destructiva del embrión, la eutanasia o el terrorismo está siempre y de todos modos gravemente errado.

Hay más. La Iglesia enseña también la obligación grave de los legisladores y de los otros funcionarios públicos, como servidores del bien común, de honrar y proteger los derechos de todos. Como cuestión de pura justicia, el principio de igualdad necesita que la protección contra formas de violencia mortal deba ser extendida desde la comunidad política hacia todos aquellos que están en el interior de su jurisdicción. Aquellos a los cuales ha sido confiada la salvaguarda de la comunidad – y sobre todo aquellos que participan en el promulgar las leyes de la comunidad – tienen la responsabilidad principal de asegurar que el derecho a la vida sea representado por la ley y efectivamente protegido en la práctica. El deber de un oficial público no es el de “ejecutar la enseñanza de la Iglesia Católica”, sino que es en todo caso, el de satisfacer la búsqueda de justicia y del bien común a la luz del principio de la dignidad innata e igual de toda persona de la familia humana.

Hoy en día muchos políticos católicos, incluso los líderes democráticos de ambas cámaras del congreso de los Estados Unidos, el gobernador republicano de New York y el precedente gobernador Republicano de la Pensylvania, son sólidos sostenedores de aquello que llaman “el derecho de la mujer a abortar”. La mayor parte de estos políticos apoyan también la creación y los fondos gubernativos para una industria que produciría decena de miles de embriones humanos gracias a la técnica de la clonación para usar en investigaciones biomédicas en medio de las cuales estos seres humanos en el estado embrional serían destruidos.

En los Estados Unidos y en otras naciones los políticos católicos que apoyan el aborto y las investigaciones destructivas del embrión proclaman estar “personalmente contra” estas prácticas, pero respetuosos de los derechos de aquellos que no están de acuerdo con obrar sobre la base de su juicio de conciencia y no quieren tener interferencias legales. En el 1984, el precedente gobernador del estado de New York, Mario Cuomo, ha tratado y defendido este punto de vista en un famoso discurso en la universidad de Notre Dame. Cuomo volvió sobre el tema en Washington durante un Forum sobre la Política y la Fe en América. Su argumentación, si fuera aceptada con éxito, no sólo justificaría a los políticos católicos a apoyar el aborto y las investigaciones destructivas de los embriones, sino que les requeriría respetar el derecho de las personas a tomar parte en estas prácticas aunque ellas sean generalmente señaladas como errores morales.

Cuomo declaró que los que detentan un oficio público – incluso los católicos – tienen la responsabilidad de “crear condiciones bajo las cuales todos los ciudadanos son razonablemente libres de obrar siguiendo su credo religioso, aún si están en conflicto con los dogmas de la Iglesia Católica Romana referentes al divorcio, el control de los nacimientos, el aborto, la investigación de las estaminales, y también la existencia de Dios”. Siempre según Cuomo, los católicos deberían, apoyar la liberalización del aborto y la investigación destructiva del embrión, porque garantizando estos derechos a otros, garantizan el propio derecho a “rechazar el aborto y a participar o contribuir a eliminar células estaminales de los embriones”. La idea de Cuomo de que el derecho a “rechazo” del aborto y de experimentos destructivos del embrión implique un derecho de otros, sobre la base de la libertad religiosa, a tomar parte en este tipo de prácticas es simplemente falaz. El error lógico viene inmediatamente a la luz considerando si el derecho de un católico (o bautista, judío, o fiel de otro credo) a rechazar el infanticidio, la esclavitud y la explotación del trabajo implica el derecho de otros que no comparten las mismas convicciones religiosas con relación al homicidio, la esclavitud o la explotación.

Con la artimaña de clasificar las convicciones pro-vida acerca del aborto y los experimentos destructivos del embrión como “dogmas católico romanos”, Cuomo audazmente introduce en las premisas de su argumentación la conclusión discutida que está tratando de probar. Si los principios pro-vida fueran solamente unas simples enseñanzas dogmáticas – como la enseñanza de que Jesús de Nazareth es el Unigénito Hijo de Dios – entonces de acuerdo con la Iglesia misma (para no hablar de la constitución americana y de la de muchas otras repúblicas) no podrían ser legítimamente ejecutadas por el poder coercitivo del Estado. El problema de Cuomo es que los principios pro-vida no son unos “dogmas”, y no son ni siquiera entendidos así por la Iglesia Católica, en los cuales principios Cuomo declara creer, ni por los movimientos pro-vida, sean ellos católicos, protestantes, judíos, musulmanes, hindúes, budistas, agnósticos o ateos. Al contrario, estas personas entienden estos principios y los proponen a sus conciudadanos como normas fundamentales de justicia y de derecho humanitario que pueden ser entendidas y afirmadas no obstante las diversas declaraciones de revelación y autoridades religiosas.

No es que queramos sugerir, como pareciera hacer Cuomo, que el simple hecho de que la Iglesia Católica (o cualquier otra autoridad religiosa) tenga una enseñanza contra estas prácticas, a pesar de que muchas personas a veces rechacen estas enseñanzas, quiera decir que la ley prohibiendo la matanza de vidas humanas en el estadio embrional y fetal, viola el derecho de libertad de religión de aquellos que no aceptan esta enseñanza. Si esta enseñanza no fuera otra cosa que algo falaz, la ley contra el infanticidio, la tenencia de esclavos, la explotación de los trabajadores y muchas otras graves formas de injusticia serían verdaderamente violaciones de la libertad de religión. Seguramente Cuomo no querría avalar esta conclusión.

Sin embargo no sugiere ningún método de distinción entre aquellos actos y prácticas que él supone caer bajo la categoría de la libertad religiosa, y aquellos que están fuera de ella. Por lo tanto deberíamos preguntarnos: si el aborto es inmune de restricciones legales sobre la base de un problema de credo religioso, ¿cómo es posible que no lo sea también la esclavitud? Si hoy el aborto no puede ser prohibido sin violar el derecho de libertad religiosa de personas cuya religión no objeta el aborto, ¿cómo puede Cuomo decir que la prohibición de esclavitud confirmada por la decimotercera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos no hubiera violado, en el 1866, el derecho de libertad religiosa de aquellos cuya religión entonces no condenaba la esclavitud? Cuomo afirma que la Iglesia Católica “interpreta nuestra moralidad pública como dependiente de una visión consensual de aquello que es justo y errado, pero sería escandaloso discutir sobre el hecho de que los católicos deberían haberse opuesto al emendamento constitucional que abolía la esclavitud en el decimonoveno siglo o a la legislación que protegía los derechos civiles de los opresores descendientes de los esclavos en la mitad del vigésimo siglo, basándose en el hecho de que “prudencia” y “realismo” exigen respeto por el “pluralismo moral” allí donde no hay “consenso” acerca de problemas de justo y errado.

En un cierto punto del Forum sobre la Política y la Fe, Cuomo ha sugerido que las leyes contra el aborto y la investigación destructiva del embrión obligarían a las personas que no tienen objeciones contra estas prácticas, a seguir la religión de aquellos que en cambio se oponen. Esto es otro error lógico. Ninguno puede imaginar que la prohibición constitucional acerca de la esclavitud obligó a aquellos que creían en esta forma de opresión, a practicar la religión de aquellos que no lo creían. ¿Cuomo querría quizás hacernos pensar que las leyes que protegen a los trabajadores contra aquello que él considera, en línea con las solemnes enseñanzas de los Papas desde León XIII a Benedicto XVI, explotación y abuso tienen el efecto de empujar industriales no-católicos contra el catolicismo?

En otro momento, negando la existencia de una incongruencia entre su disponibilidad como gobernador para obrar contra la pena de muerte pero no contra el aborto, Cuomo negó haber jamás hablado de la pena de muerte como “problema moral”. El declaró en efecto que: “raramente habla en términos de problemas moral” y que cuando habla de pena de muerte, no sugiere nunca considerarla de este modo. Pero, justo en la frase sucesiva, de la manera más brillante posible, condena la pena de muerte usando términos explícitamente morales: “Estoy contra la pena de muerte porque es errada e injusta. Es degradante. Es degenerada. Mata a personas inocentes”. No se ha ni siquiera detenido a pensar que estas son precisamente las mismas declaraciones reivindicadas por los movimientos pro-vida contra las políticas de legalización del aborto y relativos fondos públicos – una política que Cuomo defiende en nombre de la libertad de religión.

El hecho es que los católicos y todas las otras personas que se oponen al aborto y a las investigaciones destructivas del embrión lo hacen por la misma razón por la cual nosotros nos oponemos al infanticidio. Los movimientos pro-vida de toda fe se oponen a estas prácticas porque ellas conciernen el homicidio deliberado de inocentes criaturas humanas. La base de la cual partimos para el sostenimiento de la prohibición legal del aborto y de la investigación destructiva del embrión es la misma que la prohibición legal del infanticidio, por ejemplo, o que la objeción de conciencia para los no combatientes aún en caso de guerras justificadas. Nosotros suscribimos la propuesta de que todos los seres humanos son iguales en dignidad y valor y non les puede ser negado el derecho de protección contra el homicidio, cualquiera sea su edad, estatura, fase de desarrollo o condición de dependencia.

Una persona con una integridad moral no puede “personalmente oponerse” al aborto y a la investigación destructiva del embrión y al mismo tiempo apoyar su existencia legal y los fondos públicos a ellos destinados, como hacen muchos políticos católicos en los Estados Unidos, incluso la mayor parte de los Democráticos Católicos y algunos Católicos Republicanos. Puesto que apoyando el aborto y este tipo de investigaciones, ellos inevitablemente se implican a sí mismos en la grave injusticia de estas prácticas.

Obviamente, es posible para una persona que ejercita un poder público usar aquel poder para establecer o preservar el derecho legal del aborto, y al mismo tiempo esperar que ninguno lo ejercite. Esto sin embargo no pone a la persona fuera del problema moral. Quien obra para proteger la legalización del aborto automáticamente quisiera verles negadas a las víctimas nunca nacidas de este acto, las protecciones legales elementales contra el homicidio deliberado que una persona cualquiera quisiera para sí misma y para aquellos que considera dignos de ser protegidos por la ley. De este modo se viola la regla de oro, el precepto base más importante de la normativa social y política. Se divide a la humanidad en dos clases: aquella que se está dispuesta a admitir en la comunidad de los protegidos, y aquella que se quiere excluir de este círculo. Exponiendo algunos miembros de esta clase más desfavorecida a la violencia letal, una persona se implica profundamente a sí misma en la injusticia de su homicidio – esto aún si la misma persona espera sinceramente que ni siquiera una mujer aproveche la elección del aborto. La bondad de una esperanza no redime el mal – la grave injusticia – de un acto voluntario. Pensarlo de otro modo sería errado. Si mi análisis hasta ahora es correcto, nace espontánea la pregunta: ¿qué cosa tendrían que hacer los responsables de la Iglesia con personas como Cuomo y su sucesor a gobernador del estado de New York, el republicano George Pataki que evidentemente mantiene la misma posición? ¿Qué cosa deberían hacer con aquellos que se declaran en plena comunión con la Iglesia y al mismo tiempo promueven políticas gravemente injustas y escandalosas que exponen a los no nacidos a la violencia e injusticia del aborto?

En la carrera a las últimas elecciones, el arzobispo Raymond de St. Louis ofreció una respuesta. Declaró que un funcionario público que hubiese apoyado el aborto o cualquier otro ataque injusto contra vidas humanas inocentes no habría podido acercarse a la Santa Comunión, el sacramento preeminente de la unidad.

Los movimientos pro-vida de toda convicción religiosa aplaudieron la posición del arzobispo. Los críticos, de todos modos, fueron veloces en condenarlo. Lo denunciaron por “haber traspasado la línea divisoria” entre la Iglesia y el Estado.

Todo esto no tiene sentido. Con la autoridad conferida a él como obispo, disciplinando a los miembros de su rebaño que han cometido aquello que la Iglesia enseña que es una injusticia contra vidas humanas inocentes, el arzobispo Burke está ejercitando un derecho suyo constitucional de libre ejercicio de la religión; no está quitando a otros este derecho. La libertad es una calle a dos manos. Ninguno está obligado por la ley a aceptar la autoridad eclesiástica. Pero el arzobispo Burke – así como otras personas en los Estados Unidos de América o en otras naciones respetuosas de la libertad – tiene todo el derecho de ejercitar su autoridad espiritual sobre todos aquellos que la aceptan. Hay un nombre para aquellos que aceptan la autoridad de los obispos católicos. Se llaman “católicos”.

En muchos casos, es también hipócrita la acusación por la cual el arzobispo Burke y otros obispos que adoptan la política de excluir a los políticos pro-aborto de la comunión “estén pasando la línea que separa la Iglesia del Estado”. Un buen ejemplo de hipocresía viene del Bergen Record, un importante periódico de mi estado, New Jersey. John Smith, obispo de Trenton, no fue más allá del prohibir la comunión a lo políticos católicos pro-aborto. Su Excelencia, sin embargo, usando las palabras del Bergen Record “fustigó públicamente” al gobernador James McGreevey, un católico pro-aborto, por su apoyo al aborto y a las prácticas destructivas del embrión. Por haber criticado al gobernador sobre estos temas, el Record “azotó” al obispo en su editorial del 25 de Abril. El periódico lo acusó de poner en peligro el delicado equilibrio de nuestra estructura constitucional, poniendo en contraste la posición desfavorable del obispo Smith con la de John F. Kennedy, que aseguró a un grupo de ministros protestantes en Houston en 1960 que, como católico, no habría gobernado la nación apelando a sus creencias religiosas. Puesto que el Record había considerado conveniente llevarnos hasta 1960 como referencia, pensé pues, que invitaría a su editor a considerar un caso aparecido en escena solo pocos años antes. En una carta al periódico, propuse una pregunta que hubiera dado la posibilidad al lector de entender inmediatamente si los editores del Bergen Record eran personas de principios firmes o simplemente unos hipócritas.

Recordé a los lectores que en los años 50, bien en medio del conflicto político acerca de la segregación, el arzobispo Joseph Rummel de New Orleans informó públicamente a los católicos que dar el propio apoyo a la segregación racial era incompatible con las enseñanzas de la Iglesia acerca de la dignidad innata y la igualdad de los derechos de todos los seres humanos. El arzobispo Rummel afirmó que: “la segregación racial es moralmente errada y es pecado porque es una negación de la unidad y la solidaridad de la raza humana tal como fue concebida por Dios en la creación de Adán y Eva”. Advirtió a los funcionarios públicos católicos que el apoyo a la segregación racial habría puesto sus almas en peligro. En efecto, Rummel excomulgó públicamente a Leander Perez, uno de los más importantes jefes políticos de Louisiana, junto a otros dos que habían promovido proyectos de ley para impedir la di-segregación en las escuelas diocesanas. Así que pregunté al editor del Bergen Record: “¿El arzobispo Rummel estaba errando? ¿O quizás los obispos católicos “pasan la línea” y ponen en peligro el delicado equilibrio constitucional, sólo cuando su reproche contra los políticos contradice la visión de los editores del Record? Es para disculpa de ellos la publicación de mi carta – pero todavía estoy esperando una respuesta.

Algunas personas buenas y sinceras han expresado su preocupación sobre el hecho de que el arzobispo Burke y otros obispos de mentalidad semejante sean culpables de tener una doble cara cuando se habla de pedir a un político fidelidad a las enseñanzas católicas acerca de la justicia y el bien común. Subrayan que los obispos que negarían la comunión a aquellos que apoyan públicamente el aborto y la investigación destructiva del embrión, no toman la misma posición contra los políticos que apoyan la pena de muerte, condenada totalmente por Juan Pablo II fuera de algún caso raro, y la invasión de los Estados Unidos a Irak, muy criticada por el Papa y por muchos oficiales del Vaticano.

El Catecismo de la Iglesia Católica en efecto enseña que la pena de muerte no debería ser usada, sino en circunstancias hoy en día tan raras que son, parafraseando al último Papa, “prácticamente no existentes”. De todos modos, es necesario tener en cuenta dos puntos cuando consideramos la obligación de los católicos y la pregunta si los políticos católicos a favor de la pena de muerte han interrumpido su comunión con la Iglesia. Antes que nada ni el Papa ni el Catecismo ponen la pena de muerte al nivel del aborto u otras formas de homicidio de inocentes. (La Iglesia probablemente no igualará nunca la pena de muerte con estas formas de homicidio aún si debiera condenar de manera definitiva estas prácticas.) En segundo lugar, la enseñanza acerca de la pena de muerte es profundamente diversa de la del aborto. En la importante encíclica Evangelium Vitae, Juan Pablo II ha aclarado que la enseñanza acerca del aborto (así como de la eutanasia y de todas las otras formas de directo homicidio de inocentes) es propuesto de manera infalible por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia conforme a los criterios del punto 25 de la encíclica Lumen Gentium. No se puede decir la misma cosa para la enseñanza acerca de la pena de muerte. El Cardenal Avery Dulles y otros han interpretado esta enseñanza como un prudente juicio respecto a su conveniencia, no una aplicación moral consecuente con una aplicación de un preciso principio. Como a menudo sucede no estoy de acuerdo con el análisis de ellos, pero ninguno está en grado de decir con precisión, desde un punto de vista católico, de que parte del debate está la razón, al menos hasta que el Magisterio de la Iglesia clarifique esta enseñanza. Por lo tanto, no se puede decir que aquellos que están a favor de la pena de muerte “persisten de manera obstinada manifestando un gran pecado”, y deban ser excluidos de la Santa Comunión en conformidad con el Canon 915 del Código de Derecho Canónico. Ninguno de manera legítima puede declarar la oposición a la pena de muerte una enseñanza moral definida por la Iglesia. (Del mismo modo ninguno puede declarar que la Iglesia enseña o jamás enseñará que la pena de muerte – excepto en aquellos casos en los cuales es aplicada injustamente – implique la injusticia intrínsecamente grave que se encuentra en la matanza directa de un inocente.)

En lo que respecta a la invasión a Irak por parte de los Estados Unidos, es importante entender los términos precisos de las enseñanzas católicas acerca de la guerra justa e injusta. Estos términos están explicados con claridad y precisión por el Catecismo. En línea con la enseñanza de la Iglesia desde hace siglos, ni el Papa Juan Pablo II ni el Papa Benedicto XVI han afirmado que la oposición a la guerra esté ligada a una conciencia católica. Las declaraciones del Juan Palo II acerca del rechazo a usar la fuerza durante la preparación de las dos invasiones ponía simplemente en cuestión el juicio prudente de los líderes políticos que, en última instancia, tienen el derecho y la responsabilidad (según el Catecismo y toda la tradición de la Iglesia acerca de la guerra y acerca de la paz) de juzgar si el uso de la fuerza es necesario. Esta es la razón por la cual ni el Papa ni los obispos han dicho, ni dirán jamás, que los soldados católicos no pueden participar en la guerra. Todo esto contrasta con la claridad de la enseñanza por la cual los católicos no pueden participar en el aborto u otras formas de matanza de embriones o apoyar el uso de dinero público para actividades que tienen que ver con el homicidio voluntario de inocentes criaturas humanas.

Quisiera cerrar con una palabra dirigida a todos aquellos que trabajan en política y en los medios – católicos y no católicos – que han expresado rabia, incluso indignación, por la enseñanza que obligaba a los fieles a no participar en homicidios injustificados apoyando la legalización del aborto y la investigación destructiva del embrión.

Por ejemplo, en el reprochando a los obispos, los editores del New York Times, han insistido en que la “separación entre Iglesia y Estado” presupone que ningún jefe religioso deba tener la presunción de decir a los oficiales públicos cual posición tomar en el campo de las políticas públicas. Si cambiamos el punto de vista del aborto al genocidio, a la esclavitud, a la explotación del trabajo o a la segregación racial podemos ver como esta visión no tiene sentido. Cuando en el 1950, el Arzobispo Rummel excomulgó a los políticos segregacionistas, los editores del New York Times se guardaron bien de condenarlo, por el contrario lo alabaron. Tenían razón entonces; han fallado ahora.

Tuesday, February 06, 2007

LÍMITES A LA CIENCIA?

Leon R. Kass, miembro del Consejo asesor de bioética del presidente de EE.UU.

El precio humano de la nueva tecnología biomédica

"Las nuevas prácticas biomédicas nos están dando cosas que queremos, pero a un precio del que no somos conscientes". Leon R. Kass es uno de los bioéticos de talla mundial que no se dejan obnubilar por la investigación con células madre embrionarias o por la clonación. Doctor en Biología y en Medicina, profesor de la Universidad de Chicago, es también miembro del Consejo asesor del presidente de EE.UU. sobre Bioética. Es autor de numerosos libros científicos, así como de otros de tema antropológico y filosófico.

— Ud. parece haber adoptado una actitud crítica hacia algunos logros recientes de la tecnología biomédica, pero ¿podría precisar sus términos?

— La medicina moderna se está haciendo más poderosa en su combate contra la enfermedad, la vejez y la muerte, en un progreso por el que debemos estar muy agradecidos. Pero si observamos los avances –o los proyectos– en tecnología genética y reproductiva, en neurociencia y en psicofarmacología, en el desarrollo de órganos artificiales e implantes de chips, etc., vemos que algunas de estas nuevas prácticas sobrepasan los objetivos tradicionales de la medicina, a saber, curar la enfermedad y aliviar el dolor. Algunos las celebran sin objeciones: unos pocos científicos y biotecnólogos, quienes los financian, los futurólogos y los "partidarios de la inmortalidad”

Hay en juego prestigio, poder y mucho dinero, pero creo que ha llegado el momento de estar alerta. Y el problema es que nuestra cultura no está acostumbrada a permanecer alerta en estos terrenos. Primero, porque creemos en una suerte de "automatismo tecnológico": cuando no creemos que toda innovación implica progreso, pensamos sencillamente que es inevitable. Segundo, porque creemos supersticiosamente en la libertad, sin advertir que su uso debe ser adecuado. Tercero, porque el proyecto biomédico está íntimamente relacionado con la preocupación humanitaria. Y cuarto, porque nuestro pluralismo y relativismo dificultan el consenso sobre lo que es aceptable.

Lo que podemos perder

— Pero ¿qué podemos perder si nos embarcamos en ese nuevo proyecto biomédico?

— Podemos iniciar una deshumanización del hombre, de cuyas consecuencias aún no somos conscientes. Por ejemplo, la investigación con células madre embrionarias: no es sólo que se destruyan los embriones, es que además nosotros –quienes los empleamos– nos insensibilizamos, corrompemos y desnaturalizamos. O la clonación: la Comisión Asesora de Bioética de Clinton, en su informe de 1997 "Cloning Human Beings", sólo se puso de acuerdo en una cosa: que clonar seres humanos es, "de momento", inmoral porque no es seguro. Pero no logró ponerse de acuerdo sobre ninguna objeción a la clonación en sí misma. O el tráfico de órganos, una práctica prohibida durante dos décadas en Estados Unidos que vuelve ahora, con renovada fuerza.

O la diagnosis previa obtenida del conocimiento del genoma humano, que abre las puertas a un panorama de planificación e ingeniería genéticas. ¿Cómo no afectaría a la protección social o al empleo de una persona –o, sencillamente, a la intimidad– el que se conozca su genoma? O el uso de drogas para optimizar rendimientos: muchos se preocupan por el dopaje deportivo, la seducción con "éxtasis" o el apaciguamiento de los escolares en un colegio por medio de la administración de Ritalin, pero pocos recapacitan sobre lo que significa empezar a cambiar el carácter y la estructura de la actividad humana, separando la capacidad del esfuerzo.

— Tal vez ese principio de los fundadores de la nación norteamericana, enunciado en su Constitución, el derecho a "la búsqueda de la felicidad" tenga algo que ver con todo esto. Si se entiende ese derecho de forma unilateral e irrestricta, algunos arguyen que en el modelo europeo del Estado de bienestar el Estado no sólo no debe interponerse sino que ha de proporcionar al ciudadano algunos elementos de su proyecto de búsqueda de la felicidad, como las operaciones de cambio de sexo, que pasarían a considerarse un derecho.

— La libertad es necesaria, pero no suficiente. Junto con los valores de libertad, vida y búsqueda de la felicidad, es preciso advertir la exigencia humana de "dignidad". El problema es que la dignidad es una abstracción, no despierta consensos fáciles sobre su naturaleza, es poco democrática (es más bien una idea aristocrática) y tal vez carezca de una fundamentación suficiente en la tradición filosófica occidental. Por ejemplo, en el mundo homérico los griegos la hicieron descansar sobre el valor, o sobre la sabiduría en la pedagogía socrática. Aspectos irrenunciables del ser humano, pero que excluyen muchas cosas necesarias para que una vida humana sea realmente tal. O Kant, que identificó esa dignidad con la racionalidad psíquica, igualmente característica del ser humano, pero que soslaya algo esencial y concreto de nuestra vida, que debe ser reivindicado: nuestra corporalidad.

Reivindicar la corporalidad — Pero ¿qué es lo que hay de digno e importante en nuestra corporalidad y en su transmisión en la procreación humana? ¿No parece más seguro y más limpio realizar esa transmisión en un laboratorio?

— La cuestión es que la reproducción humana es sexual no por consenso, cultura ni tradición, sino por naturaleza. En ella, un hijo es resultado de la combinación de la naturaleza y el azar. Es más: sólo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados. La sexualidad trae consigo una nueva y más rica relación con el mundo: para el animal sexuado, el mundo no es ya una otredad homogénea, en parte peligrosa y en parte comestible; es además el lugar que contiene otros seres especialmente relacionados con él. Por eso, entre otras razones, el ser humano es el más sexual –las hembras no atraviesan momentos puntuales de celo sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo– y el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto y el más inteligente.

— Si en efecto es tan peligrosa la disociación entre sexo y reproducción, entre otros cambios que plantea esas nuevas prácticas biomédicas, ¿qué cabe hacer al respecto?

— Espero que aún podamos hacer algo pero no será fácil, porque los inconvenientes éticos de este nuevo panorama están relacionados con cosas que deseamos intensamente. No se trata de "1984", la novela de George Orwell, cuya imagen es la de una bota pisoteando el rostro del ser humano para siempre. El caso aquí es distinto: las nuevas prácticas biomédicas nos están dando cosas que queremos, pero a un precio del que no somos conscientes. Creo que al menos se podría hacer dos cosas. La primera, "decir que existe ese precio" y ser claros acerca de lo que debe ser protegido y defendido; la tarea primordial, así, sería intelectual: hacer público que existen efectivamente estos males "suaves", que no se manifiestan como los males que podríamos llamar "fuertes", como el asesinato o el terrorismo.

— ¿Y la segunda?

— Esta sería de índole política. ¿Es posible establecer guías, normas, limitaciones legales para estas prácticas? En los Estados Unidos somos muy buenos para legislar sobre la seguridad, la efectividad o los atentados más obvios contra la libertad, pero no tenemos una tradición que se haga cargo de estos problemas. Otros países hacen esto mejor: Alemania, Canadá, Francia, Gran Bretaña... El problema es que estas nuevas prácticas no están previstas en muchos sistemas legales vigentes y suscitan cuestiones éticas inéditas; así, parece que en muchos casos se llega en realidad a darles carta de naturaleza desde la lógica de los hechos consumados. Pero si no somos cuidadosos, creo que en diez o veinte años el panorama puede ser peligroso.

Hay alternativas éticas

— ¿No sería posible impulsar aspectos de estas investigaciones biomédicas que no susciten tantos reparos éticos?

— Claro. Deberíamos esperar a aclarar las cuestiones antropológicas y éticas primero. Sería estupendo que se pudieran emplear células madre adultas para producir tejidos y órganos válidos para el trasplante. Pero científicamente no podemos afirmar aún nada sobre esta posibilidad. Desde hace seis o siete años, sabemos producir células musculares, óseas y de otros tejidos, pero el estado de la investigación aún no ofrece razones para un optimismo incondicional, y precisamente por eso lamento que no se impulse más una investigación de este tipo. La gran novedad es que en este momento se están investigando al menos cuatro métodos distintos para producir células madre sin destruir embriones, a base de invertir el proceso de diferenciación de las células.

— Ud. ha argumentado que utilizar la "semilla" de la generación futura para asegurar o mejorar la vida de la generación presente es éticamente objetable porque nos hace indignos. Ahora bien, ¿cree Ud. que se puede llevar esa objeción más allá del sujeto que realiza ese proceso? Al margen de la indignidad social, ¿hay razones para creer que un embrión es una vida humana?

— Creo que hay buenas razones para pensarlo y que al menos deberíamos estudiarlas y debatirlas antes de legislar sobre estas prácticas y abrir la puertas a procesos difícilmente reversibles. A mí me parece que el embrión humano es un misterio: claro, yo no lo considero un equivalente de mis nietos, que tienen entre tres y ocho años, pero tal vez eso se deba a que mi capacidad de percepción es limitada. Creo que en ese estadio de la vida es ya un ser humano, como lo fuimos Ud. y yo un día, y si alguien hubiese interrumpido nuestro desarrollo no estaríamos manteniendo esta conversación.

Uno debería contemplar una vida naciente –la de un embrión o un feto, también el producido "in vitro"– con admiración y respeto. Incluso aunque no posea el mismo estatuto que un niño –cosa que no creo que se pueda demostrar, pero tampoco refutar–, me parece que nunca se le debería tratar peor que a un niño: no se le debería poner la mano encima. Tal vez existan circunstancias en las que sea preciso ejercer violencia sobre él, pero entonces no se debe fingir que se le está haciendo otra cosa que violencia.

Un embrión necesita hospitalidad

— Aunque trata otro tema, como lo es la antropología de la alimentación, creo que su libro "El alma hambrienta" contiene dos argumentos a favor de ese respeto al embrión humano. Uno, la ética de la hospitalidad que aparece en su comentario a la historia de Abraham: antes incluso de haber visto el rostro de los tres peregrinos, sale de su tienda para darles la bienvenida, los acoge en su hogar y los agasaja; creo que hacerse cargo de un hijo no dista mucho de esto.

Otro, su idea de la primacía de la forma en un organismo: desde esa perspectiva, si bien tal vez no puede decirse que constituye un organismo, sí es cierto que un embrión posee ya en acto toda su dotación genética y para desarrollarse necesita lo mismo que cualquier organismo, calor y alimento. No puede decirse que ese desarrollo sea puramente cuantitativo, como una mera acumulación de células indiferenciadas que dan lugar a un quiste: hay ya una unidad orgánica, ¿no le parece?

— En efecto. Además, como Ud. señala, un embrión necesita hospitalidad. Cuando, desde la incertidumbre, uno se abre y ofrece un lugar, es porque de algún modo uno es interpelado por el propio ser que le llega, que pide seamos generosos y hospitalarios con él. Esa es la parábola de la vida humana, que protagoniza el embrión: hasta la llegada de la fecundación "in vitro", todo embrión llegaba en el lugar que se le había concedido, en el vientre de su madre, semanas antes de que el análisis más preciso pudiera mostrar que existía. Llegaba misteriosa, secretamente, en la oscuridad, como un extraño, pero era acogido, protegido y alimentado antes de que nadie tuviese noticia de su presencia.

Es una anticipación biológica de una verdad profunda: lo que significa acoger a un hijo en la existencia como un don que debe ser apreciado, un forastero al que dar cobijo. No se trata de "nuestro proyecto", de un producto de nuestra voluntad, y sólo cuando colocas al embrión humano fuera de su lugar natural, en un laboratorio, se hace posible olvidar esta verdad. Es entonces cuando se empieza a pensar en él en términos de producción, cuando se le considera una "cosa" y se piensa que nos toca a nosotros decidir cómo debemos tratarlo. Creo que esto es un grave malentendido sobre la naturaleza de un embrión y sobre lo que le debemos.

— La mención a Abraham me conduce a otra cuestión: la controversia generada en Estados Unidos acerca de la teoría del llamado "diseño inteligente". Ud. es un científico, un biólogo preocupado por cuestiones antropológicas, y no duda en acudir a textos literarios, incluidos algunos de la Biblia, para ilustrar muchas de sus ideas. ¿Cree Ud. que la idea de un autor inteligente de la creación es anticientífica? ¿Es real ese conflicto entre evolucionismo y creacionismo o se trata de hipótesis compatibles?

— Creo que si leemos el texto bíblico, en particular el inicio del Génesis, cuidadosa, incluso literalmente, descubriremos que la historia que se cuenta ahí no es científica, ni siquiera histórica, de modo primordial. Su contenido es una especie de "verdad permanente" sobre el cosmos y sobre nuestro lugar en él. Es una historia que la ciencia no puede demostrar ni desmentir. Pienso que el debate en Estados Unidos sobre el "diseño inteligente" es, en muchos aspectos, desafortunado. Hay importantes cuestiones filosóficas sobre los inicios más radicales que la teoría del evolucionismo ni siquiera intenta tratar; y hay más temas en juego si los evolucionistas llegan a afirmar que el hecho de la evolución hace insostenible el relato de la Biblia y, por ende, la religión. En este sentido los críticos del evolucionismo tienen algo importante que decir. Pero de la observación de esos temas filosóficos implicados en la pregunta por los orígenes no se deduce necesariamente, me parece, la presencia de un Creador inteligente que la ciencia requiera para sostener sus hipótesis. Esos críticos hacen un cierto servicio al devolver al tema el carácter misterioso de esos orígenes y recordarnos que existen esas cuestiones filosóficas, a las que la ciencia no ha podido responder aún. Pero no creo que el judaísmo y el cristianismo tengan nada que temer del desarrollo científico ni del evolucionismo.

Tuesday, January 30, 2007

CELULAS MADRE CORDON UMBILICAL

Células madre de cordón umbilical: mitos o realidades.
Desde hace más de 30 años se sabe que la sangre del cordón
umbilical (CU) contiene células madre que tienen la capacidad de regenerar
las células de la sangre. Fue en 1988 cuando, por primera vez, se utilizó esta
fuente de células para realizar un trasplante. En este caso a un niño de 8
años que padecía una anemia de Fanconi, utilizando sangre del CU de su
hermano recién nacido. Este procedimiento realizado en París consiguió la
curación del paciente, que hoy ya es adulto.
En 1991 se creó el primer Banco de Cordones Umbilicales en Nueva
York, lo que permitió, en 1993, el primer trasplante de CU a partir de un
donante no familiar. Desde entonces se han realizado en varios países más
de 6.500 trasplantes utilizando sangre del CU, cedida de forma altruista a
los más de 60 bancos de CU sin ánimo de lucro existentes en el mundo.
Las células madre del CU forman parte de lo que se considera células
madre adultas, distintas de las embrionarias. Desde el punto de vista
científico, el trasplante de células madre de CU ha demostrado su eficacia
en algunas patologías. Por ejemplo, en pacientes -niños y adultos- con
enfermedades de la sangre (leucemias, linfomas y otros tumores), así como
enfermedades congénitas y adquiridas no cancerígenas (anemia de Fanconi,
síndromes de inmunodeficiencia severa combinada, talasemia, etc).
Como en otras áreas del trasplante, España es pionera en este campo.
Con mas de 20.000 unidades de CU recolectadas en los bancos públicos de
cordón, sólo superadas por Estados Unidos. En 2005 se realizaron en
España 62 trasplantes a partir de estas células donadas.
La utilización de las células madre para el tratamiento de distintas
enfermedades degenerativas de origen neurológico, cardiaco, diabetes y
otras muchas ha llevado a considerar a las células de CU como una posible
alternativa terapéutica. A pesar de su relativa eficacia en otras patologías, es
fundamental comprender que en estos momentos no existen evidencias
científicas que justifiquen la utilización de células madre del CU para tratar
estas enfermedades. Incluso en el caso de que se confirmara su eficacia,
todavía no hay razones científicas que sugieran un mayor potencial de las
células de CU frente a las de la propia médula ósea del paciente.
Uno de los mayores obstáculos para el éxito del trasplante de células
madre del CU a partir de donantes no familiares es la escasez de unidades
disponibles, particularmente en el caso de grupos étnicos específicos con
menor representación. En los bancos públicos de CU existen más de
200.000 unidades para trasplantes en todo el mundo. Además, un número
no determinado de bancos privados almacenan unidades de CU, previo
pago, para su potencial utilización por los propios donantes. El Banco de
Cordón de Arizona cuenta con 400.000 unidades.
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De todas formas, aún en enfermedades en las que el uso de células
madre de CU ha demostrado su eficacia, las células de CU del propio
paciente serían de muy escaso interés. Está ampliamente documentado que
uno de los mecanismos por los cuales las células madre de un donante
contribuyen a curar una leucemia es su capacidad de reconocer las células
"malas" del paciente y destruirlas. De igual forma, se ha demostrado que,
en niños y jóvenes con leucemias, las células malignas están ya presentes
en las células del cordón del niño.
A la vista de los alentadores resultados conseguidos mediante el
trasplante de células madre de CU y del coste económico de los bancos
públicos, el Gobierno de Estados Unidos ha invertido más de 20 millones
de dólares en promover las donaciones altruistas. Además, ha realizado un
estudio para determinar la manera de mejorar la organización de la red
pública de bancos de CU y se ha promulgado una ley dirigida a financiar
los bancos públicos y favorecer estas donaciones.
Sin duda, es legítimo el derecho de los padres a congelar el CU de sus
hijos, por si en el futuro pudiera ser de utilidad, pero hoy no existen
criterios científicos que apoyen su eficacia. Por el contrario, unidades de
CU cedidas de forma altruista constituyen una fuente de células madre de
enorme interés y aplicación clínica.
Felipe Prósper. Director de la Unidad de Terapia Celular de la
Clínica Universitaria de Navarra (DM, 7-III-2006).

Tuesday, January 23, 2007

LEY NATURAL

¿Son “natural” y “antinatural” conceptos moralmente relevantes?
La visión universalista de la ley natural
Firmante: Robert Spaemann
05-04-2006
038/06
La diversidad de culturas plantea hoy con urgencia la necesidad de un terreno moral común, y por otro lado parece hacer imposible encontrarlo. En realidad, esa misma pluralidad ofrece una clave para descubrir lo universalmente válido en la naturaleza humana, señala el filósofo alemán Robert Spaemann. Ofrecemos un extracto de la conferencia que Spaemann pronunció el pasado 28 de marzo en la Universidad de Navarra, en el curso de las XLIV Reuniones Filosóficas, que este año han versado sobre el tema "La ley natural" (1).
¿Hay algo así como "lo justo por naturaleza"? ¿Tiene sentido y, si lo tiene, cuál, utilizar palabras como "naturaleza" y "natural" en el enjuiciamiento de acciones humanas? ¿Y hacemos uso de un argumento moral, esto es, de un argumento último y absoluto contra una acción cuando decimos que dicha acción es antinatural, contraria a la naturaleza o contra el derecho natural?
Nuestra situación con respecto a esta pregunta está marcada por una profunda división entre el sentido moral común y el paradigma o cosmovisión dominante. En nuestro uso ordinario del lenguaje, las palabras "natural" y "antinatural" tienen sin duda una función moral. Para el sentido moral común, calificar algo de perverso –esto es, de contrario a la naturaleza– equivale a desaprobarlo. Y decir que algo es "completamente natural" es tanto como disculparlo frente a posibles desaprobaciones. Incluso nuestro discurso sobre la humanidad y la inhumanidad recurre a algo así como una "verdadera naturaleza" del hombre. Pues, en cierto sentido, es humano todo lo que el hombre hace. Por eso cuando calificamos algo de inhumano presuponemos un concepto normativo de la naturaleza humana, con el cual no se corresponde necesariamente todo lo que el hombre hace.
Contra el sentido común
Este uso cotidiano, normativo, de la palabra "naturaleza" y "antinatural" se encuentra desde hace mucho en la defensiva teórica. Considero que los argumentos que se usan contra dicho uso normativo pueden reducirse a tres.
El primero es el argumento corriente desde Hume según el cual del ser no puede derivarse ningún deber, de los hechos ningunas normas o modos de actuar. A cada constatación de un hecho, según parece, podemos responder: bien, ¿y qué? Y donde no podemos, porque experimentamos compasión por alguien que padece un dolor extremo, entonces dicha compasión pasa a ser catalogada también como un "hecho" frente al cual podemos comportarnos así o de otro modo, y que en sí mismo no lleva implícita ya la indicación para un comportamiento moral. Debemos decidir si cedemos a la compasión o no.
El segundo argumento –que llamo "fisicalista"– discute que la naturaleza pueda ser una medida para diferenciar nada, porque todo es naturaleza y por ello no hay nada antinatural. (…) La tormenta que raja el árbol es tan natural como el crecimiento del árbol. Los desvíos de la normalidad estadística son tan naturales como ella misma. (…)
El tercer argumento –que designo "antropológico-cultural"– parte de que el hombre es, por naturaleza, un ser no fijado por los instintos, que sólo a través de la cultura debe crearse una especie de segunda naturaleza, a fin de sobrevivir. La orientación ética pertenece a esta segunda naturaleza. Es dependiente de condiciones temporales y espaciales, marcadas socioculturalmente. Tal orientación ética, en todo caso trasciende la naturaleza y por ello no puede ser medida por una supuesta naturaleza humana invariable.
Los dos últimos argumentos extraen las consecuencias del primero, de la contraposición de ser y deber.
Entre naturalismo y espiritualismo
El argumento fisicalista no deja lugar alguno a la autodeterminación moral. Todo es naturaleza. Lo que se cree que está más allá de la naturaleza, por tanto especialmente todo pensamiento de la libertad y la autodeterminación, no es ello mismo más que una ilusión explicable naturalísticamente.
Por el contrario, el otro, el argumento antropológico-cultural degrada la naturaleza a un simple material para una praxis, de la cual no podría en modo alguno ser una medida interior. La aventura del espíritu que culmina en la civilización tecnológica no está limitada por ninguna meta natural, por ningún "telos". La naturaleza puede ponerle una frontera y al final hacerla naufragar. Pero esa frontera es sólo una frontera exterior. (…) También la naturaleza humana pertenece al mundo de los objetos y es accesible a la manipulación por parte del espíritu. (…)
Por muy opuestos que sean ambos argumentos, son inseparables y se ponen mutuamente de relieve como los dos polos de la visión moderna del mundo, enfrentados desde hace siglos: materialismo e idealismo, o mejor, naturalismo y espiritualismo.
La conciencia que conoce la naturaleza como su propia construcción y para la que también la naturaleza humana es sólo una medida objetiva e instrumental, libremente manipulable en servicio de una subjetividad sin mundo, esa misma conciencia, por otra parte, se considera a sí misma como producto de la evolución, como un objeto más entre los objetos naturales.
Lo normal es lo natural
(…) La ética de una civilización semejante es la ética utilitarista o consecuencialista. Para esta ética no existe algo así como la rectitud interna y, sobre todo, la falsedad interna, de las acciones. La moralidad de una acción es una función de la totalidad de sus consecuencias en comparación con la totalidad de las consecuencias de toda posible acción alternativa. La prohibición de torturar, de engañar o romper promesas no es en principio distinta de la prohibición de cruzar la calle en rojo. No hay nada parecido a una naturaleza interna de las acciones, que ponga coto al fantástico mandato universal (…) de optimizar el curso del mundo.
De hecho, el pensamiento moderno ha eliminado –ya desde el siglo XVI– el concepto de naturaleza, el concepto de la "physis" para sustituirlo por el de mecanismo.
Pues en la filosofía griega, "physis" significa no la pura objetividad de una materia pasiva, sino una identidad pensada en analogía con la experiencia del hombre, en el sentido de la diferenciación de un ser natural de todos los demás, (…) una diferenciación activa, una autoafirmación y autorrealización desde la propia tendencia.
(…) En este sentido "physis" es un concepto que sirve para diferenciar. En el Corpus Hipocrático, el código médico de la Grecia antigua, sirve para diferenciar al sano como normal del enfermo como no normal. Pero normalidad no es aquí un concepto estadístico. Aunque el 90% de los hombres tuvieran dolor de cabeza, no por ello los consideraríamos sanos, y enfermos al 10% restante, sino al revés.
(...) Pues los dolores de cabeza van contra la tendencia natural a la autoconservación y el bienestar que es propia de todo ser natural. Y porque las costumbres humanas, el "nomos" humano, la constitución de una sociedad humana, pueden corresponder o no a aquellas elementales tendencias naturales, por eso podían los sofistas como Arquelao, Antifonte e Hippias de Elis contraponer naturaleza y ley, "physis" y "nomos", pero podían sobre todo designar el "nomos", la constitución del tirano como antinatural.
La diversidad de culturas
Es ciertamente un gran malentendido cuando una y otra vez se lee que el concepto de lo justo por naturaleza descansa en un ingenuo desconocimiento de la diversidad de culturas y costumbres humanas. (…) Lo cierto es lo contrario. El concepto de lo justo por naturaleza se origina precisamente en el contexto de aquel descubrimiento. Pues es la diversidad de costumbres y culturas la que permite que se plantee la cuestión de si tal vez disponemos de una medida que nos permita distinguir costumbres mejores y peores.
Quien dice que la tortura no debe existir no quiere simplemente expresar que él mismo no torturaría o que la tortura en nuestra civilización constituye un cuerpo extraño, sino que pretende criticar una civilización en la que no sea un cuerpo extraño. Para reconocer que la tortura contradice a la naturaleza del hombre basta únicamente con preguntar al torturado. (…) Y en este sentido es también el crecimiento del árbol un movimiento natural, mientras que su caída a causa de la tormenta o del leñador resulta violenta (…).
Tendencias interpretadas
Para cada ser entre el que se da algo así como una percepción entre él y el mundo circundante, existe la posibilidad de una percepción falsa y con ello de actividades que, aunque se siguen de la tendencia interior, pueden no obstante frustrar el sentido de dicha tendencia. Esto vale igualmente para las acciones humanas. Alguien bebe libremente de un vaso. La limonada estaba envenenada. Se puede preguntar: ¿hizo lo que quería? Manifiestamente no, pues no quería envenenarse.
Podemos pensar todavía en otro caso: alguien sabe que una bebida está envenenada. Sin embargo, tiene una sed terrible y bebe finalmente el líquido sin consideración al veneno. ¿Hizo lo que quería? Sin duda satisfizo inmediatamente su tendencia, sació su sed. Pero la función objetiva de la sed es la conservación de la vida. Donde la bebida sirve a la destrucción de la vida, no podemos decir sin más que el hombre hizo lo que quería. Y tampoco podemos decir que su acción era natural. En último término descansaba en cierto modo en un engaño. La tendencia no se interpreta a sí misma. Sólo el hombre, sólo el ser racional interpreta la tendencia, comprende su sentido, por ejemplo la autoconservación. Pero en el caso del que bebe sin dominarse la interpretación no se abre paso. El hombre cierra los ojos ante la interpretación. Propiamente hablando no actúa, sino que se abandona a la tendencia ciega. No hace lo que quiere, sino que renuncia a querer.
En comparación con nuestra acción, la tendencia ocupa un lugar que no es en absoluto captable con el esquema ser-deber. Por un lado el obrar humano no es simplemente un suceso tendencial. La acción comienza más bien ahí donde nos contenemos frente a nuestra tendencia y no simplemente nos entregamos a ella. Si tengo hambre no tengo por qué comer. Puedo tener razones para no hacerlo. Puedo tener algo más urgente que hacer. Puedo querer hacer una cura de adelgazamiento, puede ser Cuaresma o alguien puede encontrarse en huelga de hambre. El hambre no obliga a comer.
Cultura y naturaleza
Pero el hambre no es tampoco un hecho neutral, que requiera de una premisa adicional para convertirse en una razón para la acción. No necesitamos de ninguna metaproposición del tipo: "siempre que tenga hambre debo comer, en caso de que no haya razones más poderosas en contra". A una máxima como esta podría ciertamente replicarse: ¿y por qué debes hacer eso?
(…) Así, por un lado, la autoconservación de un ser libre está asegurada, a grandes rasgos, por una poderosa tendencia, pero por otro está vinculada siempre de nuevo a un acto libre, el comer y el beber, que, a diferencia del respirar, no se hace simplemente "por naturaleza" (…). Como acción libre, (…) el comer y el beber se enmarca en un contexto cultural. Comer y beber se convierten en banquete: en banquete familiar, en banquete con amigos, en banquete de bodas. El fin natural elemental de la nutrición se vuelve casi invisible en estas formalizaciones culturales del comer y del beber. (…) Con todo, para el sentido humano del comer y del beber resulta decisivo que la función natural básica no se suprima por completo. (…)
Cuando los romanos tardíos prolongaban sus banquetes yendo a un "vomitorium" después de haber comido suficiente, con el fin de vomitar para seguir comiendo a continuación, la separación de las funciones cultural y natural del comer no eleva el comer en absoluto a un nivel humano más alto, sino que lo hunde en uno más bajo. En lugar de la nutrición entra el placer del paladar, sin consecuencias. Justo porque el hombre conoce la función natural de la tendencia, puede también suspenderla. (…)
La píldora y el amor
He elegido intencionadamente este ejemplo porque no pertenece a los temas habituales en ética, pero también porque pone delante de los ojos de modo especialmente claro el contexto de humanidad y naturalidad. El tema de la sexualidad y conservación de la especie, que naturalmente es de incomparablemente mayor actualidad, querría únicamente esbozarlo. Que la prosecución a largo plazo del género humano esté asegurada si se separa de la satisfacción de la tendencia, no lo puede decir nadie de momento. Me parece improbable.
La formalización e integración humana y personal de la sexualidad humana deja que ésta devenga un elemento natural en el interior de una relación personal. Pero el desligamiento sistemático del contexto natural de la función de la propagación de la vida humana privaría al amor entre los sexos de su dimensión específicamente humana. El espiritualismo, de un lado, el naturalismo, del otro, acarrearían la desaparición de lo propiamente humano. Cuando Max Horkheimer indicó que la píldora era el final del amor –tal vez una afirmación exagerada–, tenía este contexto ante los ojos.
Pero la cosa tiene todavía otra cara. Es en efecto pensable que la continuación del género humano pueda ser artificialmente asegurada por los Estados, mediante la producción de hombres en probeta. Se debe tener claro que esta producción artificial se distingue de la generación en que es una acción de racionalidad instrumental, una "poiesis", una producción, no la consecuencia natural de una praxis, de un trato interhumano. "No os figuréis –escribió el poeta Gottfried Benn– que yo pensaba en vosotros cuando iba con vuestra madre. Sus ojos se volvían tan hermosos con el amor". Un niño que ha llegado a la existencia realizado a través de una "poiesis", es una criatura de sus padres, o del médico, o del Estado en una medida cualitativamente distinta de un niño que debe su existencia a la naturaleza. Este niño podría de hecho algún día preguntar a aquellos que lo han forzado a existir cómo pueden responder de ese hecho. ¿Y qué podría contestarse a eso? Nadie puede responder por la vida o la muerte de otro hombre. Se puede tener una razón suficiente para no tener un hijo. Pero no puede haber una razón suficiente para tenerlo. Pues la existencia de un sujeto de acciones libres independiente no puede ser fundamentada por otro sujeto.
Sin entrar en casuística, podemos decir resumiendo: el crecimiento natural del hombre y la dignidad del hombre se relacionan de un modo indisoluble, y la humanización de la tendencia natural no consiste en su desnaturalización sino en su integración consciente en un contexto vital humano y social.

Tuesday, December 12, 2006

RECHAZO AL CONCEPTO DE PREEMBRION

Científicos rechazan el concepto de «preembrión»
Defienden el mismo «estatuto biológico» que para el humano adulto

VALENCIA, lunes, 11 diciembre 2006 (ZENIT.org-Veritas).- Más de 200 científicos y profesores universitarios han hecho público este lunes un manifiesto en el que muestran su discrepancia con algunos de los contenidos del Proyecto de Ley de Investigación en Biomedicina, que se debatirá el próximo jueves en el Congreso de los Diputados de España.

El manifiesto –promovido por Luis Franco Vera, de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Valencia– ha sido firmado por 14 académicos, dos científicos galardonados con el Premio Jaime I, 39 catedráticos universitarios y más de 150 investigadores y profesores.

En primer lugar, según informa Veritas, y «desde un punto de vista estrictamente científico», afirman que «no tienen sentido las distinciones semánticas, como la que se introduce al llamar preembrión al embrión obtenido por fecundación in Vitro».

Los científicos señalan que hay datos que hacen "inadmisible desde un punto biológico identificar al embrión como una simple masa de células, ni siquiera en los días anteriores a su implantación", y añaden que el embrión es «un organismo individual de la especie Homo sapiens, ciertamente en estado incipiente de desarrollo, pero no por ello merecedor de un estatuto biológico distinto al del adulto".

Sobre el uso terapéutico de células madre, quieren evitar la «creación de falsas esperanzas en el uso de células madre de origen embrionario», ya que «esas células no han dado lugar hasta ahora a aplicaciones realmente terapéuticas en seres humanos».

«Es más –añaden– la elevada tasa de proliferación de las células embrionarias provoca, en más del 60 % de los animales en que se implantan, la aparición de tumores».

Sin embargo, apuestan por el empleo de las células madre de origen adulto, que «han dado lugar ya al tratamiento de más de 70 patologías humanas de diverso tipo y son numerosos los protocolos de experimentación clínica en marcha, con resultados prometedores en muchos casos».

Mientras «son 544 los protocolos que utilizan células madre adultas, no se ha presentado ninguno con células de origen embrionario», puntualizan.


Finalmente, hacen «un llamamiento para que la discusión científica se lleve a cabo con ánimo abierto, de modo que, basándose en argumentos científicos, cada uno pueda emitir rectamente un juicio ético sobre los diversos modos de actuar en la investigación biomédica".

Entre los firmantes del manifiesto figuran entre otros el profesor Eduardo Primo Yúfera, Premio Jaime I; los académicos Ramón Llamas, Adriano García Loygorri, Carlos Sánchez del Río, Pedro Jiménez Guerra, Guillermo Giménez y Víctor Jiménez; los catedráticos de Bioquímica Concepción Abad, Eduardo Arilla, Eduardo García Peregrín, Ignacio Núñez de Castro, Esteban Santiago y José M. Vega; los catedráticos de Biología Celular José Manuel García Verdugo, Antonio Pellín y Ricardo Paniagua; los catedráticos de Fisiología José M. Estrela y José Viña; los catedráticos de Química Orgánica Ramón Mestres y José María Marinas; el de Histología, Amando Peydró; el de Anatomía y Embriología humana Francisco Sánchez del Campo; el de Genética, Nicolás Jouve de la Barreda; y el catedrático de Patología Quirúrgica, Carlos Vara.
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